En la zona aledaña al Canal hay selvas milenarias.
Un artículo introducido a mazo limpio en una ley de carácter social, puede ser el causante de una afrenta al medioambiente que circunda a la ciudad de Panamá, y protege la vida de miles de especies de flora y fauna. Los extranjeros miran boquiabiertos el verdor que rodea a la capital panameña, sin saber que la presencia norteamericana durante todo el siglo XX, y un primer aliento medioambiental cuando revirtieron las tierras ocupadas por el comando sur, es el origen de su regocijo ante semejante naturaleza.
Pero esa primera y corta conducta ha sucumbido ante los intereses de poderosas empresas inmobiliarias, que ven en los bosques canaleros el espacio ideal donde elevar sus torres, en espera de la explosión demográfica de la capital y del crecimiento económico con la ampliación del Canal.
Clayton y otras áreas serán el corazón del cluster canalero, que transformará el antiguo corredor de transporte administrado por los norteamericanos, en un próspero corredor de comercio, para que la vocación de paso también sea una oportunidad de desarrollo nacional. Pero el desarrollo no puede realizarse a costa del medioambiente.
La metrópolis que creció obligada por la zona canalera –la quinta frontera que impusieron los norteamericanos- puede ocupar tierras intervenidas al noreste y noroeste de la actual ciudad, respetando los bosques y los pocos manglares que nos quedan.