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Cambio y centralidad en Euskadi

viernes 13 de marzo de 2009, 12:16h
Actualizado: 16 de marzo de 2009, 07:30h
El debate y las conversaciones entre las diferentes fuerzas políticas para conformar una mayoría parlamentaria en el Parlamento vasco se está produciendo en un ambiente de tensión política escasamente comprensible. La normalidad institucional y política excluye, por definición, cualquier síndrome de patrimonialismo en torno a las instituciones democráticas por parte de cualquier formación política. Los votantes se han pronunciado y la voluntad del sufragio es soberana.

¿Qué ha ocurrido en Euskadi? Las interpretaciones son múltiples y las combinaciones para gobernar y elegir al próximo lehendakari, también. Y todas legitimas. Otra cosa es la responsabilidad y la estrategia de cada formación a la hora de conformar tales mayorías. En función de las opciones que adopte  cada partido político es evidente que decide asumir unos riesgos políticos e interpretar el apoyo ciudadano que ha recibido. ¿Acierta el PSE al percibir del electorado un mandato para intentar un relevo de la mayoría gobernante y abrir una nueva etapa en la gobernación de Euskadi? ¿Le asiste la razón al PNV poniendo en cuestión el intento del PSE y aludiendo, a través de su más alto dirigente, a un “golpe institucional” si su partido es “desalojado” de Ajuria Enea? No hay que extremar ni sobreactuar en cuanto al debate. Ambas formaciones tienen pleno derecho a defender sus estrategias en la medida en que interpretan y defienden su derecho legítimo a gobernar si tienen capacidad parlamentaria para ello. Esa es la clave democrática.

¿Por qué entonces el posible relevo está rodeado de cierto dramatismo en Euskadi? Me atrevo a sugerir dos razones. La primera tiene que ver con la evidencia de que por primera vez, desde las primeras elecciones autonómicas, el PNV puede pasar a la oposición. La segunda se refiere a la evidencia de que la política en Euskadi está rodeada de excepcionalidades evidentes que hacen necesaria una especial sensibilidad y cautela de todas las fuerzas políticas a la hora de promover relevos de mayorías. La simple referencia a la violencia de ETA y a la anomalía de la ausencia de los sucesores de Batasuna del Parlamento por su incapacidad para distanciarse de las pistolas evita mayores disquisiciones. Es preciso, mas pronto que tarde, resolver ambas cuestiones.

Pero una cosa es evidente. El gobierno tripartito, presidido por el lehendakari Ibarretxe, no consiguió revalidar la confianza de los electores y colectivamente ha perdido los apoyos que tenía para retener la mayoría parlamentaria. Al mismo tiempo, el PNV ha mantenido un aceptable nivel de apoyo y ha vencido en las elecciones. Ibarretxe debe comprender que una vez perdida la mayoría del tripartito, resulta legal y legítimo, que otras fuerzas pretendan conformar otra mayoría alternativa. Es la esencia del sistema parlamentario y representativo.

Otra cosa es la capacidad del PSE para realizar una triple tarea que no resultará sencilla. La primera, evitar cualquier riesgo de “frentismo” obligado por el posible apoyo del Partido Popular. Si algo requiere la excepcionalidad política del País vasco ello consiste en recuperar la “centralidad” y comprender que el carácter “trasversal” de las políticas resulta indiscutible e imprescindible. En segundo lugar, tal consideración le obliga a mantener al Patxi López un alto nivel de interlocución con el PNV, e incluso, de cooperación institucional. En mi opinión, el principal error de Ibarretxe se refiere, precisamente, a la pérdida de la “centralidad” histórica que el PNV ha sabido desempeñar con una gestión obsesionada con las tesis soberanistas y el célebre conflicto sobre una consulta imposible, cuando una buena parte del votante nacionalista ya no caminaba por esa senda. Y la tercera tarea estratégica del PSE, consecuencia del logro de las anteriores, consistirá en conformar un amplio consenso social y político en torno a la agenda política del próximo gobierno vasco que supere las desconfianzas entre nacionalistas y no nacionalistas. En el PNV existen criterios diferentes sobre su gestión durante los últimos años, y a los hechos me remito. El partido que hoy dirige Iñigo Urkullu resulta determinante en Euskadi, esté o no en Ajuria Enea, porque representa a una parte sustancial del pueblo vasco, pero solo a una parte. Es la hora de un esfuerzo colectivo, de respetar las reglas de juego y de comprender la necesidad de que la colaboración entre las dos principales fuerzas políticas resultará decisiva para el futuro de Euskadi.     
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