martes 15 de enero de 2008, 15:29h
Actualizado: 17 de enero de 2008, 07:19h
La mentira acompaña a los hombres desde que iniciaron su extravagante aventura sobre la Tierra; es fruto temprano de una cosecha que retoña constantemente. Mintió Caín al ser preguntado por el paradero de Abel; mintió Ulises cuando Polifemo quiso saber quién le había dejado ciego, y, de Felipe II de España a Francisco I de Francia, mintieron cien veces los reyes que en el mundo han sido cuando creían que la mentira favorecía los intereses del Reino.
Hay culturas políticas como la norteamericana que pueden disculpar una declaración injusta de guerra, pero que no toleran una mentira, Nixon con el Watergate, Clinton con el 'caso Lewinsky' o Bush Jr. y las 'armas de destrucción masiva' que nunca tuvo Sadam, podrían ilustrar tan gran paradoja.
En España, raro es el político al que no se le ha pillado en un renuncio. Felipe González se enteró del GAL por los periódicos; Aznar se pilló los dedos con la guerra de Iraq: "Créame, Sadam tiene armas de destrucción masiva". Por no hablar de las mentiras nacidas alrededor del 11-M, que fueron castigadas tres días después en las urnas.
Ahora es Zapatero quien ha reconocido que mintió cuando dijo que tras el atentado de Barajas (dos asesinatos) había interrumpido las negociaciones con la ETA. El propio Zapatero ha reconocido que hubo más contactos con la banda terrorista. Semejante engaño, en América, le habría llevado de cabeza al 'impeachment', pero esto es España, así que habrá que esperar al 9 de marzo para saber el peso electoral de su mentira.