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Vanessa Espín (actriz, directora de escena, dramaturga y docente): "Escribo sobre asuntos que me incomodan, que me asustan o que no entiendo"

viernes 09 de mayo de 2025, 08:31h
Vanessa Espín
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Vanessa Espín (Foto: Sergio Parra)
A Vanessa Espín (Madrid, 1973), le atacó el veneno del teatro desde su más tierna infancia y, además, de un modo poco convencional: “fue siendo muy pequeña, estando como interna en un colegio. Tendría ocho o nueve años y, en una ocasión acudí a la biblioteca para coger algún libro y cayó en mis manos uno de teatro. Por las noches me encantaba leer porque allí, en ese colegio que estaba en medio de una explanada y rodeado de un bosque, pasaba mucho miedo. Ese mismo bosque por el día era una maravilla, pero por las noches y para una niña muy imaginativa, como era yo, me abocaba al miedo. Esos libros que cogía me acompañaban para hacerle frente. Me metía en la cama con una linternita y me ponía a leer… Aquel primer libro de teatro que cogí me impresionó mucho por los diálogos. Me hicieron vivir la situación con una intensidad que yo desconocía hasta ese momento. Me metí en las historias a tope y cada fin de semana que iba a casa hacía representaciones de esas historias con mis primas Ainhoa y Lorena, a partir de pequeñas dramaturgias que yo mismo montaba. Actuábamos las tres y yo también dirigía, aunque claro está entonces no podía ponerle nombres a todo eso”.

Desde aquel primer colegio Vanessa pasó a uno de monjas y, ya entonces, tuvo clara su vocación y comenzó por querer formarse seriamente como actriz, “aunque esa circunstancia provocó que las monjas se preocuparan seriamente por mí. Mi madre tampoco quería, pero cuando cumplí 15 años me metí en un grupo amateur de teatro (el del CEU, en Montepríncipe), y allí empecé a hacer teatro en serio”. Más tarde acudiría a formarse en Interpretación en Cuarta Pared, y algún tiempo después, ya con algo más de 40 años, terminaría su formación en Dramaturgia y Dirección de Escena en la RESAD (2015/2020), culminando así ese sueño que anidó desde la niñez en Espín.

Como actriz de teatro, Vanessa ha trabajado en Las cosas que sé que son verdad, dirigido por Julián Fuentes Reta; La valentía, dirigido por Alfredo Sanzol; Marca España, dirigido por Alberto San Juan; Amor de mono, dirigido por Manuel Martín Cuenca; Las siamesas del puerto, dirigido por Celia León; Desveladas, dirigido por David Lorente; Matando horas, dirigido por Elena Benito, o Historias para ser contadas y Sabina y las brujas, dirigidos por Javier Gudiña.

Es también profesora de Interpretación en el Estudio para actores de Juan Codina, y coach de interpretación, y ha sido ayudante de dirección de Eva Mir, David Boceta, Lluís Homar, Marta Pazos, Verónica Forqué, Yayo Cáceres y Pepa Gamboa, Chiqui Carabante, Ana R. Costa o Celia León.

A finales de marzo de 2025, se terminaban las representaciones en el madrileño Teatro de la Comedia del último de sus montajes, Las pequeñas mudanzas, un espectáculo muy personal de la autora, directora de escena y actriz, que conecta y conversa con Tirso de Molina a partir de Don Gil de las calzas verdes en uno de los más interesantes diálogos contemporáneos que la CNTC ha puesto en marcha hace ya varias temporadas. Pues bien, en esta pieza Espín habla de la mujer y sus abandonos con la misma sutileza que pasión e inteligencia, y de ello vamos a hablar con la artista madrileña.

Digamos antes que, en ese largo e intenso viaje personal en torno al teatro, Vanessa ha escrito también 400 días sin luz dentro de la programación 2022 del Centro Dramático Nacional, ganadora del premio MET 2022 a la mejor autoría teatral y mejor espectáculo. También ha escrito Los suspendidos con la beca de Nuevas Dramaturgias 2021, concedida por el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, el Teatro Principal Antzokia de Vitoria-Gasteiz y el Teatro Arriaga de Bilbao. Ha escrito y dirigido también Un animal en mi almohada programada en el 40º Festival de Otoño y en el Teatro Fernán Gómez. Primer premio en el XXIII Certamen Nacional de Teatro para directoras de Escena Ciudad de Torrejón que organiza la ADE. Ha dirigido Casa Matriz de Diana Raznovich programada en el Teatro Español, y ha escrito también La mujer de tejero, Nada es normal, La memoria azul o Una bolsa de hielo en un corazón vacío.

