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Luis Bermejo
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Luis Bermejo (actor): "En este país, el oficio de actor casi no está ni catalogado; ocupa un lugar incierto"

lunes 09 de julio de 2018, 10:39h

Actor y director teatral, Luis Bermejo (Madrid, 1969), ama profundamente su oficio, el teatro (El Rey, El Minuto del Payaso, Vania, Los mariachis…), pero sus incursiones en el cine y la televisión le han dado el reconocimiento unánime del público a su quehacer. Nominado a los Premios Goya en 2009 como actor revelación por su papel en la película Una palabra tuya y, en 2015, como mejor actor protagonista por Magical Girl, precandidata a los Oscar. Ha trabajado también en algunas de las principales series de ficción de estos tiempos (Compañeros, Hospital Central, Amar es para siempre…).

Plaza de Oriente de Madrid. Café Real, justo frente a la entrada principal del Palacio. Jornada primaveral, revuelta y lluviosa, y allí, sentados frente a frente, en una de las mesas situadas al lado de una de las ventanas del local, el actor Luis Bermejo acude con puntualidad británica a la cita que ya habíamos concertado unos días antes. Madrileño, aunque con toda su familia de origen extremeño, alto, campechano, algo melancólico, sonriente, cordial e instalado en la duda permanente, Luis viene dispuesto a hablar de lo divino y de lo humano, sin condiciones previas, sin temas tabú, sin miedos ni intereses extraños, así es que vamos a ello…

Bermejo no cuenta por años sino por pulsiones, por verdadera necesidad de sanación, su pasión por el teatro, que le surgió siendo prácticamente un niño, cuando estaba sometido a la tiranía infame de unas fiebres, entonces de origen indeterminado, que finalmente pudieron identificarse como reumáticas. En todo caso comenzó a interesarse vivamente por él unos años más tarde, desde que tenía poco más de veinte años. Pronto entró a estudiar en la Escuela de Cristina Rota, compatibilizando los estudios de teatro con el trabajo en un centro comercial -Pryca-, para poder pagarse las clases. Por entonces, vivía aún con sus padres en Villalba, pueblo de la sierra madrileña. De su permanente contacto con la tierra de sus ancestros le surgió la inspiración para dar vida a Santos, el personaje de Los mariachis, de Pablo Remón, que en esos momentos estaba protagonizando en los Teatros del Canal junto a Israel Elejalde, Emilio Tomé y Francisco Reyes.

“El payaso que llevo dentro me sale de los momentos de soledad, del dolor, de la necesidad que uno tiene de reírse de uno mismo”, comienza afirmando Bermejo para explicar la fuerza que le da a ese personaje de Remón. Muy poco tiempo antes, sin embargo, le habíamos visto encarnar a Vania en esa memorable versión de Alex Rigola del clásico de Antón Chéjov en donde reinaban la desesperanza, la tristeza, la angustia y la melancolía. Su interpretación, junto a las de Irene Escolar, Ariadna Gil y Gonzalo Cunill es de las que se quedan fijadas a la memoria del espectador para no abandonarlo jamás. Y para esto no hay secretos guardados en cajas de mil candados sino que, como ya le dijera en sus inicios un entrañable profesor, ‘el arma más poderosa del actor es la intuición’: “uno piensa que es así, sale, va y lo hace. Para esto no hay una explicación racional”.


“Todos llevamos dentro un clown”


Ya en la Escuela, Bermejo formó parte, junto a otros compañeros (Alberto San Juan, Guillermo Toledo, Nathalie Poza, Andrés Lima y Roberto Álamo, entre otros) del legendario grupo Animalario. Hablamos del año 1997, época en la que también Bermejo funda su propia compañía, Teatro del Zurdo, junto a Luis Crespo. “En la Escuela todos teníamos la preocupación de intentar imaginar lo que un día no muy lejano iba a ser de nosotros una vez terminados los estudios. Yo, desde luego, no perdía el tiempo, y cuando no trabajaba, estaba siempre en el Retiro haciendo títeres y payasos para pasar después la gorra, y así poder poner en práctica todo lo que íbamos aprendiendo. Aquellos fueron tiempos muy aleccionadores… Creo que todos llevamos dentro un clown. Este trabajo, el del actor, a la hora de abordar los textos puede hacerse de muchas maneras, pero si se hace desde el lado del clown, del payaso, -es hacerlo desde el ridículo de cada uno-, ponerlo a jugar y prestárselo al personaje que sea, es quizás la mejor manera de empezar a entrar en contacto con él”.

