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Suicidio

jueves 24 de enero de 2008, 18:29h
Actualizado: 28 de enero de 2008, 07:22h
El político más valorado de este país, según las últimas encuestas, tiene previsto abandonar la política porque sus compañeros de partido prefieren hacerse el harakiri antes que reconocer que la única forma de derrotar a la izquierda es mediante las formas pulcras, suaves, casi, casi aterciopeladas de la democracia – incluso defendiendo unos intereses tan conservadores como los que defienden; casi, casi reaccionarios. Cada cual es muy libre de suicidarse como quiera, aunque resulta frustrante que a estas alturas de la historia, los españoles todavía carezcamos de una derecha moderna, laica, culta, tolerante y europea que no proceda constantemente mediante el insulto como ocurriera durante la última legislatura de Jose María Aznar. Todo, hasta el crimen, puede resultar atractivo si no se pierden las formas y se perpetra con un mínimo de elegancia. Pero mucho me temo que en el principal partido de la oposición todavía se considera que la única manera de acceder al poder es vociferando catastrofes, pegando gritos cuartelarios, insultando a los adversarios y proclamando a los cuatro vientos el discurso apocalíptico de siempre; ya saben, España se rompe, la familia está en peligro, los inmigrantes son unos delincuentes, Zapatero, además de casar maricas, ha entregado el país a los nacionalistas, a los comunistas, a los corruptos, etcétera, etcétera…

La derecha española todavía no ha aprendido que la modernidad pasa por el cuerpo desnudo de Carla Bruni. No por las manifestaciones de Rouco Varela. Pero claro, resulta comprensible que les resulte más difícil arrebatarle a Sarkozy su tesoro más preciado que sacar en procesión a las habituales vírgenes milagreras de nuestra memoria prenatal.

La derecha castiza, sonora como una partida de dominó, burra y sonriente, feliz y tonta, con todas sus baratijas fascitas, sus iconos falangistas, la demostración sindical y la obligada visita turística al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, cuando habla, acostumbra a soltar los cuatro tópicos de siempre, como una folklorica entrevistada por Lauren Postigo o por su cadáver, que eso nunca se sabe, y cuando apuñala apuñala mirando al tendido, con dos cojones, como un torero marrullero pero desafiante, grotesco, burlón, arrogante… Es lo que tiene la derecha que todavía se acuesta recitando la lista de los reyes godos: que se le nota demasiado el hedor a moscas revoloteando sobre la sangre derramada de un morlaco afeitado. En fin, más se perdió en Cuba y como queda dicho, cada cual es muy libre de suicidarse como quiera, así que el primero de la clase, el de las gafitas, el que tiene un irremediable aspecto de empollón, tan rancio, a mi entender, como cualquiera de los demás, pero bastante más cultivado, alcalde de Madrid y antiguo presidente de la comunidad, el listo y sonriente Alberto Ruiz Gallardón, el político más valorado de este país, según las últimas encuestas, una vez derrotado por sus propios compañeros de partido, ahora tiene que limitarse a imaginar el éxito. Nada grave en realidad. Más o menos lo que diariamente nos sucede al resto de los mortales.
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