“¡Quería aprenderlo todo!”

(Foto: Elvira Megías)En sus comienzos como actriz profesional Vanessa actuaba mucho en teatros alternativos de la escena madrileña. Así hasta que “a partir de los 40 ya noté el bajón como actriz, incluso en los capitulares en series para los que me llamaban muy frecuentemente, o en papelitos en alguna que otra peli… Siempre cosas muy pequeñas, pero muy continuadas. Digamos que todo eso contribuyó mucho a que tuviera el oficio bastante organizado. Con eso, dos o tres obras al año como actriz, y mis clases de Interpretación podía vivir y, además, de lo que me gustaba. Pero cuando empecé a ver que el tema de la actuación se iba distanciando cada vez más en el tiempo y se iba complicando más, sobre todo en el audiovisual, para el que dejé de existir a los 40 (demasiado mayor para hacer de joven y demasiado joven para hacer de mayor…), me decidí a hacer las pruebas de la RESAD, las aprobé y mi paso por la Escuela fue para mí un viaje increíble. Allí se juntaron muchas cosas: la edad, el conocimiento y la experiencia, y eso con lo estupenda escuela que es la RESAD y, dentro de ella, el Departamento de Dramaturgia y Dirección. ¡Lo aproveché a tope, como si tuviera 20 años menos!”.

“¡Quería aprenderlo todo! -continúa contándonos la artista-. Cuando tenía que trabajar y no tenía más remedio que faltar a clase, me pillaba unos disgustos tremendos. Tengo dos hijos y no tenía más remedio que hacerlo, pero me sentaba fatal no poder acudir. ¡Me encantaban las clases!”.

Así pues, entre unas y otras cosas (interpretación, docencia y gestión cultural), Espín no ha dejado de dedicarse y vivir por y para el teatro. Hay, además, una circunstancia muy particular que la artista lleva también a gala, y es que es uno de los tres miembros fundadores del Teatro del Barrio, junto a Alberto San Juan y Paloma Domínguez, hace ahora justamente diez años: “atravesaba un momento laboral un tanto difícil y entre los tres decidimos coger la antigua Sala Triángulo y montar el teatro del Barrio. Fue justamente cuando nos metimos en ese fregado es cuando decidí también entrar en la RESAD porque la gestión cultural es muy interesante, pero no me apasionaba tanto como escribir, dirigir o dar clases. Ahora ya estoy más desvinculada que en aquellos comienzos, pero sigo siendo socia fundadora y acudo por allí con cierta frecuencia”.

En la Revista sobre Artes Escénicas Godot, y a colación de su estreno en la CNTC, Vanessa escribía esto sobre Las pequeñas mudanzas: "...Nunca pensé que iba a contar algo tan personal. El Siglo de Oro y mi yo adolescente. En segundo de BUP una profesora de Literatura me contó que Tirso de Molina era hijo de madre soltera. Como yo, pensé, y eso me salvó un poco la vida. Después de esto miraba a la pija pelirroja de la mesa de atrás sintiéndome menos bastarda”. Luchadora inquebrantable por la mejora de la situación de la mujer, la artista ha visto con satisfacción la estupenda acogida de su obra: “fue una cosa que vino bastante rodada. No tuve que pensar mucho cuando Lluis Homar me ofreció dialogar con el Don Gil de Tirso, y rápidamente me vino a la cabeza aquella profesora de 2º de BUP que me dijo que Tirso de Molina era hijo de madre soltera. Y, de verdad, eso me alivió mucho en mi adolescencia porque yo también soy hija de madre soltera. Ahí comencé a pensar en Las pequeñas mudanzas, en mi madre, en su abandono, en el personaje de Doña Juana, en la madre de Tirso de Molina… Ahí se juntaron esas tres mujeres y ahí comencé a pensar también en todas las mujeres de mi familia y en mis propios abandonos, y me imagino que todo eso se fue juntando en mi cabeza para generar finalmente Las pequeñas mudanzas”.

