El poder, cualquier sea su forma e intensidad, siempre implicará “la posibilidad de imponer la propia voluntad sobre la conducta ajena”. A veces el poder está vinculado a un puesto (en toda institución), es decir, representa una posesión que se puede detentar. Está claro que el puesto o la función pueden perderse como resultado del proceso de poder, pero mientras se posee, el poder está en manos de quien lo tiene. En cuanto a la obediencia, el poder es una relación desigual y se hace necesario estudiarla en un periodo de tiempo específico.
La idea del mandato como una posesión nos acerca a la cuestión de si éste es inmutable y estable. La de obediencia nos conduce al hecho de que todo poder descansa sobre la aceptación del mandato por parte de aquel que obedece. Si estamos de acuerdo con la idea en la cual el poder es una relación desigual compuesta por el mandato y la obediencia, observaremos que nos encontramos con un circuito cerrado. Este circuito se establece a partir de una noción clara de participación entre el poseedor del poder que manda y la persona o seguidores obedientes. Así se plantea entonces una relación tal vez incomprensible para la persona que no asume el mandato como propio y no se involucra dentro de la obediencia.
Por ejemplo, si se asiste a un concierto de rock sin estar de acuerdo con el ritual que éste presupone, sólo se observará un espectáculo carente de lógica y sentido, calificando aquél como un producto de la histeria y la manipulación. Diferente será la reacción si se trata de una situación en la cual el ritual es algo en lo que realmente se cree.
La teoría del poder involucra a la ideología en su función de legitimación del poder y en su validez psicológica que forma el terreno en el cual los hombres entienden el mundo: toda una estructura de códigos y significaciones que forman verdaderos mapas del mundo social y sobre los cuales los hombres sometidos al poder ordenan su conducta obediente. Estos mapas son ideologías orgánicas; podemos distinguir tres aspectos en la legitimación del poder: a) la ideología como representaciones particulares de cada grupo y/o actor social; b) la hegemonía como praxis política de los diferentes líderes para imponer e irradiar su propia ideología, imposición no necesariamente violenta, sino que resulta de las sutilezas de la competencia discursiva al interior de la sociedad civil; y c) la cultura como la totalidad de significaciones que dan un sentido a las prácticas entre el mandato y la obediencia. El poder, por lo tanto, tiene distintos tipos, como por ejemplo:
Poder discutido o equilibrado. Cuando se trata de una relación de poder basada en la posibilidad de tener algo para negociar. Es equiparable a una transacción e implica un pacto ya que “los signos manifiestos de este tipo de poder son la negociación y el compromiso”.
Poder supervisor o control. Se trata de una relación de poder basada en la facultad de tener ciertas funciones y la opción de supervisarlas; consiste en ratificar aquello que se considera como correcto.
Poder coercitivo. Es un deseo por obtener la obediencia sustentada en la fuerza; se busca algo de los demás pero por un medio que excluye la persuasión o convencimiento quedando sólo la voluntad imperativa del que espera obtener algo. El poder coercitivo más evidente ha sido y es la fuerza bruta, hasta el punto de que se tiende a identificar con ella. No es el único posible, se puede mencionar además, a la coerción política, económica y a la coerción psicológica o propaganda. De todas maneras, el imponer un mandato continúa siendo la forma más evidente de coerción. Ser el más fuerte físicamente ha sido e incluso es todavía hoy, un valor positivo en determinados contextos.
La fuerza física o bruta presupone una cualidad moral que caracteriza a quien la posee por la intensidad y el exceso. A mayor fuerza, mayor altura moral. Es el camino de aquellos con el estigma del guerrero que busca respeto y auto-superación constantemente. Para muchos, los grandes pueblos que tuvieron valor, no lo adquirieron bajo las instituciones liberales, sino porque fueron las razas nobles las que han sobrepasado el concepto de bárbaro por todos los lugares donde han llegado.
La fuerza bruta es una especie de realidad vital que nace necesariamente como una respuesta personal o colectiva a un medio ambiente agresivo y hostil; como lo ha expresado Nietzche, “la explotación no forma parte de una sociedad corrompida, imperfecta o primitiva, forma parte de la esencia de lo vivo, como función orgánica fundamental, es una consecuencia de la auténtica voluntad de poder la cual es cabalmente la propia voluntad de la vida”.
En este caso, la fuerza más brutal es el único mecanismo que permite hacer avanzar la historia de la humanidad, es el único poder que cuenta. Identificada con las fuerzas de la naturaleza es la única realidad, el camino que marca el progreso ya que la verdadera voluntad de poder para Nietzche, precisamente forma parte de una esencia vital como función orgánica fundamental.
Con la llegada de las concepciones que defienden la democracia como el sistema de gobierno más racional, tanto el poder coercitivo en general como la fuerza bruta en particular están consideradas ciertamente como fuentes de poder pero contrarias a los principios de igualdad y tolerancia, y por lo tanto, constituyen raíces ilegítimas.
Los teóricos democráticos ni siquiera llegan a considerar al poder coercitivo como raíz del liderazgo, en tanto éste tiende a identificarse con la persuasión y el convencimiento. El poder coercitivo y especialmente la fuerza bruta poseen algunos efectos y eficacia inmediata pero éstos terminan una vez que la amenaza de la coerción ha desaparecido.
El poder en general contiene a la coerción y ésta convierte al poder en algo más estructurado, elaborado y duradero, mientras que la coerción identificable con la fuerza bruta puede servir para una situación concreta, pero no es organizada y es de poca intensidad temporal. Un sistemático aparato coercitivo de fuerza bruta (campos de concentración o ejecuciones masivas, “guerra sucia” o “terrorismo de Estado”), requiere perdurabilidad y estructuración, y lo mismo puede considerarse en el caso de la coerción económica o psicológica. Precisamente, la instalación de aparatos represivos ha identificado automáticamente al poder con el liderazgo fuerte y a la obediencia con la voluntad doblegada a favor de una élite que supuestamente estaría iluminada para conducir el destino de las masas.
Sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, franco.gamboa@gmail.com, franco.gamboa@yale.edu