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Sentido de la política exterior

La imagen del presidente del Gobierno durante una pausa en la reciente reunión de Bucarest de la cumbre de la OTAN, literalmente aislado al aparecer sentado solo mientras el resto de los presidentes departían en grupo, ha constituido un asunto de comentario político con pretensiones de generalización sobre la política exterior del gobierno socialista y el papel rector de su presidente. Los círculos de la derecha han visto en esta escena servida por los medios de comunicación una magnífica oportunidad para seguir acuñando la marca de irrelevancia en la acción exterior y de insolvencia que, desde la retirada de las tropas españolas de Irak, atribuyen al gabinete de Zapatero.

El análisis tiende a plantearse en términos superficiales, quedándose en las formas anecdóticas, pero pretendiendo, al mismo tiempo, deducir consecuencias de fondo como la descalificación global de la política exterior española, sin aportar elementos de comparación con los supuestos logros internacionales de legislaturas anteriores y sin ofrecer alternativas, ni siquiera críticas fundamentadas, a las posiciones de España en la escena internacional. De la falta de dominio del inglés del presidente Zapatero -una tradicional carencia de los presidentes de la Democracia española- o de su notoria ausencia de relación personal con el presidente Bush, hecho que tiene un motivo concreto conocido por todos, quiere inferirse nada menos que el completo aislamiento internacional de nuestro país.

Desde luego el conocimiento del inglés en los foros internacionales es altamente recomendable para todos los actores, incluidos los presidentes de gobierno, como lo es la experiencia exterior o la formación en asuntos internacionales o en otras materias sectoriales, pero en absoluto prejuzga la acción exterior, ni mejora la capacidad para defender las posiciones nacionales frente a otros Estados o para contribuir con acierto o desacierto a la regulación de la comunidad internacional. Con la misma falta de rigor que se afirma que la relación personal entre presidentes, sin necesidad de traductores al dominar una lengua franca como el inglés, beneficia o incluso fundamenta las relaciones entre países, podría afirmarse que esta relación personal puede también perjudicar, condicionar o interferir en la relación institucional entre Estados. La raíz de una grave decisión del ex presidente Aznar puede encontrarse precisamente en un caso de confusión entre el ámbito de la amistad personal y el de la responsabilidad de gobierno.

Mientras se discute sobre la preparación, consistencia y vocación internacional del presidente Zapatero -ahora, próxima su segunda investidura, parece que ya no su legitimidad-, con exclusiva intención de desgastar su perfil político en clave de política interior, sigue sin plantearse un debate de fondo sobre las prioridades y el contenido de la política exterior. Las descalificaciones personales de los responsables públicos y la pretendida trivialización de las relaciones internacionales, manejada recurrentemente con dudoso gusto y criterio por los círculos políticos, mediáticos y académicos de la derecha, no beneficia en absoluto a la imagen de España en el mundo y sus posibilidades de influencia.      

Los grandes temas de política exterior, que están por encima del signo político del gobierno de turno, continúan ausentes del debate político. Es tiempo de dejar de tratar la política exterior española como anécdota o excusa para la discusión partidista y pasar a pronunciarse con argumentos sobre el sentido que mejor convenga a nuestros intereses. La política exterior se conforma en gran medida con las aportaciones críticas de todos los sectores sociales y profesionales. En la pasada cumbre de Bucarest parece más relevante plantearse una posición sobre el futuro de la OTAN o de la integración europea de seguridad y defensa, y el papel de España en este asunto, que sobre la foto del presidente durante un descanso en la reunión.
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