No vamos a salir, no podemos salir, no queremos salir, no debemos salir de todo esto mediante golpes militares.
En Ecuador algunos celebran la salida de órbita del satélite chavecista. Prematuro festejo. Peligrosa conclusión. El desvío es temporal por el origen del golpe: no fue popular, sino militar. La indignación de gran parte del pueblo hondureño es la que debía cambiar a Zelaya a través de mecanismos democráticos, aun cuando estén secuestrados, controlados e intimidados, como sucede aquí con Correa.
Allá, y no voy a entrar en detalles, cabían todavía muchas instancias de resistencia, lucha y transformación para recuperar la legalidad, torcida por Zelaya, o relevarlo acorde a lo constitucional, también pisoteado por el novísimo usuario del software totalitario correísta pero sin embargo, igual que su tutor ecuatoriano, confeso católico, capaz de perdonar; excelso demócrata, capaz de dialogar (ahora sí defenestrado del poder ¡claro!); y ardiente invocador de la “sangre de Cristo” para un regreso flanqueado por sus ángeles de la guarda: Cristina Fernández y Rafael Correa.
Una ilegalidad no se acaba con otra peor. De la dictadura en que cayó el presidente de Honduras, José Manuel Zelaya, no se sale con una dictablanda armada por gorilones sin valor para dar la cara, ni rubor para escudarse en Micheletti. No cabe siquiera aquí añorar lo mismo como admiten veladamente algunos y expresan públicamente otros.
Los golpes de Estado no los dan solo militares; se gestan desde los civiles cuando violentan el equilibrio e independencia de poderes, condiciones indispensables en una democracia. Mahuad los rompió al incautarse de fondos de los ecuatorianos; fue depuesto en un plebiscito virtual. Los militares movieron la palanca…
Gutiérrez, demócrata ahora, ex ‘dictócrata’ y autoproclamado líder de la oposición, dio un golpe al destituir la Corte Suprema e imponer la ‘Pichi’ Corte. ¿Ya lo olvidamos? Allí también se derrocó una dictadura, con movilización ciudadana pacífica y masiva en Quito. Pero otra vez, con el dedazo y cedazo de los militares.
De ese Gobierno fue parte Correa como ministro de Finanzas 100 días. En ese Gobierno fue cabeza Alfredo Palacio, primer responsable de engendrar un proceso constituyente al estilo venezolano por haber encajonado la consulta que prometió, para armar una Asamblea a la ecuatoriana.
El resultado lo sufrimos ahora. Y de él no vamos a salir, no podemos salir, no queremos salir, no debemos salir con golpes militares.
La democracia chilena de hoy se consolidó porque salió de Pinochet con referéndum. Tardó. Costó. Sirvió. Aquí no será tan largo ni tan sanguinario, pero sí doloroso.
Que nuestras parteras se queden en los cuarteles disfrutando su vergüenza, sus canonjías, sus negocios, su cobardía ahora llamada profesionalismo.
Ocúpense nomás de que a todos no les llamen espías ni los descabecen como coroneles. Nosotros nos encargamos de la soberanía. Ya verán.
*artículo tomado de diario El Comercio