Es todo ansiedad, todo alegría, todo obamamanía.
La ciudad que hace veinte años Barack Obama adoptó como propia hoy se prepara para saltar, bailar, reír o llorar para acompañar al candidato demócrata en su victoria? o en su derrota.
Cientos de miles de personas se alistan para participar de la gigantesca fiesta que la campaña demócrata planea para esta noche. Llegarán de otros barrios de Chicago, de otras ciudades de Illinois, de otros estados.
Si el senador demócrata causó furor entre sus seguidores a lo largo de casi dos años de contienda electoral, la celebración de hoy suscita locura por festejar y desesperación por conseguir entradas.
Las autoridades de Chicago esperan que un millón de personas se acerquen al Parque Grant, sobre el lago Michigan, esta noche.
Sin embargo, sólo 70.000 de ellas podrán entrar en el estadio que la campaña levantó para el acto; estarán rodeadas por 7000 periodistas venidos de todo el mundo.
El equipo del senador decidió repartir entradas entre sus seguidores a través de Internet, no sin que los obamacons hicieran antes una pequeña contribución. Para la campaña más millonaria de la historia, todo vale para recaudar.
Quien realizó, hasta anteayer, una donación de por lo menos cinco dólares, participó del sorteo de las entradas.
Aquellos que quedaron fuera de esta especie de subasta ahora se desviven por conseguir los tickets donde sea, en la calle en los sitios de Internet. A cambio, ofrecen desde dinero hasta masajes.
El resto de los seguidores del candidato demócrata podrá quedarse en los alrededores del parque. O tratar de conseguir una habitación en los hoteles cercanos, cuyas reservas aumentaron exponencialmente desde que la campaña anunció que organizaría la fiesta.
"Planeaba traer a mis dos hijos porque iba a ser una noche que nunca olvidarían. Va a ser una noche única de la historia, pero ahora no sé qué voy a hacer; va a ser todo un poco desordenado", dijo Suzie Thomson a LA NACION mientras espiaba, desde lejos, las carpas que mañana albergarán a los invitados especiales.
Una abogada de Indiana, Thomson, viajó a Chicago para conseguir entradas o un habitación de hotel con vista al parque, pero le fue imposible.
Tanta pasión y tanta concurrencia asustaron, en cierta forma, a las autoridades. En un principio, el gobierno municipal trató de desalentar a la gente y le pidió que siguiera el acto por televisión sin ir al centro de Chicago.
Cuando las autoridades tomaron conciencia de que la obamamanía no hacía más que crecer, cambiaron de planes. Y el fin de semana, el alcalde Richard Daley anunció que él no podía impedir que la gente quisiera participar de "un momento histórico de Estados Unidos".
Seguridad
Con el cambio de planes también llegó una seguridad más rigurosa. Ningún policía de Chicago tendrá la noche libre hoy. Todos los bomberos estarán de guardia. Las calles en casi 10 cuadras a la redonda estarán valladas, los enormes rascacielos de los alrededores estarán poblados de francotiradores.
Los fans de Obama y los agentes de seguridad tendrán hoy también una compañía inesperada. Como hacía varias décadas no sucedía, Chicago vive una inesperada primavera en su habitualmente gélido otoño.
Al calor, a la emoción, a la seguridad y a las multitudes sólo les hace falta ahora que la de hoy sea una noche victoriosa. Obama esperará para hacer su gran aparición en la fiesta hasta que cierren los comicios en California, a las 12, hora local (las 4 en la Argentina).
Si pierde, también hablará. Pero el suyo será, en ese caso, el discurso de admisión de la derrota.