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China y nosotros

martes 05 de mayo de 2020, 10:09h

China, en el confín del Este, como bien sabe la Vicepresidenta Teresa Ribera, siempre ha sido enigmática, misteriosa y celeste, hasta que llegó Mao, un poderoso terrateniente, que inició el Movimiento de las cien flores (¿por qué será que muchas dictaduras empiezan siendo un “movimiento”?), hasta que escribió un catecismo, un Tao, un Camino, que sirvió de guía para la Revolución cultural.

Perdonen tanta cursiva.

El imperio chino duró desde 2000 años antes de Cristo, hasta 1911, cuando la revolución de Xinhai obtuvo la abdicación de Puy, el último emperador, de seis años de edad. Entre esa fecha y antes de imponerse la República Popular, discurrieron 38 años muy procelosos de luchas intestinas, una guerra civil y la ocupación japonesa durante 11 de los 38 años, que concluyó con la derrota de Japón, en la Segunda Guerra Mundial.

Hoy día, China es una dictadura comunista sin paliativos, que los ortodoxos comunistas llaman de “capitalismo de Estado”, como si lo de Stalin hubiera sido “capitalismo del proletariado”. Desde los atropellos, ¿de lesa Humanidad?, de Tiananmen, nadie puede durar de su carácter totalitario, hermético y aplastante, de tanques que pasan por encima de hombres vivos. Allí no hay Derechos Humanos, ni laborales, ni sindicales, ni tienen visos de pretender tenerlos. Su democracia orgánica es, químicamente, pura y sin fisuras.

La idiosincrasia china es de extrema resignación ante el infortunio. Su resiliencia ante las dictaduras ha generado una actitud de sometimiento, sin otra salida que el afán tantálico hacia el trabajo. Cuanto más trabajan, más aumenta su condicionamiento laboral, quizá en todos los estratos de la sociedad; porque allí, también hay castas y 200 millones de chinos viven en la opulencia y son esclavistas, mientras los otros 1100 millones nunca dejaron de ser esclavos, que ahora comen y se reproducen, mientras antes, durante la dictadura dinástica, sólo comían lo justo para poder reproducirse.

Mis afirmaciones podemos atestiguarlas con nuestra experiencia directa del estilo de vida de los chinos que conviven con nosotros: sus tiendas y colmados abren al ser de día y permanecen cerrados hasta después de las 11 de la noche; los dependientes comen, viven y hasta duermen dentro de sus negocios, entre las mercancías; no respetan las leyes laborales y comerciales del país de acogida, ni las de higiene; venden alcohol a menores; y sus productos carecen de las homologaciones que se requieren. Sus transgresiones gozan de impunidad y sus personas malviven de forma miserable, para ofrecer productos de calidad ínfima, que minan el mercado.

No obstante, según demostró el episodio del polígono Cobo Calleja, acumulan dinero en contenedores, que tienen propietarios personales, personas físicas que, acostumbradas a la opacidad y a tácticas mafiosas, prescinden de hacer transacciones bancarias y trasiegan billetes, como si se tratara de periódicos viejos que van al reciclaje. Esto que ocurre ante nuestros ojos quizás sea mero reflejo de aquella sociedad.

La rendición de la sociedad ante el poder constituido llena de oscuridad la vida pública. La irredención se sostiene sobre la ausencia de criterio alternativo. No hay otra cosmovisión que la partidista, que exige devoción absoluta a la Verdad proclamada.

China, pese a contar con más de 1300 millones de personas, tiene el mismo número de premios Nobel que España. Tres de ellos son de Literatura, uno de la Paz y los otros cuatro de Física. Algunos de estos últimos se han formado, o han trabajado, en equipos de occidentales; e incluso uno de ellos tiene doble nacionalidad. ¿Es que no hay “Nous” en la sociedad china?

Sí que lo hay; pero, pertenece al Estado. Los alumnos que van a Harvard, becados por el gobierno chino, han de volver religiosamente (quiero decir, bajo chantaje) a su país y devolver al Estado el esfuerzo que éste ha hecho, su inversión. Las ideas y conocimientos de los estudiantes no son propios, sino del Estado que cobra su maquila. Lo peor es que ésta asciende al 100% del producto.

Bien, pues de esta sociedad tan apabullante hacemos depender nuestra economía, nuestra salud y hasta nuestra enfermedad. ¡Paradojas de nuestro mundo occidental, tan democrático y riguroso con los derechos individuales!

Yo desconozco si el virus Covid-19 es un engendro militar que se escapó del laboratorio, o si se trata de un mutante que pasó de los animales al hombre. Sólo flota una sospecha: si China no acepta la comisión de investigación internacional, sin duda, es porque necesita ocultar algo muy contundente y perjudicial para su sistema e imagen internacional.

Cuando la policía, o el juez instructor, investigan un crimen cuya autoría desconocen, se preguntan cui prodest?, ¿a quién beneficia? Sólo en España, vamos camino de 26.000 muertos, cifra oficial, que tapa, posiblemente, otra mucho más abultada. Así pues, hemos de preguntarnos cui prodest 26.000 ó 35.000 veces. Y todos los caminos, incluidos los de la estafa de material defectuoso, nos conducen a la Roma moderna, que ahora se llama Pekín. De allí, tras el virus, han venido, por toneladas, mascarillas, las verdaderas y las falsas, y guantes, respiradores, batas y desinfectantes, a precios desorbitados, de mafia en apogeo.

Nuestras autoridades han firmado 14 contratos con sociedades que carecían de domicilio social. Claro, éste no es sólo un problema de sociedad opaca; también es un problema de ministros españoles: el de Sanidad, el de Consumo, el de Exteriores y de algún otro de los 22, de quien dependa ahora Comercio. Es decir, que la ineptitud afecta, al menos, a cuatro departamentos. Son demasiados, con el denominador común de la incompetencia y el numerador de los sueldos y complementos por las nubes del imperio celeste.

Mal. Esto de depender de una sociedad esclavista, totalitaria, que tiene prácticas mafiosas, no nos conviene, ni por coherencia del sistema, ni por los resultados prácticos. Depender de los chinos es caro e incierto; pero, sobre todo, incongruente con nuestra estilo de vida, nuestros principios éticos y el espíritu objetivo de nuestra civilización. Es una dura lección que hemos de integrar, ahora o nunca.

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