Zapatero tiene razón cuando afirma que "nadie puede imponer ni fe, ni moral, ni costumbres, sólo respeto a las leyes". Ciertamente, la fe, la moral y las costumbres no se legislan, pero tampoco se puede legislar en contra de la fe, la moral y las constumbres.
La aconfesionalidad del Estado supone respeto a todas las ideologías, creencias y opiniones. No privilegiar unas, pero tampoco perjudicar otras. Y no siempre todas las leyes, sean de derechas o de izquierdas, se inspiran en esta neutralidad. No hay que confundir Estado “laico” con el “laicismo” del Estado; aquel es neutral, este es beligerante.
De aqui el derecho a la objeción de conciencia de los ciudadanos. Y, sobre todo, el derecho de los ciudadanos libres a opinar y a mostrar su acuerdo o desacuerdo con lo que se legisla, y esto independientemente de su obligación de acatar las normas democráticamente aprobadas.
La simple aprobación democrática de una norma no significa forzosamente que sea justa, ética, moral, o conveniente, supone sólo que es de obligado cumplimiento. Nada más. Por esto las normas se cambian o se derogan con frecuencia por los mismo órganos democráticos.
La bondad o no bondad de una norma es de libre juicio de las personas y de la sociedad, no del Estado. Una norma se puede considerar más o menos buena, o mala, según distintos criterios y situaciones. Su adecuación a la naturaleza de las cosas, al sentido común, al respeto de las personas –a su libertad, integridad , dignidad y conciéncia- son criterios básicos, son derechos fundamentales.
Se podrá votar y aprobar, democráticamente, la existencia o no existencia de Dios , pero en nigún caso una decisión así comportará que Dios exista o no exista. Hay cosas que no entran por la rendija de una urna. En nombre de decisiones democráticamente aprobadas se han cometido muchas barbaridades.
El derecho positivo (el aprobado como normas) no siempre está conforme con el derecho natural (el que deriva de la naturaleza: de las cosas y de las personas. De aquí la importancia de la libertad de conciencia, de opinión y de manifestación de todos los ciudadanos. Es la salvaguardia de las tentaciones totalitarias en nombre de la democrácia puramente formal.