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Carlota Ferrer, (codirectora del Corral de Comedias de Alcalá): "Me encantan los toros, aunque me gustaría odiarlos"

> Hay que aprender a gestionar el ego porque la vanidad te puede jugar una mala pasada”
> “Quiero seguir trabajando, disfrutando con lo que hago, no censurarme, ni sentir presión”

sábado 24 de marzo de 2018, 11:11h
Carlota Ferrer, (codirectora del Corral de Comedias de Alcalá): 'Me encantan los toros, aunque me gustaría odiarlos'
Carlota Ferrer, directora de escena, actriz y coreógrafa, nació hace 41 años en El Escorial (Madrid), y su carrera escénica está vinculada desde el comienzo al también madrileño Teatro de La Abadía. Entre sus últimos trabajos está la dirección de Esto no es la casa de Bernarda Alba, en los Teatros del Canal; Blackbird, en el Teatro Pavón Kamikaze; Alma y Cuerpo en el Teatro Español; Fortune cookie en el CDN, y Los nadadores nocturnos, en las Naves del Español. En los últimos años también ha dirigido y coreografiado Los no lugares en las Naves del Matadero durante el Fringe 2013; la creación Swimming B en una residencia artística en la Biennale de Venecia 2012; la lectura dramatizada El mundo entero de T. Walsier para el Instituto Goethe o La melancolía de King Kong de José Manuel Mora en el Teatro de la Abadía.

En el Teatro de La Abadía en Madrid ha sido ayudante de dirección de José Luis Gómez, de Krystian Lupa y de Álex Rigola y ha trabajado como actriz en Al final todos nos encontraremos, Me acordaré de todos vosotros o Ubú rey. Ha firmado la coreografía de El misántropo en el Teatro Español, El Inspector de Gogol en el CDN y Veraneantes, de Gorki, en La Abadía.

Ganadora de uno de los prestigiosos Premios Ojo Crítico 2015, otorgados por RNE, el jurado destacó a Carlota Ferrer por ser “mujer de teatro integral capaz de personificar un concepto teatral que aúna diferentes disciplinas”, así como por “conocer la carpintería teatral (interpretación, dirección, movimiento escénico...)”. Desde finales de octubre del año pasado dirige, junto a Darío Facal, el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.

Me espera en la planta quinta de los teatros del Canal de Madrid, en una de las salas de trabajo; mesa por medio y sentados frente a frente, Carlota Ferrer comienza por relatarnos los albores de su vocación, que empezó bien temprano. En casa, de pequeña, la artista no vivió la costumbre familiar de acudir al teatro con cierta asiduidad, pero era fiel seguidora de Metrópolis, el mítico programa dedicado a las artes y a la cultura, de la 2 de TVE, al tiempo que le encantaba imitar a personas del pueblo, o inventarse personajes que luego mostraba en petit comité a la familia y a las amigas. Una familia, por cierto, muy bailarina porque “allí nadie puede estar quieto si hay música sonando, todos nos ponemos a bailar. Mi padre bailaba muy bien; mi madre se deja llevar estupendamente, y los cuatro hermanos bailamos cualquier cosa en cualquier momento”. Carlota, además, hacía mucho deporte (baloncesto, atletismo, bádminton, gimnasia rítmica…). Pronto comenzaría a hacer también danza y, aunque ya había hecho algunos pinitos teatrales en El Escorial, en COU decide estudiar interpretación y comienza en el Teatro de la Danza de San Sebastián de los Reyes y, a la vez, a estudiar también Danza Contemporánea. Por aquella época quiso entrar en el recién inaugurado Teatro de La Abadía, pero tuvo que esperar hasta los 22 años, que era la edad mínima de admisión. Mereció la pena porque comenzó con Àlex Rigola en Ubú Rey. Desde el primer momento, a la joven escurialense le fascinó la figura del director catalán y su modo de dirigir, sobre todo una parte en la que no había texto y tuvo que crear el mismo con la ayuda de los ocho o nueve actores del elenco sobre la guerra, la violencia. “Me pareció maravilloso -nos dice Carlota- poder estar dentro del montaje, pero más aún ver la posibilidad de hacerlo desde fuera, es decir, dirigirlo…”. Dicho y hecho, unos meses después aprobó el acceso a la RESAD y compatibilizó los estudios de dirección y su faceta de actriz en La Abadía.