Tuvo mucho tiempo para escribir porque, tras el encargo de Homar en noviembre de 2023, “comencé a escribir muy rápido. Primero lo hice de manera continua, luego fui pausando la escritura. En realidad, fue el verano del 24 cuando comencé a escribir ya el texto definitivo después de haber elaborado una especie de documento con un montón de cosas variopintas que tenían que ver con el Don Gil, con Doña Juana, con mi madre, con mi abuela, con mi tía Paca, conmigo... Y cuando comencé a dialogar con todo esto ya me puse a escribir el texto. Es un método de trabajo habitual en mí. No se sabe por qué, ni cómo, pero hay un día en el que se hace ya necesario dejar de documentarse y ponerse inmediatamente con la escritura”.

¿Se puede sobrevivir a que un padre no te quiera?

Y, claro está, en ese proceso se amontonan las preguntas, y a todas ellas hay que enfrentarse para poder superar del todo los porqués, las dudas, las heridas. Una de esas preguntas, que vimos formulada en la presentación de la Comedia, era muy directa: ¿se puede sobrevivir a que un padre no te quiera? Le proponemos a Espín que no deje esa pregunta sin respuesta, y sin dudarlo ni un instante, nos responde que “¡sí, por supuesto que se puede sobrevivir! Se puede hacer, pero antes hay que hacerse la pregunta. Es muy importante plantearse esta y otras preguntas clave para poder superar las mayores adversidades. Me interesaba mucho poner sobre el escenario esa pregunta. Ahí la respuesta no es tan clara como yo acabo de dejártelo ahora, pero siempre me interesa dejar esas preguntas flotando sobre el escenario para que el espectador las recoja y pueda plantearse por sí mismo sus propias respuestas. Es ahí, en las preguntas, donde nos encontramos”.

No imaginamos a la artista madrileña elucubrando sobre el sexo de los ángeles, pongamos por caso, sino siempre inmersa en asuntos que le duelan, que le incomoden, que le provoquen rabia, que le hieran, que le sacudan en el aquí y el ahora, y ella confirma nuestra presunción: “escribo sobre asuntos que me incomodan, o que me asustan, o que no entiendo. Eso es lo que realmente me late, todas aquellas cosas que necesito investigar, conocer para tener elementos de juicio y poder así formar una opinión. Cuando una dramaturga tiene una idea y se pone a investigar sobre ella, yo al menos lo que hago es hablar mucho sobre esa idea con toda la gente que me rodea, y eso me ayuda mucho a recoger impresiones, distintos puntos de vista, a preguntarme con los demás qué pasa con esto y eso genera un movimiento que me ayuda a escribir. Pero siempre, antes de la escritura está la escucha. Raquel Alarcón me propuso escribir una obra sobre el barrio de Cañada Real y de ahí nació 400 días sin luz -subraya finalmente Vanessa-, tuvimos un proceso intenso de escucha con muchísimas personas del barrio del que después partió todo: el argumento y la obra…”.

“Todo lo que tiene que ver con el odio me inquieta”

Volvemos de nuevo al asunto de la situación de la mujer en nuestros días, y Vanessa Espín no es precisamente optimista con ella, en contra de lo que parece ser un sentir más o menos generalizado: “Estamos peor que en décadas anteriores porque se están levantando una serie de movimientos sociales, como el de los indels, que son absolutamente inquietantes… Me refiero a esos célibes involuntarios, hombres que —simplificándolo mucho—, odian a las mujeres porque, a su juicio, las mujeres no quieren saber nada de ellos. Son verdaderos haters… Todo lo que tiene que ver con el odio, venga de donde venga, me inquieta. Y en concreto este odio contra la mujer, en el fondo, quizás ha estado ahí latiendo durante mucho tiempo”.

Quizás piezas como Las pequeñas mudanzas o Un animal en mi almohada puedan colaborar a que esta fiebre de misoginia se extinga cuanto antes, comentamos a Espín, y ella así lo ve también porque “Las pequeñas mudanzas habla de reconciliación, de conciliar sentimientos, de tranquilizar venganzas, de preguntarse hacia dónde ir con la vida, de cuestionarse -en definitiva- la existencia con todo el dolor y la rabia, y cómo ir hacia otro lado. En el propio personaje de Valeria están esas preguntas”.

