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La explotación de niños atletas

La explotación de niños atletas

viernes 11 de julio de 2008, 18:22h
Hace un año vimos cómo la nadadora ucraniana Kateryna Zubkova era golpeada por su padre y entrenador por haber quedado fuera de la final por unas décimas. No es el primer caso, ni será el último, de un deportista adolescente maltratado por unos progenitores que quieren sublimar con los éxitos de sus hijos sus frustraciones personales. Alguno, como el padre de Venus y Serena Williams, ya había decidido que éstas serían tenistas antes de que nacieran. A otro, como el de Mary Pierce, hubo que dictarle orden de alejamiento judicial a petición de su propia hija.

    El tema de la explotación deportiva de los menores acaba de ponerlo de manifiesto la ONG Save The Children. Por un lado, denuncia el desarraigo familiar de aquellos niños africanos, como antes lo fueron los sudamericanos, arrancados de sus hogares por los clubes europeos que buscan crear nuevos ídolos futbolísticos. Por otro, los atroces entrenamientos de niños chinos desde los cuatro años para engrosar así el futuro medallero olímpico del país.
Claro que el tema viene de lejos. Lo que sucede es que hoy día el fenómeno mediático del deporte, convertido en el mayor espectáculo del mundo, provoca la ansiosa e insaciable voracidad de fabricar campeones que sustituyan a los que van quedando arrumbados por el camino.

Antes, la planificación sistemática para fabricar deportistas de élite a cualquier trance era patrimonio de los países comunistas, a falta de otras satisfacciones que ofrecer a sus súbditos. Ya hace cincuenta años la URSS produjo las mastodónticas atletas Tamara e Irina Press, que desaparecieron de la competición cuando en 1968 se introdujo la verificación del sexo de las participantes. En 1976 fue Rumanía la que, por el contrario, exhibió la frágil figura de Nadia Comaneci, quien a sus 14 años obtuvo cinco medallas y el primer 10 en una prueba de gimnasia durante los Juegos de Montreal. Cinco años después hubo de huir a los Estados Unidos en busca de la infancia que le había sido robada por la dedicación deportiva.

    Ahora, esa práctica de crear campeones de laboratorio se ha generalizado.
Pero no hablemos sólo de quienes llegan a triunfar en su respectiva disciplina deportiva. ¿Y todos los demás, esa gran mayoría que han sufrido desde pequeños tantas o mayores presiones, vejaciones y traumas que aquéllos y no han cumplido las expectativas previstas? La ONG citada lo dice claramente: privados de una educación adecuada, con la ominosa sensación de fracaso y carentes muchos de ellos de una sociabilidad normal, su futuro resulta incierto cuando no problemático.
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