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Los Viyuela González (Pepe, Elena, Samuel y Camila), el sólido comienzo de una saga teatral

> “Nunca acabaré diciendo a mis hijos aquello de ‘¡ya te lo dije!’” (Pepe)
> “Saco siempre de mis personajes todo lo que me aportan y, al mismo tiempo, lo que yo soy, se lo doy a ellos” (Elena)
> “Querría tener descendencia, pero viendo cómo van las cosas en el planeta Tierra, me echo un poco para atrás” (Samuel)
> “Mi madre me dijo que si quería dedicarme a esto del teatro, ya podía ir dejando de llorar porque vas a tener que ir acostumbrándote al ‘no’ durante toda

miércoles 20 de febrero de 2019, 14:15h
Familia Viyuela González
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Familia Viyuela González

No es fácil reunir a los cuatro miembros de la familia porque cada uno de ellos tiene su propia y ajetreada vida profesional. Lo seguro durante los últimos años es encontrar a uno o a otro –cuando no todos a la vez aunque, eso sí, en distintos montajes-, sobre un escenario (entre otros, Mármol, De buena familia, Rinoceronte, El burlador de Sevilla, La ternura, Enrique VIII, El viaje a ninguna parte, El chico de la última fila o La respiración…), en series de televisión (Aida, Acacias 38, Servir y proteger, Olmos y robles o Matadero…) e, incluso, en alguna película. Pero los cuatro, Pepe Viyuela, Elena González, marido y mujer, y con una sólida y prolongada carrera como intérpretes, y sus hijos Samuel y Camila Viyuela González, tienen algo más en común: son actores de oficio que basan su satisfacción personal y profesional en el trabajo continuado y, además, no se dejan deslumbrar fácilmente por el brillo de la fama.

Con todos ellos, al alimón, deshojando y compartiendo tema tras tema, repartiendo equitativamente sonrisas, opiniones, preocupaciones y carcajadas, hemos podido conversar durante toda una mañana del frio mes de enero madrileño en la cafetería de un céntrico hotel situado al borde mismo del nuevo Madrid Central…

Elena es la primera que se lanza inmediatamente a contestar la cuestión inicial que planteamos a la familia, si en el grupo prevalece más el ego o el nos, es decir, el sentimiento individual o el colectivo. Para ella “en nosotros predomina claramente el nos. Y eso que ya tenemos nuestra carrera suficientemente encauzada cada uno, pero para mí es muy importante el nos”. Camila y Samuel asienten y Pepe, sin contradecir tampoco a su mujer, confiesa que “el ego también es muy fuerte en una profesión como la de actor”.

Las primeras turbulencias…

Elena y Pepe, cuando sus hijos eran adolescentes, ni se planteaban siquiera la posibilidad de que ellos siguieran sus pasos, aunque Camila, desde muy pequeña –dice su madre- “ya quería ser actriz. Samuel, sin embargo, no. Lo que nosotros nunca hicimos fue llevarles a castings, ni alentamos nada que pudiera entenderse como una forma indirecta de encauzarles por aquí. A los camerinos, claro, sí que los hemos llevado, o han querido venir de vez en cuando con nosotros, sobre todo durante las giras”. “Cierto –añade Pepe-, no hemos tenido la intención de atraerles, y si nos los llevábamos a las giras o a los camerinos cuando actuábamos los dos, es porque sabíamos que se iban a divertir, que iban a integrarse en el ambiente y que iban a formular preguntas a los compañeros, y a probarse el vestuario, las pelucas y los accesorios de todos los actores. Había una sensación de juego en ellos, que nosotros veíamos que les resultaba agradable; si no, no los hubiéramos llevado… Supongo que, en el fondo, creíamos que, si les gustaba, lo mismo acababan dedicándose también a esto…”. Camila complementa a sus padres comentando que “de hecho, si nos hubierais llevado a castings, personalmente habría huido de esto porque lo paso fatal cada vez que tengo que acudir a alguno, o tengo alguna prueba. ¡Paso muchos nervios! Claro que ahora, como es algo que yo misma he elegido, lo admito. Pero si mis padres me hubieran dicho que tenía que ponerme delante de una cámara, o delante de un señor a hacer tal y cual cosa, creo que les habría dicho que no quiero hacerlo”.

