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Mario Poliak

Dorian Gray en la Casa Rosada

Dorian Gray en la Casa Rosada

Néstor Kirchner no hizo un pacto con el diablo, o al menos, no hay noticias de que eso haya ocurrido.

Pero corre el riesgo de que, como en la obra de Oscar Wilde, algún día sus conocidos vicios se le vuelvan, todos juntos, en contra y su poder quede convertido en polvo.

No importa. Por el momento, para la Casa Rosada no hay peligro a la vista.

La oposición sigue ayudándolo, y así, puede darse el lujo de torpezas como la de Misiones -donde apoyó en persona los delirios de un gobernador que aspiraba a hacerse reelegir indefinidamente-, sin que de momento se vea opacada la buena estrella que brilla en el firmamento electoral, o como una más reciente, la de pretender modificar un sistema de medición -monitoreado nacional e internacionalmente- de índice de precios.

El Presidente tiene una obsesión: no salirse ni un milímetro de la pauta inflacionaria, prevista entre 7 y 11 por ciento para 2007, y menos en un año electoral. Mucho menos, aun, cuando están a punto de inaugurarse las discusiones paritarias para 2007, donde los gremios basan sus reclamos echando un ojo al aumento de los productos de la canasta básica, que dicho sea de paso, subió mucho más que la inflación promedio, 2,6 por ciento. Demasiado para un solo mes, con índices de pobreza bordeando el 40 por ciento de la población.

El desplazamiento de una funcionaria de carrera,"una técnica", como Graciela Bevacqua (aunque, justo es decirlo, en su momento también puesta "a dedo"), a cargo del Indice de Precios al Consumidor (IPC) no es un hecho grave en sí. Lo grave es intervenir virtualmente un organismo como el INDEC, que gozaba hasta ahora de una respetable autonomía de pasajeras tutelas políticas.

Más grave, aún, es que un ministro acuse de "mafiosos" y "forajidos" a empleados y técnicos de ese instituto por desafiar con datos "reales" las cifras "oficiales", es decir, las que el poder de turno quisiera que fueran.

El ex ministro de Economía Roberto Lavagna, un "presidenciable", lo graficó del siguiente modo: "al Gobierno le sube la fiebre y rompe el termómetro". Claro que Lavagna aporta lo suyo, ya que durante su gestión también discutió con algún funcionarios, molesto porque los índices arrojaban niveles de pobreza a indigencia demasiado altos para su gusto, que ya por entonces tenían el sabor del poder.

El tema tiene sus derivaciones a escala global. En primer lugar, porque muchos títulos de la deuda argentina se ajustan según el IPC y, una crisis de credibilidad, como la que se teme podría ocurrir, le harían perder valor, cosa que viene sucediendo, aunque sea en décimas, por estos días. Además, no es descabellado pensar que un índice "dibujado" podría disparar una serie de juicios de los tenedores de esos bonos, incrédulos respecto de las cifras oficiales de inflación.

Y, por último, crearía incertidumbre, que como se sabe, es enemiga a muerte de los inversionistas.

La virtual intervención del INDEC -con agentes policíacos de civil con el fin de "disuadir" a sus empleados, según la denuncia de los gremios- es más grave que cuando un gobierno suele inmiscuirse en el Banco Central, que goza de autarquía operativa.

La gestión de la política monetaria -más allá de las opiniones en contra que puedan tener los mercados, bancos, organismos financieros internacionales, EE.UU. o cualquier defensor acérrimo de la economía de libre mercado- puede ser defendida como facultad legítima de un gobierno, un Estado, un presidente, o simplemente un ministro de Economía.

Esta posición es entendible, aun atendiendo argumentos en contra que ponen el acento en el resguardo a tentaciones demagógico-electorales, o la necesidad que muchos gobiernos "que no hacen bien los deberes" tienen de "tapar agujeros" fiscales, entre otras "emergencias".

Pero intentar torcer la realidad manipulando datos que tienen, o tenían hasta ahora, un aura de respeto y confiabilidad, incluso a nivel internacional, es otra cosa.

Encima, ahora el Gobierno debe cargar con un costo extra: puso en manos de la oposición un arma poderosa a la que hasta ahora le estaba vedada: la de darse el lujo de poder cuestionar, aunque sea en parte, la política económica, un tema en el que el Ejecutivo se hacía fuerte.

Contra viento y marea, haciendo oído sordo a las críticas, la Casa Rosada avanzó y, como por arte de magia, la inflación de enero arrojó un tranquilizador índice de 1,1 por ciento. Se le objeta, básicamente, haber computado solo un 2 por ciento autorizado en los gastos de la medicina prepaga, cuando las empresas desdoblaron un aumento que en algunos casos llega a 22 por ciento, y el rubro Turismo, que registró un bajo 3,4 por ciento, en un mes, enero -en Argentina es el principal del verano, junto a febrero-, que suele dispararse muy por encima de esa cifra.

Pero cálculos menos optimistas y más independientes sitúan la inflación "real" entre 1,6 y 1,8 por ciento y, desde el otro extremo, opositores como Mauricio Macri -cuyos equipos tampoco cuentan con los mecanismos idóneos de medición- estiran esa cifra hasta 2,1 por ciento.

Mientras tanto, el retrato de Néstor Kirchner puede envejecer cuanto sea necesario porque su "verdadero" rostro, el que reflejan las encuestas, sigue mostrando una envidiable lozanía. Es de esperar, al contrario del multimillonario de la película, que no se le ocurra mirarse en él, por lo menos antes de las elecciones del 28 de octubre
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