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Gentes del PNV ayudaron a los servicios secretos ingleses en la Guerra Mundial

viernes 14 de octubre de 2016, 12:57h

Un buen día de la década de los noventa, estando en Madrid, me llamó el periodista Manuel Campo Vidal. El escritor Vázquez Montalbán había escrito un libro sobre Jesús de Galíndez, y lo había titulado con este nombre y quería que mantuviera un careo en televisión con él. Vázquez Montalbán mantenía que el Delegado vasco en Nueva York había sido un espía y quería que yo le contradijera. No mucho, pues era en parte verdad, como lo fue toda aquella generación al servicio de los aliados. Ante la oferta yo deseaba marcar el perfil intelectual, de escritor y el de demócrata de Galíndez frente a un dictador, Rafael Leónidas Trujillo, que terminó secuestrándolo en Nueva York y asesinándole en República Dominicana en 1956. Ha hecho sesenta años.

Allí fui, mantuvimos el careo, y al día siguiente recibí una extraña llamada de un señor que había visto el programa y me decía me llamaba desde Alicante y deseaba hablar conmigo porque tenía “cara de buena persona”. ”No me conoce caballero” le dije. ”Se de estudiar comportamientos y semblantes y por eso quiero hablar con usted” me contestó. Me intrigó. En Madrid no se reciben llamadas de este tipo.

Me dijo que él había sido el responsable de los servicios de información ingleses, MI6, durante la II Guerra Mundial desde su consulado en Bilbao, abarcando todo el Norte y Pirineos y que deseaba contar el trabajo que habían hecho, él y un grupo de vascos sin el menor reconocimiento por parte de las autoridades británicas. Y me puso el ejemplo de Flavio Ajuriaguerra, hermano de Juan, líder del PNV condenado a muerte, que se presentó un buen día en el consulado y se ofreció a trabajar por la causa aliada. De allí nació una gran amistad y sobre todo una red de nacionalistas vascos que habían luchado en la guerra civil española y empezaban a salir de las cárceles y que estaban dispuestos a hacer el trabajo de “Observadores” como así les llamaba a aquellos espías.

Me contó asimismo que Flavio tras realizar un magnífico trabajo, sabiéndose enfermo terminal, fue consultado por las autoridades británicas por si estaba dispuesto a recibir la Orden del Imperio Británico, protocolo necesario antes de recibir una condecoración. Flavio contestó afirmativamente pero poniendo una condición: “Deseo que cuando fallezca se ponga en la esquela “Flavio Ajuriaguerra, Orden del Imperio británico”.

Pat Dyer cursó la petición pero se encontró con una respuesta que no esperaba. Los ingleses, no deseaban tener ningún incidente con la dictadura franquista, y le negaron a Flavio su petición y él se negó a recibir dicha condecoración. Flavio con aquel gesto quiso hacer un acto de propaganda, que los ingleses no aceptaron. Eso le marcó a su amigo Pat. Y por eso me llamaba, ya que se encontraba en la década de los setenta y quería hacer lo que no hacen los espías: ”Contar sus secretos”.

De todo eso quería hablarme Pat Dyer que así se llamaba el espía inglés y de cómo habían organizado durante casi una década un servicio ejemplar, eficaz y que rindió muchos servicios a “Su Graciosa Majestad” y a la causa aliada durante la guerra. La historia era apasionante y consulté la misma con Xabier Arzalluz y Luis María Retolaza quienes conocían a Pat y les pareció magnífica la idea de escuchar las historias de Dyer. Llamé a Koldo San Sebastián, apasionado y erudito en estos temas, y nos presentamos en casa de Pat Dyer en Mungia. Tenía otra villa en Murguía ya que estaba casado con Lolita Eguidazu hermana de quien fuera presidente del Athletic Club de Bilbao.

Allí fuimos a la hora del té, en tres sesiones ante un flemático, socarrón e ingenioso inglés nacido en Bilbao, ya que su abuelo Sidney había llegado en 1884 acompañado de su jovencísima esposa, una Doxford de Sunderland. Con ellos venía un niño de un año. Desde su llegada Dyer se dedicó al comercio del mineral del hierro. Lo compraba directamente a los propietarios mineros y lo vendía a las fundiciones del sur de Gales. Fue cónsul honorario de Gran Bretaña y cuando volvió en 1916 a Cardiff dejó a su primogénito a cargo de los negocios de la familia que lo mantuvieron hasta 1936. Al comenzar la guerra civil, el bloqueo del Puerto de Bilbao puso fin al comercio del mineral de hierro con el Reino Unido, falleciendo en noviembre de ese año.