Samuel recuerda con claridad meridiana a su madre animándole a estudiar cualquier otra cosa “y que luego, si yo quería, me metiese con la interpretación… Eso lo decidí en segundo de bachiller porque ya veía que se me estaba haciendo tarde. Pero mi madre siempre insistía en que me buscase alguna alternativa porque este mundo es muy inseguro, y que convenía disponer de otras opciones en caso de no tener trabajo como actor. Y yo, mostrándome amable y comprensivo, como siempre, no les hice ningún caso”, comenta irónico, y padres y hermana sonríen comprensivos, y hasta cómplices. Camila recuerda también ese mantra familiar hasta el momento de intentar pasar la selectividad, “pero a mí no me interesaba nada porque a esas alturas tenía muy claro que iba a ser actriz, y para ingresar en la RESAD no hacía falta tener aprobada la selectividad. Ahora, sin embargo, me arrepiento de no haberla hecho porque, aunque pienso seguir dedicándome al teatro, me gustaría también poder hacer algo alternativo. Poco a poco, a través de la UNED, y sin embargo ahora tengo que entrar por la vía de mayores de 25… ¡Os tendría que haber hecho caso!”, termina confesándole públicamente a sus padres. Con todo, Pepe asevera que ni aun así, va a decirle nunca a ninguno de sus hijos aquello de “¡ya te lo dije yo!, porque eso sienta fatal”.

“Yo –retoma ahora la palabra Samuel-, lo pasaba muy mal en el instituto porque no me interesaba casi nada de lo que escuchaba. En clase daba cabezadas. Pero, en cuanto empecé en la escuela de teatro, el trabajo que tenía que hacer, se multiplicó, y también, y al mismo tiempo, mis ganas y mi interés por hacer ese trabajo. Recuerdo que, muchas veces, salía de casa el lunes, y no sabía muy bien cuando iba a volver porque tenía muchos trabajos por hacer y muchas veces me quedaba a dormir varios días en casa de alguno de mis compañeros. La clave estaba en la motivación, está muy claro…”.

Elena rememora también como se enganchó Samuel al teatro. Fue cuando tenía unos 15 años, con ocasión de un concurso que convocó la Casa de la Cultura de San Sebastián de los Reyes, el municipio madrileño donde está la casa familiar: “era un concurso de monólogos, y como premio se daban unas entradas para acudir a un concierto de Marilyn Manson. Le ayudamos y lo animamos a que se preparara un monólogo, que versaba sobre los chicos a esa edad… Fue la primera vez que hizo algo que tenía que ver con el teatro, y ganó las entradas”. “Luego –añade Samuel-, mucho más adelante, preparé con Alberto Jiménez una especie de teatro documental titulado Nada es casual que iba también sobre el tema. Entonces yo no lo llamaba performance, pero se trataba de una propuesta de ese tipo…”. “Sí –añade su padre-, hicimos una especie de dramatización de una de nuestras numerosas broncas (ríen abiertamente). Fue muy divertido. Era una función teatral que nos servía también de terapia…”. “Todo era muy surrealista –apostilla Samuel-, porque a todo eso había que sumarle el sonido del violín de Camila, que no paraba de ensayar” (Ríen todos evocando la escena familiar).