“A veces -continúa diciendo la madrileña-, las ficciones que vemos sobre el escenario están más cargadas de realidad que la realidad misma. De hecho, están escritas por personas reales que también tienen sus cuestiones y esa es una manera de darles forma expresiva a todos esos miedos, a esas frustraciones y a todas esas preguntas que a veces nos asedian. Es una forma expresiva de dar salida a todo lo que nos pasa”. No le falta razón a Vanessa porque muchas veces me encuentro ante realidades sobre el escenario que me parecen más fuertes que la propia realidad. No es fácil poner claramente la línea de separación entre ficciones y realidades…

Incertidumbre, verdad y posverdad

(Foto: Eugenia Cuaresma)Otra cuestión que parece haber unido aún más a artistas y espectadores en general, sobre todo a raíz del COVID en 2020, es que compartimos todos algo que hasta entonces parecía patrimonio exclusivo de gentes del espectáculo: la incertidumbre. “Sí -nos dice Vanessa-, creo que la incertidumbre viaja siempre con el ser humano. Cuando nos intentamos llenar de certezas es, precisamente, porque estamos llenos de incertidumbres, y eso nos hace querer aferrarnos a un montón de cosas que nos ayuden a seguir adelante”.

Tampoco —replicamos a la artista—, es que ahora ayude mucho la búsqueda de la verdad en un momento en que las posverdades —que es tanto como decir las mentiras—, parecen haberse hecho un hueco tan firme en nuestras vidas como las verdades. Para Espín, “se tarda muy poco en construir una mentira. Las fake news campan a sus anchas y, por el contrario, en chequearlas se tarda mucho. Esa es otra realidad temible…”. Le preguntamos entonces si cree que la posverdad, entonces, ha venido para quedarse, si ya no hay posibilidad de volver a ciertas verdades consensuadas. “No lo sé —responde—, pero espero que sí”.

Y, como ya hemos apuntado antes, esa línea entre teatro y realidad es muy difusa, le planteamos a continuación si en el teatro prima más la verdad, la imaginación, o la poesía: “yo creo que la imaginación es la base fundamental del teatro. Sin imaginación no hay teatro, pero tampoco poesía ni verdad. El teatro tiene que ver mucho con todo eso y, además, con la acción, con lo que pasa sobre un escenario. Y eso, aunque todo sea ficción, una convención, pero hay algo de lo que se cuenta que es verdad”.

Piensa Espín que todavía no tiene un público definido que acuda regularmente a sus nuevas creaciones, pero, en todo caso, “me gustaría que fuese variado. Siempre me encanta ver en los patios de butacas de los teatros en los que se representan piezas mías a gentes de todas las edades, de todos los colores y clases sociales. Es lo que más me gusta, saber que puedes gustarle a mucha gente. Es muy bonito. Es lo que verdaderamente nos gusta a quienes contamos historias, que interesen y sean entendidas por todos porque has transmitido realmente lo que querías, has compartido tus dudas y has conectado con el público. El teatro se convierte entonces en una especie de asamblea ciudadana en la que todos nos hacemos esas preguntas…”.

La artista madrileña está mucho más preocupada por las reacciones del público que por las críticas especializadas que puedan recibir sus montajes: “me gusta mucho el contacto con el público, ver y escuchar lo que la gente dice del espectáculo nada más salir de él. Conocer las cosas que le han movido. Si eso sucede me parece que hemos llegado al punto donde queríamos, es decir, a interesar al público realmente. A veces, incluso, como pasa ahora en Las pequeñas mudanzas, el público está tan metido en lo que se cuenta y se implica tanto en la historia que, cuando Valeria, la protagonista, se mueve entre el patio de butacas interpelando al público, alguna persona le contesta directamente, y eso significa que el espectador está pensando de lleno en cuanto se propone en la pieza”.

Cuestionario final

  • (Foto: Sergio Parra)¿Qué puede hacerte desmoronar en un momento dado?

Alguna enfermedad seria de algún ser querido. Es lo que más miedo me da en la vida. Creo, de hecho, que es a lo único que temo.

