Durante una reunión de la denominada Mesa del Consenso Agropecuario, que agrupa a representantes de las entidades rurales y algunos legisladores, en un salón de la Cámara de Diputados, el señor Mario Llambías reveló su preocupación por "las plagas que trae la sequía, como la plaga K, que nos está cagando a todos".
Con ese lenguaje culto que evidencia los refinados modales de las nuevas cepas de las añejas elites, el líder de CRA refería las desventuras de los sufridos rentistas agrarios a los que el gobierno orilló a cometer tropelías en las rutas, ocupar bancos, y mascullar consignas destituyentes por televisión para defenderse de las retenciones y, para peor, enfrentar una persistente sequía.
No es una tarea fácil probar racionalmente la relación causal entre los derechos de exportación y un fenómeno climático como la ausencia de lluvias. Ni siquiera lo es para dirigentes habituadas a predecir meteoros, o para editorialistas expertos en el arte del sofisma.
Tal vez por eso, la derecha y los medios que elaboran sus eslóganes han debido recurrir a otras argucias, como la intencionada contigüidad de dos titulares, la publicación de fotos de animales muertos de sed para ilustrar una noticia acerca del enésimo lockout rural, o el tratamiento de ambos problemas en la misma nota: "Estamos en vías de extinción", se animó a declarar un propietario sojero a un diario de gran circulación, "y encima esto". No hay dudas: el kirchnerismo se ensaña con el campo. La culpa de la sequía la tuvo -también- el gobierno.
El mundo capitalista tambalea en medio de una crisis financiera demoledora. En Estados Unidos se pierden 600 mil puestos de trabajo en un solo mes. En España los desempleados llegan a los 4 millones. Los países más desarrollados destinan sumas de dinero descomunales a socorrer bancos, industrias y empresas de seguros en quiebra. En la Argentina, gracias al modelo económico sostenido desde 2003, los efectos del colapso aparecen notablemente amortiguados. No obstante, la oposición acecha a la búsqueda de cualquier indicio de que el crecimiento económico se atenúa, porque eso probaría la impericia de los gobernantes.
El presidente de Brasil, Lula da Silva, le dijo el mes pasado al primer ministro británico que la crisis fue provocada por aquellos "rubios de ojos azules que tienen fe ciega en el mercado y que desprecian al Estado". Aquí es al revés: la responsabilidad es de los necios gobernantes que se empeñan en reconstruir al Estado, revalorizar su rol, recuperar empresas para el sector públicos y resistir la prepotencia de los mercados.
Son demasiadas las culpas para que el pueblo siga tolerando. Si el dólar sube indica que los ahorristas ya no confían en el peso. Si el dólar baja es señal de que se quiere perjudicar a los exportadores. Si las rutas están abarrotadas de turistas en Semana
Santa, porque eso significa que las familias de clase media necesitan huir en masa hacia el mar y las sierras, agobiadas por los desmanes del oficialismo. De cada delito que se comete en el país, aunque los índices sean menores a los del resto del mundo y como si el aumento de la criminalidad no fuera producto de las políticas destripadoras del tejido social de los noventa, a las que la oposición desea regresar.
Por supuesto, no podía estar exento de responsabilidad oficial el brote de dengue. El gobierno, parecen sugerir sus adversarios, trata de disimular, de esconder las verdaderas cifras de la proclamada epidemia, porque en el fondo sabe que los mosquitos embisten por su culpa. Como en el caso de la sequía, no es sencillo demostrarlo mediante el análisis político. No obstante, hay otras formas. A riesgo de facilitar el trabajo de los adversarios, nos permitimos sugerir una explicación de carácter bíblico. Según un antiguo relato, para castigar al faraón que mantenía en cautiverio al pueblo hebreo, Yahvé envió siete plagas a Egipto. Si varias de ellas se parecieron a algunos de los padecimientos nacionales ya citados, la que consistió en una formidable invasión de mosquitos constituye una coincidencia irrefutable.
Cristina Fernández se dedica a cumplir con el mandato constitucional de gobernar que le entregó el pueblo argentino en elecciones libres. Desde la perspectiva opositora, se obstina en mantenerse en el poder, en lugar de cederlo a alguno de los prestigiosos estadistas que se amontonan en la vereda de enfrente.
Ergo, llegan las plagas. Para colmo, el mosquito que transmite el dengue se llama aedes aegypti. Es probable que algún racionalista sonría con desdén ante el argumento, pero para el nivel político e intelectual de la derecha local, parece más que suficiente. La culpa es del gobierno.
Oscar González
Ex Secretario General del Partido Socialista y ex Diputado de la Nación por el Partido Socialista. Actual Secretario de Relaciones Parlamentarias del Gobierno Nacional.