Los Viyuela González han podido encontrarse en contadas ocasiones, tanto en alguna serie de televisión como en escenarios de teatro, pero nunca han logrado coincidir los cuatro juntos ni en la pantalla, ni en el escenario, y eso –les comentamos-, hay que solucionarlo cuanto antes: “ya ha habido alguna propuesta –afirma Pepe-, y tenemos que hacer algo para poder lograrlo. Lo primero, poder liberar nuestra agenda con algún tiempo de antelación…”. “El problema eres tú –contraataca ahora Samuel-, que la tienes siempre hasta arriba…”, en lo que amenaza con ser una reedición de aquellas peleas familiares de la adolescencia, cuando espontáneamente, padre e hijo, secundados también por las mujeres, vuelven a reírse a carcajadas… “Tengo que hacer un esfuerzo –reflexiona Pepe-, porque llegar a juntarnos los cuatro, va a ser un verdadero placer”.


Planificando el futuro

Moifoto.net¿Va a haber continuidad en esta recién iniciada saga teatral?, les preguntamos a los hijos, y Camila lo tiene claro: “yo sí que voy a tener más de un hijo. Lo que no sé es si van a seguir nuestra estela… Samuel, de momento, tiene gatos…” (Vuelve la risa a adueñarse de la situación). “Sí –responde Samuel-, acabo de adoptar un par de gatos y mi pareja tiene también otra gata… Y, con el tema de los hijos, cada vez tengo más claro que sí, que quiero tener descendencia, pero viendo como van las cosas en el planeta Tierra, me echo un poco para atrás. Somos muchos habitantes y los recursos son limitados…”. Llegado a este punto, su hermana lo corta y, con contundencia, cita a su novio que “cuando yo le digo cosas parecidas, siempre me dice que el mundo ha estado en las últimas siempre. Y, por otro lado, mi amiga Irene me dijo un día: ‘Y si tu hijo es un científico de la talla de Fleming…?’ Así es que, como mínimo, yo quiero tener un hijo y adoptar otro…”.

Elena y Pepe tienen también una experiencia cercana al ámbito de la adopción, la acogida de Riffa, una chica adolescente saharaui, que “ya ha pasado un verano con nosotros, y también hemos ido a verla a los campamentos argelinos donde vive con su familia”, nos cuenta Pepe… “Que, por cierto –añade Camila-, se pasó la primera semana llorando en casa, pero en la segunda, aprovechando que Pepe y Samuel estaban en el Festival de Almagro, y yo, absolutamente desesperada ya, les decía a mis padres que no me iba a quedar con ella ni una sola tarde más porque no paraba de llorar y ya no sabía qué hacer… Mi padre me sugirió entonces que la llevásemos al teatro, y aunque yo no las tenía todas conmigo, la realidad es que se le pasaron todos los males desde el mismo momento en que entramos al patio de butacas”. “…En los dos meses que estuvo con nosotros –termina afirmando Elena- acudió a siete funciones de teatro, y eso que nunca antes había visto ni una sola representación… Vino también a ver La ternura, y allí se probó todos los trajes…”. Y Samuel reafirma todo lo dicho argumentando ahora que “en el caso de Riffa, el teatro fue verdaderamente catártico porque llegó a Almagro llorando y, en cuanto entró al teatro, algún tiempo antes de que comenzase la representación de El burlador de Sevilla, y vio a los actores moverse por allí, vestidos de carnaval, con máscaras y todo emperifollados, no pudo contener una inmensa carcajada… Inmediatamente los compañeros comenzaron a ponerle los sombreros, las barbas postizas, los bigotes y, aunque no hablaba nada de español, cuando se encontró de frente con Paco Lahoz, que ya iba vestido, lo señaló con el dedo y, momentos después, soltó otra carcajada más prolongada aún y ya me di cuenta de que las cosas iban a cambiar desde ese momento… Luego nos vio calentar la voz a los 16 actores que éramos –porque cantábamos en la función-, y ya se puso a dar saltos y a cantar con nosotros como podía…”. “Durante esa estancia en Almagro –apostilla Pepe-, no se perdió ni una sola función y no quería salir de allí ni siquiera a dar un paseo, ni a merendar… Desde luego, el teatro tiene algo de magia porque atrapa a quien se abre a él”.

