La pasada semana los españoles contemplaron un gran espectáculo de repiqueteo al que algunos se empeñaron en llamar huelga general. Piquetes al amanecer, empeñados en dificultar los transportes públicos, cortar alguna carretera e impedir el acceso a algún polígono industrial. De vuelta de tales cometidos, en la mañanita, los piquetes regresaron a los núcleos ciudadanos para continuar con la tarea más difícil de intimidar a los comercios y servicios centrales. Al atardecer, los mismos piquetes, portando banderas predominantemente coloradas, formaron en manifestaciones de protesta no demasiado numerosas. En un Madrid tranquilo y soleado, al que amenazaron con reventar, no se manifestaron contra el gobierno que había dispuesto las medidas antisociales en cuestión sino contra la Presidenta de la Comunidad Autónoma y el presidente de la Cámara Oficial de Industria y Comercio, que no se sabe qué relación podían tener en la redacción de las medidas protestadas, seguramente ninguna.
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Las consecuencias de este método de repiqueteo es que no es posible saber otra cosa que sus efectos como producto de las dificultades del transporte o el exceso de prudencia de los ciudadanos que evitaron enfrentarse con los piquetes. Solo los datos matemáticos del descenso de consumo de energía por parte de algunas actividades industriales que no se pusieron en marcha o retrasaron sus horas laborales para facilitar el ejercicio del derecho al trabajo y su personal, nos da un indicio aproximado de los muy moderados efectos del repiqueteo realizado por los equipos de liberados sindicales exentos de obligaciones laborales.
Se ha conseguido, con este procedimiento, el curioso fenómeno de una huelga sin huelguistas que no permite hacer ningún diagnóstico sobre la opinión de los trabajadores con empleo ni mucho menos de los desempleados, a los que no se molestaron en visitar los piquetes. No ha habido huelguistas que se puedan considerar voluntarios, ni actos preparatorios que no fuesen las asambleas de piqueteros. El gobierno puede seguir su camino sin preocuparse demasiado del repiqueteo de los tamborileros de su misma familia.