Una tiene que pagar por el teatro que quiere hacer”

Ahora, como directora, le resulta prácticamente imposible dirigirse a sí misma como actriz. En momentos de contratiempos en la compañía, puede cubrir alguna baja del elenco en una obra que ella misma dirige, pero hacerlo desde el principio, cree que no podría porque “el chip de actriz y el de directora al enfrentarse a una obra son muy diferentes. Una contempla el montaje desde dentro, y la otra tiene que hacerlo desde fuera, y simultanear ambos puntos de vista desde cero, para mí es imposible, al menos hoy”.

“Decía Eugenio Barba que ‘uno tiene que pagar por el teatro que quiere hacer’ -apostilla la joven directora-, y aunque eso lo leía de jovencita, cada vez me doy más cuenta de que es justamente lo que voy haciendo. Unas veces, como actriz, no me apetece nada hacer algo con ciertos directores y otras, que, por el contrario, con otros que sí que me gustaría trabajar, resulta que no me cogen… Al final -concluye- eliges pero también arriesgas, produciendo todo o parte del espectáculo para poder sacarlo adelante”.

Ferrer está encantada con la idea de poder seguir trabajando con José Manuel Mora como autor teatral y dramaturgo (“¿Por qué cambiar, si el tándem funciona muy bien?”), se dice a sí misma, “tenemos un vínculo indisoluble que va más allá de lo meramente teatral y que tiene que ver con nuestra manera de ver el mundo. Además, formamos parte del mismo proyecto artístico empresarial, Draft.inn, con el que producimos muchos de nuestros trabajos caracterizados por una constante búsqueda e integración de nuevos lenguajes” continúa Carlota. Pero esto no quiere decir que no acepte otras propuestas en donde José Manuel no participe como autor. “Incluso con Blackbird, que no es un texto suyo, pero hizo la traducción, es también un modo diferente de colaborar, o con un Ibsen que también haremos juntos muy pronto, aunque no será una simple traducción, sino un trabajo más libre y creativo, partiendo de un texto del dramaturgo noruego… No obstante, no hay problema en que cada uno trabaje por separado, ni en seguir trabajando juntos”, concluye Ferrer.

Y el teatro que Carlota quiere hacer seguirá siendo valiente, comprometido y, a veces, hasta provocador. Hablemos de su último montaje, Esto no es la casa de Bernarda Alba, en donde arremetía contra el machismo imperante, sobre todo con un alegato final de corte absolutamente feminista que ponía en boca de uno de los personajes y que ha sido muy discutido. “Hubo un proceso previo y maravilloso con todo el elenco, que apoyó mi decisión desde el principio del proceso de ensayos -nos argumenta-. Yo lo vi claro desde el principio y le pedí la elaboración de esa parte final a José Manuel Mora, como dramaturgo. Y lo curioso es que, aunque respetó en un ochenta por ciento el texto original de Lorca, además de este parlamento final, lo que me ha chocado mucho es que nadie ha hablado de otros tres monólogos del propio José Manuel. Los ha escrito tan bien que la gente no se ha dado cuenta de que esas palabras no son de Federico”.

Teniendo en cuenta que la pieza está interpretada por hombres que dan voz a las mujeres pero que en ningún momento aparecen travestidos (dejamos muy claro que se trata de hombres), que hablan entre ellos, y que se dirigen al público como transmisores del relato lorquiano, “al final me dije que había que conectar con el hoy”… Si el final hubiera sido muy poético, creo que no habría tenido la misma repercusión. Y no hablo especialmente de la reacción de algunos medios -que alguna ha tenido también-, sino en el espectador. Fueron muchos los hombres y mujeres que vinieron a la salida de la puerta de artistas de Canal para darme las gracias, e, incluso, algunos se emocionaron. El hecho de llevar al escenario ciertas cosas que en la vida cotidiana están normalizadas, provoca en el espectador una reflexión sobre ellas que, de pronto, le hacen tomar conciencia. Además, da sentido al título de la propuesta. En ese orden de cosas, creo que el monólogo era necesario”.

Krystian Lupa -continúa argumentando Carlota Ferrer-, cuando estaba trabajando Fin de partida con José Luis Gómez, decía que debíamos preguntar al texto como si fuéramos niños de cinco años, en el sentido de despojarnos de todo conocimiento intelectual previo sobre él. Si abordas un Shakespeare o el propio Becket, como era el caso, ya tenemos una cantidad de información previa que hace que algunas réplicas del texto ya te las sepas, y no las indagues, no profundices en ellas. Él nos planteaba que preguntáramos sin ningún tipo de vergüenza todo acerca del texto: qué pasa aquí, por qué dice esto y no lo otro, está mintiendo, o está diciendo la verdad… Cuantas más preguntas abras, más puedes llegar al fondo de las cosas sin el juicio previo del conocimiento”.

