Bogotá y su juventud apática
viernes 04 de marzo de 2011, 14:22h
El contraste es notable. Mientras que la juventud de los países árabes se toma las calles y plazas de sus ciudades para desterrar tiranos infames, conquistar sus libertades políticas y sociales, y derrocar líderes ineptos y corruptos, la juventud bogotana permite que un puñado de burócratas destruya su ciudad y su calidad de vida, y no hace nada al respecto.
Bogotá está acabada. Es impactante ver hasta qué punto. Pero es más impactante ver que nadie protesta por ello. La ciudadanía parece resignada, murmurando su fastidio o gritando su enojo pero no a los culpables del desastre sino al vecino, al otro pasajero o conductor o peatón que comparte su suerte. Esa actitud es irónica y además inútil. La pasividad ciudadana fomenta la corrupción. El carrusel de la contratación existe porque los corruptos no les temen a los jueces ni a la reacción popular. Entre tanto, la sociedad alienta una esperanza, remota y cansada, de que algún día la justicia castigará a los responsables de esta tragedia capitalina.
Pero al margen de lo que finalmente haga o no la justicia, es increíble que la ciudadanía soporte el caos sin trazar una línea para decir: “No más”. En particular, los jóvenes. En efecto, ¿qué pasa con la juventud bogotana, con los estudiantes universitarios, una fuerza crucial en toda sociedad para impedir el abuso del poder y protestar cuando los derechos de la sociedad han sido pisoteados? ¿Es tal su apatía que acepta la destrucción literal de su ciudad sin decir una palabra?
Si la situación actual de Bogotá no produce expresiones públicas de repudio y condena, ¿qué las puede producir? Es difícil imaginar una realidad peor. Cada hueco, cada trancón, cada puente a medio hacer y cada calle bombardeada ofende al ciudadano en su vida diaria y constituye un atropello que nadie debe aceptar sin expresar su indignación.
De por medio está, entre otras cosas, la salud pública. ¿Cuánta gente muere porque las ambulancias, en semejante caos, no llegan a tiempo al hospital o al centro de salud? ¿Cuánta es lesionada por camiones, buses y autos que buscan un atajo, saltándose la acera o la zona verde? ¿Cuántos accidentes ocurren por falta de iluminación y de señalización en las vías, por huecos inesperados en el asfalto?
A uno sólo le hacen las cosas que uno permite que le hagan. Si eso es cierto en el ámbito personal, también lo es en el colectivo. Los bogotanos hemos aceptado esta infamia. En parte nadie protesta ni se moviliza porque piensa que no servirá de nada. Quizás sea cierto. Pero eso mismo temían los jóvenes árabes, conscientes de que lograr cambios en regímenes tan atrincherados y autoritarios era poco menos que imposible. Sin embargo ahí están, actuando como héroes y desafiando a los déspotas. En Egipto tumbaron una tiranía de 30 años en 18 días de protestas pacíficas.
Eso es lo que necesita Bogotá. No una marcha violenta ni ilegal, sino una gran manifestación pacífica en la Plaza de Bolívar y frente a la Alcaldía de la ciudad. Claro: eso no arreglará una sola calle destruida. Pero al menos servirá para salvar la dignidad personal y colectiva, y para enviar un mensaje resonante de rechazo al abuso y a la corrupción. El mismo que está enviando, con valor, la juventud árabe. Cómo nos hace de falta en Bogotá.