Las dudas están en el aire. ¿Ese puñado de bombillas fundidas es arte? ¿Y un ataúd-oca, o sea un féretro con alas y pico, lo es? En toda la superficie de ARCO encuentras eso y mucho más, en orden y concierto: el arquitecto Juan Herrero ha sido el encargado de la organización espacial y el diseño, que ha hecho de ARCO una feria en la que resulta fácil orientarse a pesar de la amplitud.

En total son 135 países los invitados, pero uno con especial relevancia y dedicación: Brasil es la potencia artística por antonomasia y la estrella de ARCO 2008. Trae 32 galerías y 100 artistas. España, sin embargo, sale peor parada este año y viene con polémica. Es la sacrificada en pos de la internacionalización; sólo el 30% de las casi 300 galerías son nacionales.
Los artistas no entienden de fronteras. Es, si no imposible, difícil adivinar sus orígenes por sus obras. Un cuadro de una cabeza con una oreja al revés, un mapa del mundo compuesto de piezas de ordenadores, una silla haciendo equilibrismos con el suelo a un lado y cuadros balanceándose al otro… ¿qué intentan significar? ¿Qué hay detrás de un montón de ropas de payaso tiradas en el suelo?
No faltan los típicos lienzos en blanco o en negro o manchados de colores, a veces entremezclados. Sin embargo, algunos galeristas también han querido mostrar sus grandes adquisiciones: son obras que llaman la atención a distancia porque se identifican a la primera: Picassos, Boteros, Mirós, Juanes Gris, Tàpies… Nombres que ahora conocemos y reconocemos, pero que en su día podrían parecer lo que a nuestros ojos hoy es un biombo blanco con ropa colgada o luces de neón dispuestas en cruz sobre la pared.

Esto lleva a preguntarse si todo vale. Si el arte no tiene límites y no importa lo que expongamos si llega a mostrarse en una galería. Todo es simple y todo es extraordinario en esta Feria. Sólo depende de quién mire. La subjetividad es la clave de ARCO, y no deja impasible.