Lo que quiero es trabajar, meterme en nuevos proyectos, y que salgan adelante”.

Ferrer ha aceptado ser codirectora del Corral de Comedias de Alcalá de Henares porque, “en lo artístico y en la línea de programación, me siento absolutamente libre. Lo veo más como una responsabilidad de servir al teatro y a la ciudadanía. Y, antes de llegar aquí, tengo que decir que como creadora junto a José Manuel, en todos los años que llevamos trabajando juntos, nunca hemos tenido más que dos pequeñas subvenciones, pero el hecho de recibirlas o no, nunca nos ha detenido en nuestro empeño de sacar adelante un montaje… Nuestra forma de trabajo es muy diversa y muy libre. Por ejemplo, Los nadadores nocturnos surgieron de algo tan extraño como un poema, cuya extensión no llega a una cuartilla, que iba a desarrollar José Manuel Mora, con el que iba a hacer un monólogo que interpretaría Israel Elejalde. Luego seguimos hablando y le propuse que tenía que intervenir un bailarín porque en cierta parte del poema y lo que iba a seguir escribiendo él, yo veía que tenía que ir un río de movimiento subterráneo, etc. La cosa es que finalmente, y por incompatibilidad con la agenda de Israel, él no pudo hacerse cargo del monólogo, y José Manuel acabó escribiendo un ensayo fragmentado sin ningún hilo dramático a priori de unos quince folios. Cuando lo leí me pareció extraordinario. Me hizo reír, llorar, preguntarme, ir a buscar documentación sobre varios temas que lanzaba, etc. Lo llamé inmediatamente y le propuse montarlo, y él me dijo: “estás chalá. Esto no se puede montar”. Lo convencí y nos pusimos a pensar en hacerlo… Inicialmente habría habido hasta quince personajes, pero como era imposible abordar una producción con ese número de personajes, acabó reescribiéndolo y los redujo a siete. Comenzamos haciendo un planteamiento clásico y muy pronto le dije que no (descubrimos que ese clasicismo en la acción aniquilaba el fulgor de cada pequeño fragmento), que había que rehacerlo otra vez… En fin, que preparamos el espectáculo para acudir un par de días al Fringe y, sin embargo, ¡fíjate todo lo que dieron de sí Los nadadores!”.

Con todo, no es que Carlota no sea ambiciosa en sus proyectos, pero tiene claro que no aspira a ocupar ningún puesto concreto de responsabilidad en el teatro (alcanzar este premio, dirigir este o aquel teatro…). “Lo que quiero es trabajar -afirma-, meterme en nuevos proyectos, y que salgan adelante. Hay otras personas, como por ejemplo Fernando Alonso, que ya con cuatro años quería ser campeón del mundo, y ya ves que lo consiguió. Ese no es mi caso. Quiero seguir trabajando, disfrutando con lo que hago, no censurarme, ni sentir presión… Recuerdo que cuando veía a José Luis Gómez y a Nuria Espert en Play Strindberg, después de llevar tantos años en lo más alto, de ser fabulosos actores, no entendía cómo podían soportar esa presión porque yo, que entonces tenía 24 años y que nadie me conocía, me ponía como un flan antes de pisar el escenario”.

A Ferrer nunca se le pasó por la cabeza que algún día alguien pudiera ofrecerle la posibilidad de dirigir un espacio como el Corral de Alcalá y, sin embargo, sucedió... Poco tiempo antes, la SER difundió la falsa noticia de que iba a codirigir los Teatros del Canal. “Más allá del hecho -nos comenta-, lo que me sorprendió verdaderamente fue la acogida, que a nadie le extrañara, lo cual me dio la alegría de saber que, si un día ocurría algo así -y poco después vino lo de Alcalá-, al menos ya sabía que no se iba a producir ningún revuelo”. Y la fórmula de codirección, y además con un hombre, le parece muy bien a Carlota, que ha encajado tan bien con Darío Facal, que hasta van a dirigir artísticamente algún espectáculo. “Tendremos que pelear en algún momento, pero eso no ha llegado, ni parece que vaya a llegar, porque tenemos visiones muy afines en muchas cosas, y no tenemos, ni tendremos, ningún problema en ceder si el otro está muy apasionado con algo”.