”Creo que los chavales que salen de las escuelas de teatro lo tienen ahora mucho peor que lo teníamos nosotros porque entonces -continúa diciendo Luis-, además del Retiro, era muy frecuente que acudiésemos a animaciones, bolos, espectáculos en bares… ¡Hacíamos de todo! Yo, desde luego, no recuerdo haber dicho que no a nada. Nos compensaba, no solo profesionalmente, sino también desde el punto de vista económico. Aquella era una época de optimismo, mientras que la de ahora -como decía Shakespeare en su Ricardo III- es una época de “paz muelle”. Y es que, desde el principio -cosa muy difícil ahora para quien empieza-, Bermejo encadenó el trabajo y el éxito en muchos de los montajes en los que participaba: “Giramos mucho con espectáculos como Las manos, que estrenamos en Cuarta Pared, luego entré en La Abadía en donde participé en un memorable espectáculo, mesías. Allí aprendí mucho de José Luis Gómez, y conocí también al que considero mi maestro de clown, Hernán Gené. Con él hice un espectáculo que fue premio Max, Horacios y Curiacios


“El teatro debería de estar en todas las escuelas”


“Estoy en el teatro para sanarme. Fui un niño con muchas dificultades. A los 13 años me internaron en un hospital en donde estuve ingresado varios meses por unas fiebres muy altas, que acabaron convirtiéndose en una especie de fiebres reumáticas que afectaban a mi sistema inmunológico. Pasé de ser un niño que corría, por el patio, a convertirme en un adolescente enfermizo que apenas si se podía mover, y algo pasó dentro de mí que me hizo vislumbrar que quizás por el teatro podía encontrar mi vía de sanación. Durante unos años, cuando mis amigos estaban por ahí jugando, yo tenía que estar en mi casa, o en el hospital… El teatro, así, se convirtió para mí en una vía necesaria de superación. Sé que se ha dicho muchas veces, y con escaso eco, pero el teatro debería de estar en todas las escuelas porque alberga unas posibilidades pedagógicas infinitas… Una prueba de lo que digo es que yo estoy aquí, dedicándome profesionalmente al teatro desde hace ya más de veinte años”.

¿Y qué habría sido de Luis Bermejo de no haber iniciado ese camino?, le preguntamos. “Me atraía mucho estudiar Derecho e iniciar la carrera judicial; incluso llegué a opositar para el cuerpo de oficiales de Justicia y, aunque la aprobé, nunca trabajé en ello porque no saqué plaza en propiedad, y luego abandoné rápidamente la idea para dedicarme a mi oficio”. Y eso que hasta hace muy poco, Bermejo no se ha considerado verdaderamente actor por ese afán autocrítico que le hace a uno exigirse más y más cada vez: “quizás haya sido por la educación castradora, llena de miedos que he recibido, junto a aquella adolescencia tan dura que tuve que pasar… Y eso sin olvidar que el oficio de actor en este país casi no está ni catalogado, ocupa un lugar incierto. Las profesiones liberales, además, tienen mucho de eso, de duda, de necesidad de que quien las ejerce se crea verdaderamente que ese es su camino y no otro. Solo en estos últimos años he sentido verdaderamente honda, profundamente arraigada en mí, la sensación de sentirme actor, y siento que todo lo puedo contar con más implicación”.

