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Desde las Marismillas

miércoles 14 de agosto de 2019, 11:05h

Hace más de una año que Pedro Sánchez descansó por primera vez en el palacio de Las Marismillas del Coto Doñana de las tareas de una moción de censura contra Mariano Rajoy con el apoyo de una compañía de intereses destructivos pero con ningún proyecto de gestión positivo. Desde entonces España sobrevive sin Gobierno, prorrogando los presupuestos heredados y forcejeando por conseguir una investidura a partir de ciento veintitrés diputados. Esto sucede porque Pedro Sánchez descansa, un año después, en Las Marismillas sin lograr la confianza del Congreso de los Diputados.

La confianza del Congreso se manifiesta con una mayoría absoluta o, en segunda instancia, con un número de síes superior al de noes. Es así de sencillo. Sánchez tiene asegurados los noes de una oposición a la que no ha hecho la menor oferta de acuerdo de Estado. Pero lo peor es que tampoco tiene la confianza del segmento de la Cámara que considera “progresista” que es un mosaico de neocomunistas y separatistas a quienes considera sus “socios preferentes”. Tales supuestos socios le obsequiaron con una abstención que es un síntoma aparentemente neutro pero en todo caso un síntoma de desconfianza. O sea, que tampoco le manifiestan confianza los que considera de su cuerda. Ante tal situación lo honesto sería convocar elecciones, sea o no sea lo más deseable o lo más rápido. Lo que no es honesto es dedicarse a descansar y prolongar el Gobierno en funciones a la espera de que la inestabilidad propicie un cambio de opinión y alguno de los abstenidos pase a tragarse a Sánchez como el mal menor.

No se sabe que compensaciones puede ofrecer Sánchez a sus socios preferentes para que lo consideren deseable a pesar de su desconfianza. Sus medidos contactos veraniegos con algunas asociaciones y colectivos, excluidas todas aquellas entidades de la sociedad civil no teñidas de “progresismo”, dan la impresión de que busca matizar un programa de gobierno que complazca a ciertos sectores de opinión, con los que se supone que ya contaba previamente, para que presionen a los parlamentarios desconfiados para que cambien de actitud en otro intento de investidura. Pero un programa de Gobierno es una propuesta teórica y no un aval de confianza. Es difícil concebir un plan de Gobierno que guste simultáneamente a quienes sueñan con disolver España y a quienes sueñan con vestirla de uniforme rojo. Pero, aunque tan acrobacia se lograse, nadie se fía de que tal proyecto sintético vaya a ser llevado a la práctica por Sánchez una vez que este se considere consolidado en el poder. Lo que falla es la confianza en la persona de Pedro Sánchez pues es una persona individual y no un partido ni un conjunto de partidos quien es el sujeto de la investidura. Pedro Sánchez es el problema y no un programa teórico.

Sánchez pretende que él es la única solución posible. No es cierto. Él da por supuesto que a su derecha hay un tripartito que representa la mitad del electorado pero lo considera incapaz de asociarse en un proyecto de gestión, cuando los hechos demuestran que un entendimiento en torno al constitucionalismo ha sido posible en Andalucía, en Castilla, en Madrid, en Murcia o donde se tercie. El denostado “tripartito” es un cemento mucho más sólido que el disperso “pluripartito” que propone Sánchez decorado con el equívoco adjetivo de “progresista”, cuyos síntomas de incompatibilidad interna son evidentes en términos presupuestarios y en arquitectura constitucional.

Desde el palacio de Las Marismillas Sánchez puede contemplar muchas especies vegetales pero no el árbol que produce el fruto de la confianza. Este solo crece en el invernadero de la Carrera de San Jerónimo. Por eso sueña con un Gobierno minoritario de ocasión aunque nazca sin capacidad de legislar o presupuestar y sin un mínimo criterio común. Mejor unas nuevas elecciones que un mal Gobierno sin capacidad de maniobra. ¿Y si se repiten los mismos resultados? Eso es solo el sueño de una noche de verano en Las Marismillas. La misma agua del río no vuelva a pasar nunca bajo el mismo puente. Otras aguas más claras limpiarán el cauce de tanta ambición personalista y tanta desconfianza embalsada.

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