Qué cosa más curiosa. Desde hace semanas vengo buscando en los medios locales la opinión de algunos economistas acerca de la crisis financiera internacional y lo único que he encontrado, hasta el momento, son predicciones apocalípticas en relación con el impacto que ésta tendrá en la economía boliviana. Los clásicos paladines criollos del neoliberalismo están haciéndose los del otro viernes cuando se trata de opinar sobre las causas de la crisis, y se han limitado a frotarse las manos y a batir palmas con gran entusiasmo a la hora de evaluar las réplicas del sismo en la periferia. Más curioso aún: estas cómodas posiciones, por lo general, están salpicadas de un tonito crítico y aleccionador, apuntando el dedito a los errores que el país habría cometido en materia de política económica y que nos habrían hecho más vulnerables a los efectos globales de la debacle.
Abundan las columnas de opinión y las entrevistas en las que, con gran fruición, se proyecta la disminución del volumen de remesas provenientes de los bolivianos en Europa y Estados Unidos, la caída del precio internacional de los minerales que exportamos, la baja del precio del petróleo y su impacto en nuestras exportaciones de gas, y la contracción de la demanda en general en los países del primer mundo. Todos los cartuchos de la artillería del desgastado establishment liberal han sido apuntados a establecer los horrorosos pronósticos de la crisis en Bolivia y lo mal que le irá al Gobierno el próximo año.
Hasta ahí, todo bien. Nada de esto es un invento; el análisis es razonable y está claro que si, en el corto plazo, el Gobierno no tiene la capacidad de equilibrar sus esfuerzos y sus prioridades entre la agenda económica y la efervescente agenda política, la cosa se les pondrá color hormiga. La agravante reside en que el 2009 será un año electoral, que entre el referéndum aprobatorio, a principios de año, y las elecciones generales, al final del año, amenaza con absorber gran parte de la energía del Poder Ejecutivo. Más vale entonces que el Presidente vaya pensando rápidamente en un serio ajuste de su equipo económico, que tenga la capacidad adecuada para responder en modo de crisis. Se me ocurre una especie de primer ministro que administre la sintonía fina del gabinete económico; pero claro, eso implica la cesión de espacios de poder, cosa que no parece ser la especialidad del Gobierno.
Pero volviendo al tema de inicio, nada he leído de los pontífices locales de la “economía en facilito” que refleje, con un mínimo de honestidad intelectual, su posición frente a la naturaleza de la crisis internacional. Mutis ante el ineludible debate sobre el papel de los estados en la economía; silencio ante la célebre mano invisible del mercado, que supuestamente debía regularlo todo automáticamente; amukin ante la puesta en duda del sagrado paradigma de la empresa privada transparente y eficiente, versus la empresa pública corrupta e ineficiente; afonía crónica frente a la naturaleza del capitalismo, que manifiestamente ha demostrado ser renuente a la regulación; desaparición ante la evaluación de las recetas de los organismos financieros para los países pobres. En fin, nada mínimamente serio e hidalgo en relación con el debate ideológico que ha gatillado la crisis financiera.
Se entiende que la oposición política haga bandera, se regodee con la crisis venidera y tristemente ansíe su llegada como lo mejor que les ha podido ocurrir para enfrentar al Gobierno. Pero el silencio cómplice de los “expertos” en economía es, cuando menos, vergonzoso.
*Ilya Fortún
es comunicador social.
Tomado de la edición del 30/08/2008 de La Razón