El hecho es que Luis ha conseguido trabajar como actor de teatro, de cine y de televisión durante casi tres décadas y eso le provoca una cierta sensación de vértigo: “nadie de mi familia se dedica a esto y, en cierto modo, mi decisión ha demostrado a todos que uno es capaz del más difícil todavía, de dar un triple salto mortal y, además, no morir en el intento… Mis padres, mis tíos, toda mi familia al principio, pensaba que esto era una especie de capricho pasajero. Recuerdo, incluso, que una prima me decía que debía compatibilizar el teatro con otra profesión que me diese algo más de estabilidad y, con el tiempo, esa misma prima me ha dicho más de una vez que está orgullosa de tener un actor en la familia. Muchos de ellos, cuando vinieron a verme en El minuto del payaso me confesaron su sorpresa al verme durante hora y media totalmente solo en el escenario. Quizás desde entonces, vienen con más asiduidad a ver mis trabajos. Ahora, todo aquello lo vivo como una conquista y me reafirma en la necesidad de que los jóvenes apuesten por aquello que amen de verdad, que no dejen de intentar hacer realidad sus sueños”.



“Nunca voy a dejar de hacer teatro”


Nunca ha buscado ser ‘famoso’, pero a Bermejo le gusta alcanzar el reconocimiento del público y de sus compañeros: “el éxito, sí, lo he buscado, y lo sigo buscando porque, cuando hago un espectáculo me encanta que guste, pero la fama no la he buscado nunca. Alguien, alguna vez, ha estado intentando comprar algunos aspectos privados de mi vida, y no hay nada que esté más lejos de mi intención. Yo hago teatro para ser feliz… No puedo dejar de hacerlo, y cuando me encuentro a productores de cine, de televisión, incluso a algún representante que se sorprenden todavía por mi pasión por el teatro, les digo que no voy a dejar nunca de hacerlo porque con él me doy cuenta de que me puedo desbordar de vida. Una vez un profesor me dijo que tanto en el cine como en la televisión, los espectadores cuando se sientan delante de una peli ya saben que el acto creativo ya pasó, mientras que en el teatro ‘está pasando’, y eso conecta con esos viejos recuerdos de la infancia, con la familia reunida en torno a una hoguera (el viejo fuego prometeico) leyendo el Quijote. ¡Es maravilloso! Y eso a mí, repito, me hace muy feliz”.

No ha parado de disfrutar desde su primer montaje en 1997, en Cuarta Pared, Qué te importa que te ame -un texto de Alberto San Juan dirigido por Andrés Lima-. Luis evoca esos tiempos con amor y nostalgia: “luego vinieron El fin de los sueños; Las manos; El portero; La venida del Mesías; El rey Lear; Horacios y Curiacios; De ratones y hombres; Little; Marat Sade; otro Rey Lear con Gerardo Vera… Artísticamente, donde yo empecé a sentir que esto iba en serio, fue con Animalario y con mi compañía. Lo hacíamos por necesidad de contar nuestras historias, por estar juntos, por convivir eso… Y esa sensación todavía me acompaña…”, termina diciendo el actor con la emoción a flor de piel.

Animalario, como muchas otras compañías teatrales, dejó de existir en última instancia por esos problemas económicos que, en un momento dado, hacen inviable un proyecto “por la falta de ayuda institucional. Este país da la espalda a sus valores”, denuncia el madrileño para acabar añadiendo que “y conste que no hablo de subvenciones ni de ayudas, sino de un apoyo y de cierta colaboración sostenidos en el tiempo desde los poderes públicos… Para empezar dando oxígeno, haciendo una política cultural clara, montando una estructura que posibilite la existencia de compañías de largo recorrido… Hablo del ámbito de Madrid, que es el que conozco más de cerca, pero seguro que eso puede extenderse a toda España. Hubo compañías que fueron referentes tanto para otras compañías, como para los estudiantes y las escuelas -entre ellas, Animalario-. Si yo soy un gobernante y veo que ocurre eso, hago lo posible por apoyarlas, hablando con ellas y tratando de encontrar juntos las soluciones… Animalario estaba estigmatizada por el ‘No a la guerra’… Es triste que lo ideológico del gobierno de turno tenga que teñir todos los ámbitos. Eso es un error, un problema que no tiene por qué suceder a la fuerza, porque en otros países no pasa”.


