martes 22 de febrero de 2011, 21:52h
Actualizado: 23 de febrero de 2011, 15:58h
Hace ya treinta años, si no me lo recuerdan los periódicos, no creería que ha pasado tanto tiempo, pues está muy vivo en mi memoria. Pero, así es, el 23 de febrero de 1981 está a 30 años de distancia.
Nadie podía pensar, tras la aprobación de la Constitución, y tras la legislatura constituyente, que las segundas elecciones generales celebradas en marzo de 1979, que ganó Adolfo Suárez por segunda vez y en las que salí elegido al Congreso por Zamora, a los 23 años, iba a vivir un hecho histórico tan recordado, siendo a la vez la primera legislatura.
En el Congreso de los Diputados, al no estar aún aprobados los estatutos de autonomía, se sentaban todos los que luego se harían cargo de las presidencias o tareas autonómicas, Jordi Pujol (que ya no estuvo el 23 F), Arzalluz, Fraga, Escuredo, etc. En fin, la cámara reunía al elenco político del país.
Pues bien, la primera legislatura constituyente, hubiera pasado a la historia, por ser la que desarrolló la Constitución con la aprobación de los estatutos de autonomía. Sin embargo, por causas en las que no me voy a detener, entre las que destacan, el terrorismo feroz de ETA, la tenaza de acoso y derribo a Suárez del PSOE con Coalición Democrática (antiguo AP) y las luchas internas de UCD, provocaron una situación tan insostenible para Adolfo Suárez, que presentó su dimisión el 29 de enero de 1981.
Dada la alta difusión y los libros publicados sobre los hechos acaecidos en el Congreso en aquella fecha, sólo voy a relatar algunos trazos de mi experiencia.
Algunos compañeros comimos apresuradamente un cocido, antes de acudir a la sesión de investidura de Calvo Sotelo. Atrás quedaba nuestro querido líder Suárez, agotado por las traiciones de algunos de su partido, las de la oposición con sus insultos de tahur del Missisipi y las comidas con Armada en Lérida y la crítica ácida y destructiva de Fraga al centro, para repartirse UCD, con los socialistas.
Transcurrida ya hora y media de pleno, se cerraron las puertas de acceso y comenzó la votación. Don Víctor Carrascal -secretario de Congreso y también diputado por Zamora-, iba nombrando a sus Señorías fumábamos nerviosos, como queriendo que aquello, que muchos de nosotros no habíamos provocado, transcurriese cuanto antes. Muchos de la izquierda y la derecha de entonces, ya habían logrado su objetivo, echar a Suárez.
Desde mi escaño situado en la parte de arriba de los bancos de UCD, escuché unas voces poco habituales que comenté con mis vecinos de escaño, y pocos instantes después pude ver cómo el ujier que acostumbraba a cerrar el cerrojito de la puerta izquierda de acceso al hemiciclo se vió empujado por una patada a la puerta desde afuera y casi cae al suelo. Seguidamente pude divisar a un guardia civil con tricornio, bigote y pistola en mano que sube a la tribuna por la escalinata y grita con voz hiriente “Quieto todo el mundo” apuntando con su pistola al Presidente, Landelino Lavilla. Me levanté para observar lo que ocurría y casi no me dio tiempo a decirle a mi amigo, diputado por Zaragoza, José Luis Arce, que ese guardia me sonaba de la Operación Galaxia. Inmediatamente se escuchan disparos y nos ordenan tumbarnos en el suelo. Todos creíamos al no ver nada, que habían disparado contra los ministros y demás compañeros. Al estar en el suelo, humillados, mientras sonaban fuertemente las balas, le agarré fuertemente el brazo a mi amigo y le dije que no quería morir. Mi compañero de la izquierda, César Martín Montes, recuerdo que dijo, “pero este país está maldito, ¡esto es un golpe de estado!”.
Los instantes de los disparos se hicieron eternos esperando que alguno nos alcanzase a nosotros.
Cuando cesaron, pudimos ver que por la parte de atrás de nuestros escaños habían subido varios guardias civiles armados con sus metralletas que nos rodeaban, apuntaban y amenazaban agresivamente, y a culatazos destrozaron las cámaras de televisión, pero afortunadamente ya habían grabado la mayor parte. Poco a poco, y sabiendo ya que estábamos secuestrados, nos fuimos incorporando, teniendo que acatar las órdenes que nos daban de poner las dos manos a la vista sobre el respaldo de los escaños, y no mediar palabras entre nosotros, ni escribir. Tras las órdenes de sacar del hemiciclo a Suárez, Gutiérrez Mellado, Felipe González, Guerra y Carrillo, se nos congeló el corazón y nos temimos lo peor para ellos y susurrábamos, que si eso estaba ocurriendo dentro del Congreso, fuera estaría todo tomado, nuestras familias detenidas y quién sabe, tal vez ya, enfrentamientos callejeros. Era una situación tensa, triste, terrible, otra oportunidad perdida de libertad y democracia en España.
