Ya saben, queridos lectores, de la pésima fama que goza
Nicolás Maquiavelo en nuestra cultura judeo cristiana. La Iglesia Católica le quiso convertir en un ser perverso, taimado y cruel, ajeno, por definición, a la verdad. Incluso le atribuyeron una frase maldita que Maquiavelo jamás escribió ni pronunció:
“El fin justifica los medios”. Para evitar dudas y equívocos, les insisto a mis alumnos de la Universidad Complutense que jamás aprobarán mi asignatura aquéllos que se atrevan a citar al maestro nacido en Florencia el 3 de mayo de 1469 a través de la citada frase. Roma temía la defensa apasionada que Maquiavelo hacía de la unidad de Italia, su fervor por nuestro Rey Fernando el Católico, verdadero destinatario del su famoso libro, y la capacidad y decisión para lograr el nacimiento de una España unida con el nacimiento del Estado moderno. Roma perdería su influencia.
El autor de “
El Príncipe”, escrito entre finales de 1513 y principios de 1514, tiene un definitivo subtitulo que nos descubre el objeto de la obra: “
El Arte del Poder”. El texto constituye la tarea más lúcida, moderna y definitiva sobre los problemas del poder, de su conquista, de su pérdida, de los errores del Príncipe, de su falta de ímpetu, de la elección de sus colaboradores, de la forma de huir de los aduladores, y de tantas otras cosas.
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En estas horas de desánimo y falsa sorpresa en la izquierda gallega, no sería mala cosa que todos los responsables del desastre político vivido se sentaran con Maquiavelo, entablaran una larga charla con él y aprendieran a reflexionar sobre todos los errores cometidos durante cuatro años. En la vida y en la política, nada es casual o inesperado. Ya tenemos edad y experiencia para saber que las elecciones no las gana la oposición sino que las pierde el gobierno de turno.
Y la decepción no puede resultar más dura. Tras aguantar tantos años la peste y la corrupción moral y política del fraguismo, además de los siglos de dominación del caciquismo y el clientelismo de las clases dominantes, resulta que la primera experiencia seria y ganada en las urnas por la izquierda, se disuelve como un azucarillo entre el estupor general. ¿Por qué? ¿Cómo ha ocurrido?
Las responsabilidades personales carecen de interés. Lo verdaderamente determinante para el futuro consiste en extraer, analizar, debatir, esclarecer y trasladar a la izquierda gallega las conclusiones de tal debate colectivo. Es preciso decir la verdad, ser honesto con los gallegos y cambiar en los partidos, PSG y Bloque, todo lo que sea preciso cambiar. Hay clientelismo en ambas formaciones, hay nepotismo, escasa o nula democracia, aparatos ineptos preocupados de su propio mantenimiento, caciquismo interno y nula capacidad para decirles a los responsables que las cosas iban mal.
No era un gobierno de coalición. Eran dos gobiernos paralelos. Tenían escasa potencia política y sin líderes de opinión en su interior. Faltaba iniciativa, chispa ideológica, liderazgo competente que tiene que ser colectivo, sobraron iniciativas equivocadas como el decreto sobre la enseñanza y la conversión de la lengua e un problema utilizado por la derecha. La polémica sobre las concesiones de energía eólica. Pero, especialmente, la falta de ideas claras y la incapacidad para corregir el rumbo cuando era evidente desde hace dos años que la gestión de la Xunta y la cercanía del apoyo social decaían de forma inexorable. No se supo reaccionar, se pagó la inexperiencia y cuando fuimos conscientes de la realidad, el barco hacía agua por varias partes vitales que impedían la navegación.
Y no culpemos a la crisis. Las tendencias de fondo del electorado gallego progresista se conocían desde antes del verano de 2008 y con independencia de la crisis financiera de septiembre y octubre del citado año. Ahora solo cabe volver a empezar. Pero con gentes nuevas, desde abajo, desde muy abajo. ¿Lo vais a hacer? Los partidos son de los militantes y votantes. No de sus dirigentes.