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Chávez, Ibarretxe y la perversión del lenguaje

viernes 28 de diciembre de 2007, 19:48h
Actualizado: 08 de enero de 2008, 07:13h

Hugo Chávez anda ahora haciéndose publicidad ante la inmediata liberación de tres colombianos secuestrados por las FARC. Él ha conseguido este gesto “de gracia” de los guerrilleros ante la “intransigencia” del Gobierno de Álvaro Uribe.

Con esta terminología propagandística, se ensalza la “generosidad” de los terroristas frente a la firmeza gubernamental, como si las autoridades de Colombia fuesen las culpables de la pérdida de libertad de cientos de compatriotas y no los criminales que los tienen presos en condiciones inhumanas, como revelan periódicamente desertores o rehenes que logran escapar jugándose la vida.

Es que el lenguaje resulta perversamente tramposo en ocasiones. El líder guerrillero, Manuel Marulanda, Tiro Fijo, no es más que un vetusto criminal que lleva 40 años haciendo del terrorismo rural una sustanciosa forma de vida. Para proteger el territorio que controla utiliza como escudos humanos a docenas de ciudadanos a los que, según declaraba John Frank Pinchao, soldado huido tras ocho años de cautiverio, se encadena por el cuello durante la noche para que no se evadan.

Es ese asesino vesánico y no un inexistente anciano benevolente quien devuelve ahora a Clara Leticia Rojas, tras seis años de una reclusión sin motivo y sin otro horizonte vital que la incertidumbre de su liberación. Es ese decano en activo de la criminalidad el que ha propuesto un “canje humanitario” de 60 rehenes por 500 guerrilleros encarcelados por la Justicia, ellos sí, tras procesos legales y con plazos concretos de condena.

¡Qué paradójica diferencia entre los autodenominados “humanitarios” y un Gobierno al que, por cumplir la ley, se tilda de inhumano! Y, en medio, como el hada madrina del cuento, Hugo Chávez, convirtiendo la calabaza de la reclusión forzosa en la bella carroza de una gozosa liberación.

Y es que el lenguaje a veces causa más destrozos morales que la misma violencia. Lo sabe también Juan José Ibarretxe, quien condena los atentados de ETA, sí, pero al tiempo hace lo propio con “la utilización política de la Justicia” por sus condenas al entramado etarra. Demoledora comparación. Y más terrible, aun, cuando la portavoz del ejecutivo vasco, Miren Azcarate, equipara el dolor que causa ETA con el de aquellos familiares de presos etarras que pierden la vida en accidentes de tráfico al ir a visitarlos.

La perversión del lenguaje resulta pues terrible, ya que parece inocua cuando en realidad destruye la percepción moral de nuestra conciencia. Y eso tanto es así si lo practican políticos como Chávez o Ibarretxe o si lo hace el más ingenuo y manipulable de los periodistas.

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