Marcos G PuntoVolvemos de nuevo al descubrimiento del teatro como camino personal por cada uno de los dos hijos de Pepe y Elena, y Samuel, que tenía que simultanear su rebeldía frente al padre y su búsqueda del camino personal descubrió que esa rebeldía es estéril cuando, ya con 18 años, y con dos años de retraso escolar por sendas repeticiones de curso, se dio cuenta de que cuando él aún estaba en bachillerato, sus compañeros de curso ya se habían convertido en universitarios: “si ellos habían elegido, yo también quería elegir y, mi carrera estaba claro que iba a ser la interpretación, decidí ponerme las pilas desde ese mismo momento para no llegar tarde una vez más. Comencé con Mar Navarro, discípula del maestro de actores Jacques Lecoq, luego estuve un año con Juan Carlos Corazza, y terminé –si es que en este oficio se termina de estudiar alguna vez-, en el Estudio Juan Codina”. Hablando de Codina, preguntamos a Samuel qué le había parecido el Max Estrella que dibujó Juan Codina en la versión de Sanzol del Luces de bohemia de Valle-Inclán, y al joven actor le falta tiempo para confesar su admiración por el maestro Codina: “para mí, es como mi padre, así es que cuando voy a verlo, me dejo el criterio en casa…”.

Por su parte, Camila quiso entrar en la RESAD: “me presenté a las pruebas, aprobé el teórico y el práctico, pero ese año no me daba la nota, y ese fue mi primer gran disgusto… Recuerdo que estaba sentada en mi cama, llorando, y vino mi madre y me dijo que si quería dedicarme a esto del teatro, ya podía ir dejando de llorar porque vas a tener que ir acostumbrándote al ‘no’ durante toda tu vida. Me levanté de la cama y me fui con mis padres a comer a un chino que hay cerca de casa… Me aconsejaron que entrase también con Mar Navarro, pero viendo el ritmo de trabajo y el agotamiento con el que veía a mi hermano permanentemente, no me hacía mucha gracia. Aún así, llamé, entré en la escuela y me fascinó desde el primer momento, en contra de lo que yo creía… Cuando terminé la escuela me fui a Inglaterra a aprender inglés. Allí lo pasé fatal y, unos meses después, un buen día me llamó mi madre para decirme que estaban intentando ponerse en contacto conmigo desde el Centro Dramático Nacional, con el fin de hacerme una prueba para El viaje a ninguna parte. Esa prueba era dos días después y vi mi oportunidad para salir del Reino Unido. El único billete que encontré fue vía Málaga y, cuando hice la prueba al día siguiente y, en principio, no me cogieron, mi padre me animó a que volviera a Inglaterra, pero, obviamente, una vez aquí, me quedé. Seguí los pasos de Samuel y me metí también en la Escuela de Juan Codina, en donde estuve un año… Y, por cierto, al final hice El viaje a ninguna parte porque a la chica que habían cogido le salió una película y dejó el papel. He estado trabajando hasta hace un año en que, como no me salía nada, he hecho varios cursos, y ahora estoy otra vez con un trabajo que muy pronto estrenaremos”.


Ser ‘hijos de…’

La primera bronca más o menos seria, que Samuel recuerda por el hecho de ser hijo de famosos fue en el mismo colegio, cuando apenas si tenía 13 o 14 años: “un chaval empezó a jalearme y a empujarme, y yo no entendía nada del porqué de su actitud, hasta que llegó un momento en el que me dijo que ‘¡a mí me da igual quien sea tu padre...!’. En ese momento aún me quedé más de piedra todavía porque no asociaba el hecho de que mi padre apareciera más o menos asiduamente en la tele, a que ese chaval se metiera conmigo”.