“Me gustan los montajes en los que se tiene la sensación de que eso se puede ir de las manos”


Cambio de tercio y vuelvo al artista, al actor frente a frente con su personaje, siempre intermediado por el director de escena. Pregunto a Bermejo cómo se siente más cómodo, cuando se le da libertad para construir al personaje, o cuando todas las características de este le vienen marcadas hasta el más mínimo detalle por el director. Para el veterano actor madrileño “es mucho más cómodo para todos trabajar con alguien que te dé libertad. Esto es mucho más fácil encontrárselo en el teatro. En el cine y la televisión siempre hay alguien que te acaba diciendo que rebajes un poco más la intensidad del personaje, etc. En teatro, la mirada del director cuenta mucho en el resultado final del montaje…”.

Y en este crear, recrear y reinterpretar a un personaje, preguntamos a Bermejo qué papel atribuye en el proceso al director, al actor e, incluso, al público. Para el maestro de actores, “el actor debe habitar las palabras que ha puesto el autor en la boca del personaje. A mí todavía me sigue interesando la implicación emocional y eso creo que es muy importante para encontrar un espectador activo y contribuye también a que el espectáculo tenga ‘peligro’, en el sentido de riesgo, de que surja la sensación de que eso se puede ir de las manos… Todo eso es lo que hace que en el montaje haya vida. Y, desde mi punto de vista de actor, hay una palabra que es muy elocuente para definir lo que me mueve: el impulso, la búsqueda que me ayuda a atravesar esos periodos de desilusión. Trato de decirme a mí mismo que hay que seguir, que la fuerza está en tratar de darle al personaje todo lo mejor de uno mismo, desde la libertad, pero con la ayuda y las orientaciones del director de escena”.


En mitad de la negra noche…


Bermejo es un hombre instalado en la emoción y en la duda, le comentamos al actor, y nos dice que “sí, eso me define absolutamente. Y aún hay algo que me ayuda a salvarme todavía: la risa. A mí, la risa me defiende del miedo, de la duda e, incluso, me ayuda a burlarme de esta, y eso me hace tirar hacia adelante”. El acomodo es el peor enemigo del actor y del hombre en general. ¡Hay que cambiar! Ese es otro de los elementos del actor. ¡Por eso -repito- el teatro es tan pedagógico! Cuando no sabes qué hacer en escena, cambia el cuerpo. Y el cuerpo no es cambiar solo la posición del cuerpo sino algo más profundo, más íntimo… Eso a mí me ha servido para la vida, para no tener miedo… ¡Cuántas veces he tenido que ir al hospital y me he dicho que hay que reírse un poco! Y eso que vas a uno de los sitios más terribles. Hay que reírse de los pinchazos, del dolor, del gotero… Hay que aprender a ponerse y a quitarse la máscara cuando convenga, como en el poema de León Felipe: ‘yo me quito y me pongo el sombrero como me da la gana’”. Y, para terminar con la idea, Luis no quiere dejar tampoco de hablar del amor: “Una de las cosas más importantes de la vida es enamorarse. Y no solo de una profesión, como pueda ser mi caso, sino de alguien… El amor es, probablemente, lo que más te puede cambiar. Aunque, al mismo tiempo, también te puede llegar a destrozar… Hay que saber enamorarse de la vida. Hablo de una mujer, pero también hablo de lo sensacional, de lo sorprendente, de algo que motive un cambio interior en ti, algo que te remueva las entrañas”.