Williams Dyer tenía una excelente reputación en Bilbao. Había sido uno de los fundadores y jugadores del Athletic, formando parte del equipo que había ganado la copa en dos ocasiones. Fue además un buen tenista y en los veranos jugaba al criquet con la comunidad británica. Fue asimismo una autoridad en relación con los toros habiendo sido uno de los fundadores del Club Cocherito. En 1916 nacía en Las Arenas, Arthur Patrick Dyer, hijo de Williams y nieto de Sidney. Con solo nueve años Pat fue enviado a Saint Edmund´s College, en el norte de Londres, donde permaneció durante diez años. Destacó en los deportes siendo durante varios años el capitán del equipo de rugby. Como se ve una familia inglesa de manual, en un ambiente bilbaíno, asimismo de manual.

Cuando Inglaterra declaró la guerra a Alemania tras la invasión de Polonia en 1939, Pat Dyer se presentó voluntario para servir en el Ejército británico. Sin embargo fue destinado al Minister of Economic Warfare (Ministerio de la Guerra Económica) y casi inmediatamente destinado al Consulado británico en Bilbao. Conocía la ciudad, el idioma, la sociedad y había nacido en Las Arenas. El espía perfecto. Al poco se hizo con las riendas de una información sensible que abarcaba todo el movimiento de barcos del puerto, el trasiego de personas en los hoteles y los movimientos del consulado italiano y alemán en Bilbao y las relaciones con el espionaje norteamericano que pululaba asimismo por Bilbao, sin dejar de vigilar una tienda de máquinas de escribir en la calle Ledesma, tapadera del agente nazi que había sido traductor de la Legión Cóndor. Y como en esa tienda había un vasco nacionalista, lo captaron.


Hay que recordar que teóricamente España era país neutral, pero que los ingleses tenían la mosca detrás de la oreja temiendo que en cualquier momento entrara en guerra con los nazis y fascistas, ocuparan Gibraltar y el norte de África. De hecho aquellos dos fachas vascos Areilza y Castiella ya habían preparado sus “reivindicaciones de España”. Pat nos contó historias de todo tipo como para hacer diez películas, admirando siempre la discreción, la entrega y la profesionalidad de gentes vocacionales como los antiguos gudaris con los que tejió una red magnífica y que a pesar de que habían perdido una guerra confiaban que el fin de la guerra mundial diese la libertad a Euzkadi y que la República volviera a España. La traición aliada y el reconocimiento a Franco les creó una desazón muy intensa.

Fruto de aquellas conversaciones ha sido nuestro librito Nuestro Hombre en Bilbao, remedando el de Nuestro Hombre en La Habana de Graham Greene con una historia más o menos parecida y que presentamos el mes de junio en Bilbao y hace dos semanas en Donosti.

Con el texto en su día fui donde el embajador inglés en Madrid Simón Manley. Me atendió muy bien, me dio un café con leche con pastas, pero no me hizo el menor caso. Lo mismo me ha ocurrido con nuestro amigo Derek Doyle en el consulado británico de Bilbao, donde Pat trabajó, encontrándome con la fría indiferencia que Pat Dyer denunciaba sobre los suyos. Una lástima porque estoy completamente seguro que en la Patria de John Le Carré, donde tanto gustan estas historias, este librito traducido al inglés tendría su lugar y Pat Dyer y aquellos vascos “al servicio de su Graciosa Majestad”, fundamentalmente la libertad, quedarían satisfechos.

Wolframio, pasaportes falsos, información sobre convoyes, datos que trajeron los “Niños de la Guerra” de Rusia, cuadros en el Depósito Franco del Museo de Rotterdam, motores Messerschmitt en Dos Caminos, una Madame del PNV en la calle San Francisco de patrona de Eusebito Zubillaga, Juan Ajuriaguerra dando las órdenes desde la cárcel de Burgos, un agujero en la pared de Casa Marceliano en Iruña donde oficiales de la SS se daban sus buenas comilonas, Manolo el del Puerto controlando a todos los Prácticos, el torpón agente gringo, el portero del Banco Vizcaya al que los nazis saludaban creyendo era un general por su largo abrigo, el director de la Gaceta que casi acaba con su nariz aplastada por el cónsul inglés, la red hasta Paris, los aviadores que dormían en Las Arenas…..

No es muy común que un espía te cuente sus secretos. Pat Dyer lo hizo, me imagino que pidiendo permiso al MI6, ya que después de Bilbao hizo trabajos en América del Sur como diplomático. Ésta es una de las mil historias que ocurrieron aquellos años y que ha estado sepultada por el silencio del tiempo y de unos intereses que ojalá este librito logre romper.

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