¿Ayuda apellidarse Viyuela González?, preguntamos a la familia. “Yo creo que no”, dice Camila, y a renglón seguido Samuel apunta, incluso, que “a veces perjudica más que ayuda. Las cosas buenas se olvidan pronto, y nuestros padres van dejando una estela envidiable por donde pasan… Pero sí, al final, sí que sus contactos a veces se convierten también en los nuestros”. Elena, por su parte, concreta aún más al contar cómo se inició un espectáculo de Alberto Jiménez un día en el que el actor y amigo de la familia llegó a casa y vio discutir por enésima vez a padre e hijo… Y Samuel vuelve a repetir que sí, que los contactos son más naturales así: “recuerdo un día en que Daniel Moreno, con quien habíamos dado algún taller en La Abadía Camila y yo, con ocasión de un espacio de ensayos que íbamos a montar en Usera. Contactar con él y ofrecerle que nos diera un taller en un espacio como ese, es mucho más fácil si lo conoces porque te ha dado clase, o porque es amigo de mis padres, claro…”.

Camila, por su parte, que trabajó con Olivia Molina –hija de la también actriz Ángela Molina-, en El viaje a ninguna parte, nos comenta ahora que coincidían las dos en que el hecho de “ser hijos de, implica necesariamente que todos te van a mirar con lupa y, probablemente, van a compararte también con tus padres… Por eso –me decía Olivia-, es mejor que no leas críticas porque no te valoran a ti como actriz, sino en referencia a la idea que tenían de ti en relación a tus padres”.

Samuel vuelve al tema para afirmar que “ahora que estoy en la serie de televisión Servir y proteger que no tiene los medios de una superproducción norteamericana, el primer día que llegué, el director de turno me cogió por los hombros y me dijo: ‘tú lo vas a hacer muy bien porque tienes los padres que tienes’. Si eso fuera así, sería genial, pero desgraciadamente no lo es, y lo único que estaba haciendo era ponerme más nervioso... Yo me esforzaré todo lo posible, pero llegaré hasta donde pueda… En fin, que decir que ‘ser hijo de…’ no supone nada, sería deshonesto pero ese hecho tampoco me ha abierto puertas. No sé si han podido, pero si han podido no lo han hecho… Y yo tampoco les habría dejado”.


Farsantis viatoris

Proponemos ahora a la familia iniciar un pequeño recorrido por alguno de esos animales que pueblan el Bestiario de teatro que el alter ego de Pepe –el escritor, el poeta-, plasmó en un interesante y divertido libro publicado el año pasado (Amargord Ediciones). Habla Viyuela-padre de la fragmentación ‘como una de las características más acusadas del cómico –él los llama farsantis viatoris-, y me gustaría que me ampliasen el concepto. Por alusiones, claro, responde primero Pepe: “me refiero a la gran cantidad de facetas que tiene que cubrir el actor a lo largo de su vida profesional, como consecuencia de los muchos personajes que le toca habitar. Y creo también que el hecho de jugar con tantos y tantos personajes y en tantas situaciones diferentes que no pertenecen a tu propia experiencia vital, te hace dar muchas vueltas a lo volubles que podemos llegar a ser. Eso aumenta tu capacidad de comprensión sobre determinadas situaciones, porque el hecho de tener que ponerte en la piel de personajes con los que no tienes nada que ver, te hace adoptar puntos de vista que, de otra manera, probablemente nunca hubieras tenido.

¿Uno es lo que quiere ser, o lo que buenamente puede?, preguntamos ahora y es otra vez Pepe quien arranca la primera respuesta: “Lo que buenamente puede. Tenemos una serie de principios, de creencias, y afortunadamente vivimos en un país, y en un momento histórico en el que podemos alardear de un cierto libre albedrío, pero hay situaciones humanas en las que uno acaba siendo lo que buenamente puede…”. Elena, muy atenta siempre, añade a lo que acaba de decir su marido que “cuando yo comencé a estudiar en la RESAD venía de San Sebastián de los Reyes, de un círculo muy pequeño, muy limitado, y desde el primer momento me di cuenta de la gran cantidad de cosas que me estaba enseñando el teatro. Ya era consciente en la propia Escuela, simplemente con leer los textos que estudiábamos…Y, más tarde, cuando ya tenía que interpretarlos, he visto siempre muy claro que cojo siempre de mis personajes todo lo que me aportan y, al mismo tiempo, lo que yo soy, se lo doy a ellos. A pesar de eso, hago también con ellos lo que buenamente puedo”.