  • ¿El artista debe ser metódico, ordenado, o visceral e intuitivo?

Yo me tomo el trabajo como una aventura, como un reto. Me suelo divertir mucho con mi trabajo. Últimamente lo estoy pensando mucho y me estoy dando como el permiso de poder hacerlo porque toda la vida me he sentido culpable de divertirme con lo que hago porque siento que es como si no trabajara. Tanto actuando como dando clases, me ha parecido siempre que estaba ante un reto emocionante… Ahora ya no. Estoy tomando conciencia de que hago una cosa que es muy bonita, que me divierte mucho y que me genera mucha vida. Y, dicho esto, yo me dejo llevar mucho más por la intuición que del método.

  • ¿Te molesta mucho que los espectadores se olviden de apagar el móvil o se pongan a consultar las redes en plena función?

No. Los móviles y las pantallas forman ya parte de nuestra vida y no hay más remedio que adaptarse a ello. Me parece horrible que tengamos que estar siendo esclavos de estos aparatejos, pero no podemos mirar para otro lado. Existen y hay que aprender a vivir con ellos. Si a alguien le suena un móvil en medio de una función, ¡qué le vamos a hacer…! Hay que seguir. Yo lo que hago es concentrarme a tope en el escenario y seguir adelante. No hago paraditas, ni miraditas de reproche, ni nada de eso porque creo que eso lo único que hace es parar la acción, y la acción no hay que pararla…

  • ¿Se puede ser progresista y de derechas y conservador y de izquierdas?

En principio parece que no… Pero, bien pensado, estamos viviendo un mundo muy complicado y se están dando cosas muy curiosas y, en cierto modo, también contradictorias ideológicamente hablando… Lo de progresista y de derechas, depende de qué derecha hablemos. Conservadores y de izquierdas tengo claro que sí. En la izquierda, que es el ámbito que más conozco, creo que hay muchos conservadores, claro que sí.

  • ¿Tiene la mujer presencia suficiente en todos los ámbitos de la sociedad o no?

No. Llevamos un retraso muy grande en el tema de la igualdad. Creo que ha habido un oleaje que nos ha llevado por un tiempo muy corto a la cresta de la ola en cuanto a cambios e intentos de igualdad, pero ahora estamos claramente en un momento de retroceso. Todos los movimientos acaban adoptando ese vaivén y creo que, en lo relativo a la igualdad, ahora estamos claramente en retroceso. Podría ser mayor, es verdad, pero es una pena que, habiendo tenido un amago de avance, ahora estemos retrocediendo nuevamente. Tengo hijos de 14 años y les he oído hablar y he tenido que defender cosas que creía que estaban ya más que superadas. Ante esa realidad no podemos cerrar los ojos. La gente joven está recibiendo demasiada desinformación a través de las redes sociales y tienen los cerebros todavía muy plásticos e influenciables y para ellos cualquier cosa que ven en un vídeo es verdad. Hay que estar superpendientes… Ahí están pasando cosas muy fuertes para los chavales y las chavalas. Espero que un día esto se equilibre y ahí tiene un papel muy importante la educación… para la igualdad, la educación sexual entre chicos y chicas, educación emocional, etc. ¨Cuando mi hija de 28 tenía 14 años, los que ahora tiene mi hijo, había en los institutos un montón de actividades de este tipo, y aún eran pocas, con que ahora el problema se ha multiplicado porque no hay nada, o casi nada. Ahí es donde veo yo el retroceso. Y si no estamos educando, ¿qué estamos haciendo? Este tema me duele mucho, me preocupa, y posiblemente mi próxima dramaturgia abordará este tema, que está atravesado por la fragilidad, la vulnerabilidad, el dolor de los adolescentes.

  • ¿Qué pregunta te haces a ti misma con frecuencia y aún no has encontrado la respuesta?

Tengo muchísimas preguntas recurrentes. La existencia, por qué y para qué existimos. Hay algo que tiene que ver con la vida y con la muerte. Este es otro de los temas a los que vuelvo. Y no tanto por el asunto de la divinidad sino por mis antepasados, la gente de mi familia que ya no está ¿Dónde están?, ¿qué pasa con ellos? Por eso siempre en mis obras están presentes. Intento siempre escuchar todo lo que viene de ahí.

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