“De momento, enemigos no nos han salido, y amigos nuevos, tampoco. Lo mismo es cuestión de esperar -comenta irónica y sonriente…-. Lo que sí hay es algún que otro viejo amigo que no sabe distinguir entre una cosa y la otra, y lo mismo me presenta un proyecto a través de mi correo personal, intentando presionarme, y eso me produce el efecto contrario al que persigue. Las cosas formales deben de seguir el cauce oficial. Yo, al menos, siempre lo he hecho así, por muy amigo mío que sea el director del teatro u organismo al que dirijo la petición o le propongo el proyecto. Decía hace algún tiempo Manuel Llanes, director del Teatro Central de Sevilla, y que ha recibido recientemente la Orden de Caballero de las Artes y las Letras francesas, que los programadores lo que hacen es crear enemigos en la profesión, y es que siempre hay muchos más proyectos a considerar que posibilidades reales de programación”.

Cuando Recibió el Premio Ojo Crítico de RNE 2015 fue para ella una verdadera sorpresa y le hizo muchísima ilusión, “sobre todo por la lista de premiados que me precedían, y porque la composición del jurado que otorga el premio es muy diverso, procede de las más variadas disciplinas y, por tanto, el debate en su seno, a la hora de otorgar los premios, está asegurado”.

Me levanto con una idea y voy a anotarla inmediatamente”

Carlota se pasa veinticuatro horas al día pensando en teatro. “De hecho tengo que frenar porque, incluso en mitad de la noche, a las cuatro o cinco de la madrugada, me levanto con una idea y voy a anotarla inmediatamente al cuaderno, o me pongo a hacer el movimiento de danza con el que estaba soñando… Algún día me va a dar un tirón memorable porque ya no tengo una edad”, nos comenta riéndose de sí misma.

Confiesa no haber tenido nunca el instinto maternal a flor de piel, y que no ha querido tener hijos. La actriz y coreógrafa sabe que esa postura no deja de ser un tanto egoísta pero, al tiempo, cree también que ella está en este mundo para otras cosas: “Aquí todos hemos venido para dejar algún legado. Y yo ni siquiera puedo ser la tía o la amiga perfecta, porque apenas tengo tiempo para dedicarles a los hijos de mis amigas. Sobrinos no lo sé porque, aunque somos cuatro hermanos, ninguno tenemos hijos…”. “Es muy difícil compaginarlo con mi actividad -termina diciéndonos-. Estoy siempre inquieta: ahora estoy leyendo esto y luego lo dejo; luego leo lo otro, o me sorprenden los colores de no sé qué; o voy en metro y me quedo mirando a dos adolescentes, y me invento qué les pasa… En cualquier sitio recibo impulsos, que siempre anoto y, aunque inicialmente no sé adónde van a ir, al final casi siempre terminan encontrando su lugar en el espacio”.

Efectivamente, suele apuntar cuanto se le ocurre en varios cuadernos de notas -skinners- de hojas blancas, que suelen regalarse mutuamente José Manuel Mora y ella... La artista reconoce que los suyos son un caos y, sin embargo, los de su amigo dramaturgo, todo lo contrario, un prodigio de orden y limpieza gráficos.

El arte y lo efímero

No comparte para nada el movimiento, casi generalizado en estos tiempos, del cultivo a la apariencia, a la eterna (o casi) juventud, de esa irreal y vacía alegría en la que todo el mundo parece haberse instalado. “Eso -dice- es más falso que Instagram (sonrisas…). Me pregunto si eso no es una herramienta para sobrevivir…”. Entonces -le preguntamos- ¿tú no tienes miedo a la muerte? “No -responde-. Nos va a pasar a todos y en cualquier momento, así es que lo más sensato es aprender a convivir con ello… Yo trabajaba en La Abadía pensando cada día que ese iba a ser el último, que al siguiente me iban a despedir, y esa era una forma de vencer al miedo para seguir siendo yo. Para poder decir siempre lo que pienso, con educación, con respeto, pero seguir siendo fiel a mis valores, a decidir por dónde paso y por dónde no, y siempre sin temor. Pongo este ejemplo, como podría poner muchos otros. ¡Hay que vivir!, ¡no hay que tener miedo!”.

Hablando de muerte, nos decía hace algún tiempo el dramaturgo Sergio Blanco (Tebas Land, Ostia,…) que el cine ha muerto, que este es el siglo del teatro. ¿A ti qué te parece?, preguntamos a la directora y ella lo confirma: “No, el cine no creo que haya muerto, pero el teatro tampoco -comenta-. Hace también algún tiempo Jan Lawers afirmaba que el teatro hoy se percibe como algo vintage, algo pasado, y que por eso es el futuro. Porque está vivo, porque es un trozo de vida que es imposible de aniquilar, aunque alrededor parezca atacado por todas las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, etc. Pero el teatro, como liturgia, como ritual, como vida, sigue aquí y es muy poderoso. Creo que, cada vez más, necesitamos el encuentro con el otro, y el teatro es un encuentro con la vida”.