Para Samuel, “todos tenemos un poco de todo. De la misma manera que podemos ser valientes, somos también cobardes y lo mismo que somos generosos podemos ser egoístas. Sí…, hacemos lo que podemos porque, muchas veces, me gustaría ser de una manera pero actúo de otra… Hay actores que, cuando se enfrentan a un personaje, intentan llevárselo a su terreno, y otros que, por el contrario, tratan de acercarse al terreno del personaje. Yo soy de estos últimos”.

En otro párrafo del Bestiario de teatro, dice también su autor que los actores “respiran palabras. Son antropófagos…”. Casi podría decirse que sois palabras, les digo, y Elena me responde con la misma calma que convicción que “las palabras son poderosas, son muy importantes…”. “Lo son –corta Camila a su madre-, porque a veces decimos cosas que no queremos decir y se quedan ahí, y luego te persiguen durante un montón de tiempo… todo el que tú no dejas de repetirte que ya podías haberte quedado calladita”. ¡Que se lo digan a los políticos –les digo-. Algunos están echando horas extra para borrar muchos de los twets que escribieron hace algún tiempo! (Risas generales)… “A mí el teatro gestual me encanta –prosigue diciendo Elena-, y es algo que practico menos, pero el teatro de texto me atrapa. Ahora que estoy con el de Alfredo Sanzol en La ternura, las imágenes que te proporcionan las palabras son inmensas. Repito: las palabras son poderosas cuando interpretas y eso es maravilloso…”. Vuelve a retomar la palabra Camila: “cuando estábamos ensayando La respiración, también de Sanzol, teníamos siempre encima al ayudante de dirección para que siempre dijésemos el texto tal y como estaba escrito. Nos decía ‘te has saltado un’, o ‘aquí los has dicho al revés’, y uno, a veces, se decía que tampoco es para tanto. Pero Alfredo decía ‘¡sí pasa, si pasa…!’. Y, efectivamente, con la función ya rodada, cualquier pequeña equivocación a mí me sonaba raro, aunque solo fuese el hecho de que una frase había cambiado de orden, aunque no afectase para nada al sentido de lo que había dicho... ¡¡Alfredo tiene razón! Sí, ¡las palabras son muy poderosas!”.

Otro apartado más de este mismo libro, referido a vosotros, los actores, hace alusión a vuestra habilidad camaleónica: “Su capacidad de adaptación es inagotable y, por tanto, infinita su existencia”. “Al menos yo –dice Pepe-, cuando buscaba ser actor, era siempre por la posibilidad de estar jugando a ser alguien diferente. Recuerdo cuando empecé en esto, lo bien que me lo pasaba poniendo en mi boca palabras que no eran mías. Pero encarnándolas, y dándoles verdad… Una de las primeras obras que hicimos en el instituto fue Los justos, y yo interpretaba a un terrorista, Stephan, que defendía la muerte de los niños en el atentado que se tenía que cometer. Venía Yanek, que no había podido tirar la bomba contra el carruaje porque se había dado cuenta de la presencia de un niño, y mi personaje le decía ‘¿por qué no lo has hecho?’ o ‘¿no te das cuenta de que ellos son el futuro de los que ahora nos están gobernando? ¡Son niños, sí, pero no son inocentes!’. Tener que decir esas barbaridades terribles, a mí me ponía en una situación, creo que muy enriquecedora. Evidentemente nunca llegué a pensar como mi personaje, pero me di cuenta de que había gente que podía pensar así… Y que justificaban su maldad, sus actos criminales con las palabras, con un discurso que probablemente no se acaben de creer de verdad… Ese placer de sumergirte en una psicología que no es la tuya, y defenderla, es lo que yo siempre he perseguido con el teatro: el placer de ser otro, al menos momentáneamente; navegar en aguas que no son las mías”.

