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Echa vino Villalón, que los Magos van a Cádiz

domingo 01 de diciembre de 2019, 16:53h

Rodeados ya por todas partes de la imagen y corporalidad de un personaje, en origen Nicolás, quien allá por el siglo IV fuera obispo cristiano en los valles de Licia, actual Turquía, para pasar más tarde a nominarse Viejito Pascuero y que más tarde de más tarde, tras tuneo a fondo por parte de los publicistas al servicio de una gran multinacional de refrescos, habría de convertirse en un tipo obeso y sospechoso de alcoholismo en indeterminado grado, singularidades que la Organización Mundial de la salud anatemizaría sin dudar, y por ende personaje de sexualidad confusísima que le lleva a intentar conciliar la categoría de papá con la de santa, parece procedente e incluso imprescindible recordar que en nuestra tradición, en nuestra cultura, incluyendo en la categoría el folclore popular, la literatura, la gran música o la pintura de altos vuelos, en las fiestas navideñas y su conclusión de Epifanía no debiera arder más cera que la que ilumina a los Reyes Magos.

Ahora bien, justo es reconocer que en el Mito hay lagunas, inconcreciones y fisuras, especialmente en cuanto al camino y recorrido hacia Belén pastores, a Belén chiquillos, que ha nacido el rey de los angelillos.

En su libro de memorias La arboleda perdida, Rafael Alberti cuenta que en una ocasión fue testigo de una agria e incluso violenta discusión entre el torero Ignacio Sánchez Mejías y el poeta ganadero Fernando Villalón, porque éste último sostenía con vehemencia que los Magos, en su camino hacia Belén, habían pasado por Cádiz.

La tesis se consideró disparatada durante mucho tiempo, sobre todo porque Villalón era un tipo en extremo peculiar, que, además de: “… un hombrón ancho y fuerte, con fiera planta de toro y ganadero a un mismo tiempo”, al decir de Alberti, fue brujo, espiritista, hipnotizador, poeta de raza y tronío en su: “¡Echa vino, montañés”, que lo paga Luis de Vargas!”, conde de Miraflores de los Ángeles, y obsesionado durante años en lograr una raza de toro bravo que tuviera los ojos verde esmeralda, proyecto que le llevó a la ruina tras innumerables cruces con vacas compradas en distintos países y cuyas crías salieron tan nerviosas y bravas que Joselito y Belmonte se negaron a torearlas. De él se cuenta que fue pionero de un raro vegetarianismo que experimentó encerrándose seis meses en un sótano con una cabra y un sapo, alimentándose exclusivamente de verduras. De él se sabe con certeza que compró una isla cerca de la desembocadura del Guadalquivir, que emergía y desaparecía al ritmo de las mareas, convencido de que podría servir de refugio a algunas del medio centenar de nereidas, las míticas hijas de Nereo y Doris, que ayudaban a los marinos a surcar las procelosas aguas de ríos y mares, pero que al comprobar que la cosa no daba resultado usó el espacio para recrear un suerte de nuevo Paraíso instalando allí a un matrimonio, que bautizó como Adán y Eva Benítez, a pesar de que el enclave era harto peligroso, de lo que da fe el mismo Alberti: “… efectivamente, cuando el agua subía, tragándose la isla, solo quedaban en medio de las olas, asomadas por los ventanillos de una garita que les había edificado, las aterradas cabezas de los esposos pobladores pidiendo socorro”.

Pero pasaron los años y cuando la teoría de los Magos en tránsito por Cádiz camino de Belén era asunto olvidado o risible para los pocos que de ella guardaban memoria, surgió la figura de un teólogo de máximo nivel para poner las cosas en el mismo sitio donde Villalón las había dejado.

Cuando Joseph Ratzinger, a la sazón Papa Benedicto XVI, publicó su libro La infancia de Jesús, en 2012, la idea empezó a cobrar una sorprendente verosimilitud. Apoyándose en el profeta Isaías y en el evangelista Mateo, el ahora Papa Emérito afirmaba que lo más probable y consecuente era que los Tres Sabios procedieran no del Oriente, como siempre se había creído, sino del extremo occidental del entonces mundo conocido; es decir del reino de Tarsis o Tartessos, ubicado en un punto indeterminado entre las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, con puerto en la ciudad a la que los fenicios dieron el nombre de Gádir.

La autoridad teológica de Benedicto XVI no tiene la menor discusión para cualquiera con dos dedos de juicio y en consecuencia tampoco el origen tartésico de los Reyes Magos, es más que probable que teniendo en cuenta que hasta Belén hay una tiradita, sus Majestades ya hayan llegado o estén a punto de llegar a Cádiz, de manera que además de celebrarlos por todo lo alto, convendría revisar el repertorio de viandas que se le dejan en las casas. Nada de turrones, mazapanes y copitas de anís. Lo suyo y natural para el agasajo serían gambas blancas y jamón de Jabugo, pavías de pescado y huevas aliñás, ortiguillas fritas y queso payoyo, todo ello regado con Vinos de Jerez y del Condado.

Los cuencos de agua siguen valiendo, pero no para los camellos sino para las mulas castañas que con toda probabilidad tiraban de su diligencia a la que hay que cantarle: “… cruza pronto los palmares, no hagas alto en las posadas, mira que tus huellas huella un dipsómano que escala por los balcones”.

Miguel Ángel Almodóvar

Sociólogo y comunicador

Sociólogo y comunicador. Investigador en el CSIC y el CIEMAT. Autor de 21 libros de historia, nutrición y gastronomía.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    54272 | Azucena - 01/12/2019 @ 19:20:46 (GMT+1)
    Maravilloso...esa descripción tan minuciosa hace que la mente te provoque participar de las escenas que narras... Eso si, me quedo con las viandas gaditanas ...así cualquiera haría de rey mago. Enhorabuena mentor !

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