Desde las 6:23 de la tarde en que irrumpió Tejero en el hemiciclo, hasta al menos la una de la madrugada, se vivieron momentos muy difíciles, esperando la autoridad, militar por supuesto, que se había anunciado, escuchando la lectura del bando que en Valencia había dictado Milans del Bosh, las continuas entradas y salidas de Tejero del hemiciclo para imponer silencio, y la ignorancia, como ya he dicho de lo que estuviera pasando en la calle.
Toda una noche en vela da mucho para pensar, meditar en la familia, los amigos, los ciudadanos, los jóvenes, la vergüenza ante los países de nuestro entorno, la valentía del presidente Suárez que lo había dado todo por restablecer la democracia y se le había dejado solo. Quizás no lo volviéramos a ver, ni tampoco a los demás que habían sacado con él. Nos mirábamos a los ojos como preguntándonos, ¿será hoy nuestro final y el de nuestra joven democracia? En aquellos momentos, allí dentro ya no había partidos, todos éramos lo mismo los representantes del pueblo secuestrados por doscientos guardias civiles mandados por un teniente coronel con antecedentes golpistas.
Nuestros gestos de incertidumbre, a medida que pasaba el tiempo, se convertían en pesimismo y desesperanza. El país sin gobierno, sin saber nada de nosotros, o ya sabiendo que todo se ha acabado y que la aventura democrática ha terminado. Nada parecía ya reversible, todo era incierto.
¿Qué pensarían los que habían atacado sin piedad desde la oposición de izquierda y derecha a Suárez y buscaban el poder a toda costa, porque no podrían aguantar otra tercera victoria? ¿Qué pensarían Óscar Alzaga y Fernández Ordóñez dentro de UCD?
Sólo a partir de la una de la madrugada, Fernando Abril Martorell, que tenía un pequeño transistor, que pertenecía a nuestro vecino de escaño, diputado por Vizcaya, Julen Guimón, al salir yo, previo permiso de los asaltantes al servicio, como hacíamos todos, me dijo, “dile a Leopoldo, que el Rey ha hablado por la televisión, que esté tranquilo”. Así lo hice disimuladamente al pasar junto a él.
Aún cuando esa noticia conocida por Fernando Abril, nos traía mucha tranquilidad, la noche sería muy larga hasta las 12 de la mañana que nos liberaron, y me atrevo a decir que uno de los peores momentos tuvo lugar, cuando Tejero, enterado de que podrían los geos intentar nuestra liberación, como supimos luego, ordenó amontonar las sillas de los taquígrafos que se encuentran en el centro, sacar el contenido de sus asientos para hacer una gran hoguera por si cortaban la luz y acto seguido dio esta orden “Soldados, pónganse en los dinteles de las puertas y al menor empujón o roce, hagan fuego”. Sólo el que Calvo Sotelo, y Soledad Becerril le advirtieran de que si prendía fuego a las sillas, se inflamarían los cables que había por debajo de las alfombras y las alfombras mismas, provocando la asfixia de todos, le hizo desistir de la idea.
El peligro de que hubiese sucedido un desastre sin retorno, por el nerviosismo de cualquiera de los asaltantes fue evidente. Afortunadamente no hubo víctimas.
Nosotros, los entonces diputados de UCD, ahora y hace treinta años, seguimos pensando que aquel hombre, Adolfo Suárez, hizo en los pocos años de sus gobiernos las reformas más audaces y la política más honrada de conciliación entre españoles y su caballerosidad y elegancia política, no ha sido igualada por ninguno de sus sucesores. Como se dijo luego del 23F con su actitud ante Tejero, habría conseguido mayoría absoluta. Mi homenaje desde este humilde artículo, y mi cariño ante la situación en que se encuentra.
Afortunadamente, y aunque no conozcamos todas las claves de ese intento frustrado de golpe de estado, sí que nos puede servir para apreciar en toda su dimensión, el valor de la democracia y la Transición, el valor de la unidad entre los españoles, la importancia de la política bien entendida y limpiamente ejercida, y la necesidad de mirar atrás para saber que lo que tenemos es el producto de muchos esfuerzos y de tantas personas que nadie en el ejercicio del poder puede olvidar, ni desprestigiar.
Jesús Pérez López. Abogado.