Para ir terminando ya esta incursión a través del Bestiario de teatro, preguntamos ahora a los Viyuela González por su relación con el publico (Audientia veneratorium), y con la crítica (críticus pontificem, los llama con sorna el autor). Para Camila “una no siempre está preparada para leer una crítica, por si me ponen verde. Pero luego lo pienso y me digo que no pasa nada. No se puede gustar a todo el mundo. Pero tampoco me gusta leer críticas muy buenas. Al final, unas y otras no dejan de ser una opinión…”. Elena apostilla afirmando que “lo que pasa es que somos muy vulnerables porque en el escenario mostramos mucho… Yo no leo las críticas, a no ser que sean buenas. Sobre todo cuando estamos empezando con un nuevo montaje. Y así se lo digo a los compañeros de reparto, que no me digan nada. Si alguna vez he leído una mala crítica, lo mismo veo que tiene razón el firmante, y cuando salgo de nuevo al escenario, lo hago con prevención, no salgo limpia”. “Estamos, literalmente, a corazón abierto -sentencia Samuel-. Y más ahora que todo el mundo habla desde sus blogs o, lo que es peor, desde Twitter, que es ya un arma de destrucción masiva. Los 140 caracteres no tienen nada que ver con una crítica razonada”. Y Pepe añade que “yo no suelo hacer caso a Twitter, pero sí a las críticas , y cuando una crítica viene de alguien a quien respeto, no me molesta tanto que me ponga mal porque le doy valor. Cuando he hecho algo mal, me alegra saber que ese crítico está de acuerdo conmigo. Si, por el contrario, tú crees que lo que estás haciendo está muy bien, y el crítico dice que no, simplemente respetas su opinión, aunque no la compartas”.

Y la familia entera asiente al afirmar que, si una crítica está escrita con respeto, por negativa que sea, la encajan perfectamente y nunca se ofenden.

Pepe sentencia, ya a punto de terminar esta entrevista que “también el mundillo del teatro y del artisteo tiene algo de banal que confunde a alguna gente, y hace pensar que más que un oficio, puede ser una forma de brillar, y yo creo que es un oficio en el que hay que trabajar mucho… Por eso, como antes decía Samuel, su padre era un señor que trabajaba en el teatro (aunque también le echaba broncas porque no se aplicaba), pero no por eso era más importante que cualquier otro padre. Hay cierta gente que solo ve en nosotros ese halo mágico y extraño que se desprende por el solo hecho de subirte a un escenario, o de aparecer en televisión o en la gran pantalla… Esta es una profesión que genera el fenómeno del fanatismo (los fans), que no lo hacen otras, como la de carpintero –por ejemplo-, por muy perfectos que haga los muebles que construye”. Y Camila, a colación de esto, y para desmitificar la figura del actor, refiere una anécdota que vivió en primera persona con ocasión de la entrega del premio Ercilla a la mejor ‘Actriz Revelación’ en 2017 por su trabajo en 'La Respiración'. Un periodista le pregunto a ella y a otra amiga actriz: ‘Vosotras estáis con Asier Etxeandía, ¿pero, quiénes sois?’ A lo que mi amiga Nuria comentó que se nos había acabado de caer todo el glamour…”.Así es que estoy con las amigas que me dicen con frecuencia que no se me vaya a subir a la cabeza eso de estar en la tele. Y tengo muy presente que, si un día me sucediese algo así, me quedaría a dos velas, sin una sola amiga”.
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