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Su cárcel, nuestros recuerdos

lunes 27 de octubre de 2008, 12:48h
Actualizado: 30 de octubre de 2008, 15:08h
La cárcel de Carabanchel, todo un símbolo del pasado negro de España, ha desaparecido definitivamente. La levantaron los presos hace más de 50 años, bajo la vigilancia de los que, a las órdenes de los ganadores de una guerra, se encargaban de que el recinto penitenciario estuviese disponible lo antes posible. Las primeras piedras las pusieron los que añadían a su pena el trabajo forzado para encerrar sus propios huesos. Ellos escribieron las primeras páginas del libro sobre la ignominia penitenciaria. Los demás capítulos correspondieron a los que visitaron esta cárcel en la que los franquistas  curaban a los enfermos de libertad con su medicina de palo y tente tieso.

A mediados de los años 90 se cerró y dejó de tener inquilinos. Sus terrenos y símbolos, como la cúpula que ahora ha sido arrancada por las maquinas de los responsables políticos de estas cuestiones tan relacionadas con la memoria histórica, se mantuvieron. El deseo de muchos madrileños es poner este espacio de miles de metros cuadrados a disposición de los vecinos ansiosos de aparcar en su memoria la maldad de la represión del antiguo régimen y de convertir el fantasma del terror en un hospital para mimar su salud y curar los vestigios del pasado.

Ellos han decidido, sus actuales dueños, que es mejor arrasar con el pasado, con nuestros recuerdos,  y no conservar  la cúpula alegando que no es una obra de arte. Los mismos que borran la cúpula, aunque no de nuestra memoria, se muestran dispuestos a dejar vivo un muro de 40 metros como único recuerdo de la cubierta que dejaba entrar la luz para deslumbrar el Centro desde el que se distribuían  las galerías destinadas a los presos.

La sexta, la tercera, el reformatorio, la rotonda, la enfermería, el patio, los cacheos, los presos políticos, los presos sociales, los guardianes a los que  llamábamos boqueras. Siempre había que pasar por el Centro.
Mis recuerdos se fijan en el 18 de julio de 1977. Después del recuento, el desayuno -o al revés-, esa laguna sigue viva. Antes de bajar al patio, meter en el cubo azul -como el que uso ahora para fregar el suelo y que siempre tiene la fregona dentro- todas las propiedades, incluso las prohibidas. Encima, una toalla que tapaba los pocos secretos que se pueden tener en una cárcel. Antes de la comida, miradas cómplices y golfas.

El motín estaba a punto de saltar. Unos chicos se chinaron las venas, los boqueras se inquietaron y la confusión de unos momentos de gritos y sangre facilitó la revuelta. La noche anterior se llenó de gritos de angustia en demanda de amnistía y libertad. Desde las alturas se veía a los madrileños que acudieron al enterarse del motín. Ahí estaban nuestros padres, hermanos y amigos, a los que sentíamos pero no identificábamos. Las fuerzas policiales se hicieron con la situación, después de muchas horas de angustia y desenfreno. Sus botes de humo no conseguían ahogar nuestros cuellos cubiertos con pañuelos empapados de agua, sus pistolas nos desafiaban.

Cuando todo acabó, todos fuimos llevados al Centro. Nadie sabía que pasaría con los amotinados. Dormí esa noche en la capilla, junto a otros presos. Mejor dicho, cerré los ojos y me mantuve en silencio. Pasadas unas horas, algo frío y duro se situó en mis sienes. El que portaba dicho objeto, hizo un gesto para  que me levantara, pero en silencio. Me colocaron junto a una docena de colegas de piso penitenciario. Juntos iniciamos un viaje sin saber el destino. En el momento en que la imagen de mis padres me vino a la mente, un funcionario me miró a los ojos y casi sin despegar los labios me pidió el teléfono de mi casa. Obedecí. Este gesto de un demócrata sirvió para que los míos estuviesen tranquilos y conociesen mi próximo destino.

Le volví a ver, me prestó su piso para ir con alguna amiga a retozar en su cama, desde la que veíamos después de quedarnos sin una gota de rencor la plaza de Santa Bárbara. Forma parte de mis recuerdos en  torno a la cúpula que ahora han destrozado las garras de las maquinas del olvido. Sin embargo, si uno viaja a Weimar (Alemania) para visitar el campo de concentración nazi Buchenwald, siente el horror del exterminio cuando recorre las vías de tren que traían a los que tarde o temprano terminaban en los hornos crematorios, que siguen intactos.

Ellos, los dueños de la cárcel de Carabanchel, nos ofrecen recordar este símbolo de la represión franquista dejando unos metros de valla, similar a la que encierra las vacas de cualquier ganadero de buena porte. Podían haber dejado la cúpula viva y debajo levantar algo que mirando al cielo recordara lo que nunca debió ser pero fue.
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