Dicen los diccionarios que héroe es aquel “varón ilustre y famoso por sus hazañas o virtudes”, el que “lleva a cabo una acción heroica”. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana los verdaderos héroes son aquellos que trabajan por sus semejantes sin esperar recompensa alguna, sin interés por la fama, la popularidad o por ascender en la política y la sociedad. Esas son sus hazañas y sus virtudes, las “condecoraciones” que los enaltecen.
Un medio de comunicación dedica espacios a los miles de héroes verdaderos que sacrifican en silencio sus vidas en beneficio de los más humildes y desvalidos de la sociedad, de la naturaleza y por llevar consuelo y esperanza a sus semejantes. Sin teatralidad, sin discursos demagógicos ni frases rimbombantes, son los que hacen la historia y aseguran el porvenir.
Hay líderes políticos que con mucho histrionismo hablan sobre patriotismo y democracia, soberanía y derechos de los pueblos, y cuyas autoproclamadas virtudes se desvanecen cuando el peligro está cerca.
Mandan a otros a exponerse, a morir por ellos o por las causas que dicen defender, y denuncian ser víctimas de complots, conspiraciones y fallidos atentados. Mas suelen terminar sus días enriquecidos y en sus camas.
Con gestos teatrales pretenden mejorar la credibilidad y popularidad que sus acciones han minado. Emergen así sin virtud, lo que tal vez no les importe mucho, pero con poca fama, sin dudas lo que más les duele. Vieron en el conflicto hondureño un trampolín para mejorar su imagen, sin embargo, esa tragedia les condujo al más escandaloso ridículo.