Permite que la larga melena rubia caiga sobre sus hombros pero peina hacia atrás y recoge con una simple goma parte de su pelo para dejar totalmente libre su frente. Es como una declaración de intenciones. La fiscal Olga Sánchez sabe que tiene que tener la mente despejada más que nadie en este maratón judicial de ocho horas al día y tres días a la semana con fecha final sine die. Es una mujer austera en el vestir y comedida en todos sus gestos. Incluso podría aparentar cierta fragilidad. Solo unos discretos pendientes y una gafitas de montura bicolor –malva por delante, verdes en las patillas- restan rigidez a su uniforme togado y a su función institucional. Si acaso alguna vez un pequeño pañuelito estampado al cuello. Su imagen en la Sala, siempre detrás del monitor de su portátil y con el junco del micro a la izquierda, pegado casi a la boca, porque ella nunca levantará la voz, es la imagen de la constancia. Desde marzo o abril de 2004, en que quedó liberada de cualquier otro trabajo en la Audiencia Nacional que no fuera desentrañar la trama asesina del 11M, la suya es la imagen de la una fiscalía hormiguita que forma grano a grano el montón de la acusación en esta causa de 93.000 folios de sumario, la más importante de la historia judicial española. Y así y no de otro modo son sus interrogatorios. Firmes, insistentes pero en tono suave. A veces parece que susurre las preguntas y no se altera para nada aunque tenga que soportar bastantes impertinencias de los declarantes, bien es verdad que nada graves, que para hacer el quite ya está raudo y veloz el presidente Gómez Bermúdez.
Ayer, por ejemplo, se las tuvo tiesas con el díscolo confidente Cartagena, quien tras desdecirse de lo dicho una y mil veces aseguró que lo que estaba diciendo en ese momento si que era la verdad y no las de antes. “¿Cambia ahora sus declaraciones por miedo?”, preguntó la fiscal con forzada ingenuidad. “¡Yo no tengo miedo a nadie y si alguien quiere hacerme algo que se acerque, que no me voy a quedar con los brazos cruzados!", contestó retador el testigo hostil. “Y si no tiene usted miedo –replicó sin levantar el tono Olga Sánchez- ¿por qué no ha querido que esté la persiana arriba y que le vean los procesados?” Y es que el testigo Cartagena se había negado a tomar asiento hasta que se le bajara la persiana que oculta a los testigos protegidos y el presidente hubo de ordenar a un funcionario que se pusiera delante de él mientras se procedía a la cobertura.
A la fiscal Olga Sánchez le han llegado amenazas de muerte y la persigue machaconamente la prensa orientada con la teoría de la conspiración y los panfletos on-line que quieren arrebatar al pueblo español aquel “¡Queremos saber la verdad!” del 12M. Como de su trabajo concienzudo, el del juez Del Olmo, el de los Cuerpos y Fuerzas del Estadojo sale nada que alimente la alucinación conspiratoria ahora acusan a la fiscal de acusar en base a “adivinaciones”. Llegan a ensuciar el papel y la red con perlas como esta : “Pues si es tan clarividente como para leer las mentes –sic- podría haber avisado antes y así haber evitado la matanza”.
Pero cuidado, mucho cuidado, que la democracia, la razón y el Derecho Procesal responsabilizan a la fiscalía de promover que se cumpla la ley en beneficio de toda la sociedad y caiga quien caiga. Y entonces, cuidado, mucho cuidado con tanta amenaza y tanta intoxicación, porque entonces Olga Sánchez somos todos.
CONFITES. El mundo de las cloacas, en que supuestamente también se defiende el Estado, a veces sale a la superficie por las cañerías de esta Vista de la Audiencia Nacional y desprende su olor fétido por toda la nave. Son los confidentes policiales y ya van tres en declarar: Rafá Zohier, José Emilio Suárez Trashorras, los dos acusados, y ayer el llamado “Cartagena”, como testigo y relacionado con la operación antiterrorista Nova. Y siempre el mismo discurso en el que dicen, se desdicen, se contradicen, aseguran que lo que declaran ahora es verdad pero mentira lo de antes y siempre, siempre, hacen tres afirmaciones: son delincuentes pero porque les mandan serlo sus controladores policiales, nunca cobran y cuando mienten los hacen porque así lo mandan los polis que les mandan, presionan y amenazan. La judicatura y las fuerzas de seguridad saben de la utilidad de sus pistas y a dónde les conducen en cada caso y por eso seguramente tienen que existir. Pero a veces sus controladores policiales mal controlan a estos “infiltrados” que después de ofrecerles informaciones más o menos valiosas se van corriendo al periódico de turno - ¡qué casualidad, siempre el mismo!- a largar todo tipo de versiones sobre sus fechorías y hazañas. Que suerte no ser juez ni fiscal para no tener que dilucidar con qué quedarse de las aportaciones de estos individuos y cuándo tienen que decidir mandarles a la cárcel por muchos que ellos se sientan, encima, agentes policiales.