Sí, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados, jaureguizados y postelectorados niños y niñas que leéis, vuelvo a ejercer mi magisterio entre vosotros. Ya han pasado la campaña y las elecciones y, por ello, yo retorno con renovada joie de vivre y más bronceado que José Bono Martínez tras su escapadita de turismo solidarioa visitar a Vicente Ferrer y su onegé de la India. Todo vuelve a ser como antes: ZetaPé en La Moncloa; Marianito Rajoy Brey en la oposición; los de Esquerra Republicana de Catalunya a la greña; Izquierda Unida más unida que nunca, pero con sólo dos diputados y los nacionalistas periféricos haciéndose cruces ante la ascensión –por lo civil, por lo militar y por lo religioso-- de Bono a la presidencia del Congreso de los Diputados.
Pero hay variaciones. La sequía pertinaz, cual nueva plaga bíblica, acosa a la ciudad de Barcelona. Mamá, por supuesto, de los nervios, porque peligran gravemente los arriates de los jardines de nuestro palacete familiar. La Ciudad Condal, a medida que transcurren los días, se asemeja a El Cairo. Tanto la Generalitat como el Ayuntamiento barcelonés amenazan con fuertes sanciones a quienes despilfarren agua (bien sea para lavar un coche, llenar una piscina o regar el césped). De ahí el aroma acre, a lo cairota, que se empieza a percibir en determinados barrios barceloneses. Quienes como yo estamos acostumbrados al aseo diario, que incluye un par de duchas durante la jornada en función del cambio de vestimenta, somos de pituitaria delicada. Y la nuestra se resiente cosa mala con los efluvios a humanidad que empezamos a notar en nuestros entornos habituales.
La sequía, la sequía pertinaz, empieza a ser motivo de conversación en todo el espectro social de Barcelona y su área metropolitana. A la Generalitat y su proyecto de trasvase Segre-Llobregat el Gobierno le ha dicho que nones. Tato Ganduxer, mi amigo del alma, ha propuesto una joint venture a nuestra alegre pandilla del club. Se trata de comprar cientos de miles de botellas de agua mineral y almacenarlas en los polígonos industriales del cinturón rojo barcelonés. Hecho esto, las leyes inexorables del mercado e encargarán del resto. Y así, allá por primeros de agosto, es muy posible que un pack de seis botellas de 1,5 litros, de esas que las clases bajas compran en los supermercados, tenga un precio similar –puede, incluso, sobrepasarlo—a otras tantas botellas de 0,75 litros del excelente albariño que amorosamente elabora mi gran amigo Antonio Moure de Andrade. Y quien dice albariño, pues puede decir godello, chardonay, verdejo o viura (la macabeo catalana). O sea, que tenemos pingües beneficios a la vista porque, pequeñines/as míos/as, en la actual coyuntura el agua mineral produce más beneficios que el ladrillo elevado a la categoría de piso urbano o chalet adosado de la periferia.
Mamá y papá, ante lo que se avecina, están pensando en la conveniencia de cerrar nuestro palacete de Pedralbes y trasladarnos a las frescas orillas del lago Léman. Porque es en la Suiza de habla francesa (a tiro de Rolls de nuestros banqueros de Ginebra y Zürich) donde el aire es más puro, el cielo más azul, los campos de golf más verdes y el agua más clara.
Ya veremos como José Montilla, el Molt Honorable President, sortea esta crisis de falta de agua. Claro que, con la desertificación que se avecina, no sería extraño que los Mossos d’Esquadra, los agentes de la policía autonómica catalana, acabasen patrullando vestidos de Lawrence de Arabia. Eso por no hablar de la unidad montada de la Guardia Urbana de Barcelona, que está en un tris de sustituir sus caballos de raza angloandaluza por camellos del Hedjaz, en plena Arabia Saudita. Eso sí, el río Ebro, que guarda silencio al pasar por el Pilar, desbordado en Zaragoza como consecuencia de las copiosas lluvias de finales de marzo.