En una sociedad civilizada, el drama humano debería inspirar los valores más sublimes de solidaridad, compasión, caridad y generosidad propias de nuestra especie. Lastimosamente la historia boliviana ha dado vergonzosas muestras de desafección estatal ante las circunstancias de tragedia. Basta recordar el terremoto de Aiquile (1998) que dio paso a negociados por parte de autoridades de gobierno, que pasando por alto el drama humano, se “enbolsillaron” recursos en detrimento de los necesitados. Lea el texto completo
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