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Tierra y mar

martes 26 de agosto de 2025, 13:43h

Desde el abrigo que ofrece la solana del Montgó entre naranjos, limoneros y palmeras, el pensamiento, como la pintura de un óleo o un pastel de Benlliure o de Sorolla, es plácido, recolecto y personal. El mar, allá en el horizonte, es el telón de fondo donde el ojo pierde sulímite para encontrar el infinito y la eternidad.

Apenas unas velas, sin movimiento, llenan de lasitud el espíritu terral del incansable contemplador. El mundo inmóvil, las casas blancas, innumerables, esparcidas en el verde oscuro de los pinos, nos hablan desde sus naves abiertas, resguardadas sombras, de miles de seres invisibles, que comparten nuestro solaz.

Quietud, equilibrio, belleza maternal; la tierra nos acoge y nos amarra a nosotros mismos, a nuestras raíces, a la vida patriarcal; recuerdo de labradores, espacios sin urbanizar, faltos de animales para trabajar. El mundo hoy, aún inmóvil, parece nuestra heredad. Hoy he salido al mar, como ayer, como mañana, en busca de otro hogar. Desde el primer momento, aun en el pantalán, el movimiento cambia la perspectiva, me hace apresurar. Pasar la puerta del mar es regresar a la vida urgente del cambio pertinaz; cada impulso hacia adelante de la embarcación descubre nuevas perspectivas de la tierra que acabo de abandonar.

El puerto, el club náutico, el Montgó, la bahía, los cabos, las playas, el Parador, las rocas, las montañas, Aitana, el Mascarat, la tramoya del Teatro, troca sin cesar el decorado final. Todo es movimiento, todo es cambio, sin parar. Mis pies han perdido la tierra en busca de la inmensidad; mi barco navega ya y se pierde hacia la luz del fondo del mar. Es como despertar, no hay distancias ahora, hasta Italia, África, América, o hasta donde no soy capaz de nombrar.

Las velas ahora truenan entre la jarcia y el viento, las olas se apresuran a pasar bajo la roda sin cesar, los sentidos se embotan de velocidad. Los animales de tierra no son como los del mar. Pescar es más antiguo y más lejano en el acervo de la humanidad. Los destellos del pez herido excitan la voracidad de los demás y despiertan en mi ánimo el instinto más ancestral, ¡nunca pararía de pescar!

Es como una meta imposible que nunca se llega a alcanzar, pero que hace todos mis días más amplios, más enérgicos, más deseados, en busca de un devenir que la tierra es incapaz de llenar. Hubo un día un concurso de pesca al curricán; fue volver con los hombres, de vuelta de la soledad; fue competir entre amigos, entre barcos y unidos. La noche al desamarrar, urgencia en la busca, en el éxito, en el límite horario, que poco tardó en llegar.

Las capturas alegres, el peso en la lonja del Club, la broma. Camaradas en el mar, compartimos mesa después de mucho pesar. Fue volver a encontrarse la tierra y el mar; su nexo: los hombres y las mujeres que aman ese mar, que nos ofrece cada día volver a empezar.

Hubo otro día un amigo que enterramos en el mar. Curiosa paradoja esa que en la palabra misma aúna tierra y mar. Este recibe la esencia de aquel, de aquellos que compartieron ese amor y esa fraternidad. En él viven, ahora, entre las olas y la luz, su espíritu y su vivacidad. Habrá un día, supongo, que moriré en el mar, pero la tierra me acoge, me acerca, me impulsa a vivir más. Aún queda mucho invierno para disfrutar más, hasta que llegue el verano que fundirá tierra y mar.

Bernardo Rabassa

Presidente de clubs y fundaciones liberales. Miembro asociado de Alianza Liberal Europea (ALDE). Premio 1812 (2008). Premio Ciudadano Europeo 2013. Medalla al Mérito Cultural 2015. Psicólogo social. Embajador de Tabarnia. Presidente del partido político constitucionalista Despierta.

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