Apasionado, casi febril en el escenario, en el amor, en la amistad, a Bermejo le han influido profundamente directores como Rigola, en teatro, y como Carlos Vermut o Juan Cavestany en cine. “Rigola tiene un sentido del humor con el que conecto muy fácilmente. Es un hombre grande, imponente, incluso en el sentido físico del término… Había trabajado con él antes de Vania, y me encanta la causticidad de su humor, y al mismo tiempo como aborda el trabajo. Cuando estás ante un director, en cierto modo, uno se está desnudando y tienes que confiar mucho en él para poder trabajar. En los momentos en que estás en escena es como una especie de guía espiritual, sobre todo en propuestas como Vania, en donde es necesario sacar mucho de tu mundo interior… Ese es el teatro que me gusta, el desprovisto de artefactos, de artilugios en escena, el teatro más desnudo. Y cuando encuentras a alguien como Rigola, una buena persona, todo eso se hace mucho más fácil... Finalmente todo eso que propicia el escenario, se traslada también al ámbito personal… Y, sí, yo he tenido mucha suerte en mi profesión, y además de los directores que citas, querría añadir también a Andrés Lima, con el que siempre es un placer trabajar. Me gustaría hacer cuanto antes con él otro espectáculo, pero más pequeño… Me da a mí que, en general, estamos viviendo ahora una corriente teatral que busca sobre todo la esencia y que huye del espectáculo a lo grande. Y eso que tampoco está nada mal este otro modo de concebir el teatro…”.

Luis ha recordado alguna vez un verso de José Luis Hidalgo que le acompaña permanentemente: “En mitad de la negra noche soy un inmenso sí”. ¿Hay que ser optimista porque no hay más remedio…? le decimos al actor y, antes de contestarnos, sonríe abiertamente y finalmente nos dice que “no, no lo tomo yo por ahí, sino en otro sentido bien distinto. ¡Cuántas veces vamos a las cosas sin amor! Ese es el sentido más profundo de estos versos. Yo soy un tipo que tiende a la melancolía. Muchas veces pienso que eso tiene que ver con la química corporal, o quizás con mi viejo pasado hospitalario, cuyos ecos todavía resuenan en mi memoria”. Y entonces nos atrevemos a preguntarle algo que -pensamos- acaso podría molestarle. Pero no. No es así. Le lanzamos la pregunta de cómo le gustaría morir, y su respuesta no se hace esperar: “soy actor por todos los retos vitales que he tenido y que he ido superando -su voz se quiebra levemente por todos esos recuerdos que, en un instante, se le agolpan en la mente…-. Y si no hay más remedio que morirse, me gustaría que fuera con una persona muy querida a mi lado...”.

Sexo, amor, dinero y poder. Pedimos a Luis que ordene en su propia escala de valores estos atributos que, por lo que se ve a lo largo de la historia, son los que mueven el mundo. “Para mí -nos responde-, el buen sexo, que te lleva al amor. Uno y otro van de la mano. En realidad ambos ocupan la primera posición ex aequo. ¿’Poder’ de qué…? En todo caso, empoderarme yo si es que me hace falta cuando baja la autoestima. En realidad, y en estos momentos, aunque suene un poco abstracto, me encuentro entre el perro de arriba (el que te juzga), el perro de abajo (el que te empuja a hacer locuras), a un lado los monjes encapuchados arrastrando las cadenas, y al otro un hombre empoderado. Y, por último, el dinero me importa lo justo para poder vivir al día y con cierta dignidad”.

Dignidad no les falta tampoco a esos cuantos hombres y mujeres que, desposeídos de todo lo demás, deambulan ausentes por la plaza de Isabel II, la de la Ópera madrileña, que parecen haber encontrado ahí, al raso, su hogar. Transparentes para la inmensa mayoría de viandantes, a Luis Bermejo no le resultan ni desconocidos ni indiferentes. Vive muy cerca de allí y los ve a diario o casi: “intento ayudarles, incluso económicamente. Hablo también con ellos y, desde luego, intento no retirar la mirada. Esta, como otras situaciones parecidas (manteros, refugiados, hambre, guerras…),me dejan en shock. Me digo siempre: ‘¡haz algo!’, pero ¿qué hago? Me afectan mucho estas situaciones y, aunque sea modestamente, trato de aportar mi granito de arena para intentar acabar con estas situaciones cada día más injustas…”.

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