En el teatro casi nunca se alcanza nada, siempre se arranca de cero. ¿Qué encajarías peor, una posible falta de inspiración, de pálpito para abordar nuevas obras, o un rechazo por parte del público?, inquirimos ahora a Carlota Ferrer, y ella nos responde sin dudarlo ni un instante “que no se me ocurra nada… Por ejemplo, este año y el que viene voy a dirigir de forma continuada, y me digo que en algún momento tendré que decir que no a algo. Todo el mundo me dice que no rechace nada, que luego vienen periodos de vacas flacas, pero necesito también un tiempo para la reflexión entre un montaje y otro. Para mí es primordial poder desconectar durante unos días (una semana, diez días), entre uno y otro trabajo. Suelo viajar sola, a veces fuera de Madrid, y otras fuera de España, y eso me hace mucho bien. Me inspiran mucho esos viajes, y luego, casi siempre hay también un sello de esas ciudades en mis montajes… Sin ir más lejos, Los nadadores nocturnos surgieron después de mis viajes a Paris y Wiesbaden (Alemania). Y más que porque en el trabajo puedan encontrarse retazos plásticos de estas ciudades, porque están impregnados de un talante, de un cierto humor en la forma de observar nuevas puestas en escena”.

“Los artistas somos personas normales -me aclara a una duda personal que le planteo-. Hay, es cierto, entre algunos de nosotros una especie de divismo que yo creo que surge porque nuestra exposición pública es grande y una defensa ante esta situación es el ego. Y esto, para bien y para mal. De alguna manera, hay que tener cierto ego para exponerte y no morir de miedo o de presión, y, por otro lado, y al mismo tiempo, hay que aprender a gestionarlo porque la vanidad te puede jugar una mala pasada. Como dice Jodorowsky, te dejarán de indignar las malas críticas cuando dejen de extasiarte las buenas. Es en ese equilibrio en el que tenemos que movernos”.

“En el teatro -continúa diciendo-, se generan una especie de familias (que no tienen por qué ser bien avenidas) al tener que convivir tanto y tan intensamente durante mucho tiempo, reflexionando juntos sobre asuntos que afectan al ser humano. Lo decía también Lupa, el director tiene que ser psicólogo porque no se puede tratar del mismo modo a todo el mundo… Pero, si me pongo en la posición de espectadora, a mí, a veces, no me ha gustado llegar a conocer a algunos artistas porque habría preferido quedarme con la imagen previa que tenía de ellos. Por otro lado, y aunque el teatro contemporáneo trata, en general, de eliminar las fronteras entre el artista y el espectador, es también importante saber mantener esa distancia para que te permita pensar el teatro desde otro lugar, que no sea coloquial, que no sea vulgar…”.

Y de arte y de controversia terminamos hablando con Carlota. De otro arte, también efímero y que, como el teatro, se queda solo en la retina y en la memoria de las gentes que lo disfrutan. Hablo de los toros. Lo hacemos, incluso, pidiendo disculpas si es que la analogía no es muy afortunada, pero Ferrer, contra pronóstico, encaja encantada la cuestión. “Me encantan los toros. Pero, al mismo tiempo, me gustaría odiarlos. Es un espectáculo donde planea la muerte real. No acepto que se mate a un animal para el entretenimiento del hombre, me indigna también el machismo recalcitrante que hay alrededor del toreo, pero como experiencia de espectáculo (su liturgia, su poesía, el arte), es única... Al final, y de corazón, me gusta ver una buena corrida de toros. La emoción que trasmite el espectáculo es inolvidable. Eso lo he vivido especialmente en algunas corridas con José Tomás”. Y, después de pensarlo un instante, asociando momentos, emociones o ideas íntimas, la codirectora del Corral de Alcalá termina confesando que “pasa lo mismo con la liturgia religiosa. Yo no soy creyente, pero esa atmósfera que se ve en las iglesias, con la gente en silencio, concentrada… Te hacen pensar mucho sobre el ser humano. Guardo un recuerdo imborrable de la plaza del Zócalo, en México, cuando entré a ver la catedral, había misa y me sacudió una emoción que jamás podré olvidar”.

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