Parece ser que el único objetivo de Chávez es vengarse de esa mitad del país democrática
Sigiloso se mueve Mao en aquel año al que sus acciones convertirán en una experiencia terrible para los chinos. Corre mayo de 1966 y a Mao no le gusta nada lo que viene viendo desarrollarse ante sus ojos: el Partido Comunista gobierna a China con mano de hierro y sin que nada ni nadie se le oponga& pero, no es el Partido Comunista que a Mao le gustaría ver en esa función.
Por eso mismo está a punto de iniciar lo que será su última revolución, como la han bautizado MacFarquhar y Schoenhals (Mao's Last Revolution, The Belknap Press of Harvard, Cambridge, 2006). Durante una década -de 1966 a 1976, año de la muerte de su autor- el "sistema político chino fue lanzado al caos, en un primer momento, para luego paralizarse por completo", expresan estos autores. La China que tenemos hoy, jamás hubiese podido llegar a existir, de no ser porque Mao destruyó la que había, es decir: la que el comunismo había forjado cuidadosamente durante casi dos décadas.
Nadie pareció darse cuenta de cuál era el significado -ni mucho menos la intención- de aquel duro ataque de los radicales de Shanghai en el periódico del Partido en esa ciudad contra la obra de un dramaturgo que, en Pekín, gozaba de todo el apoyo de la dirigencia del Partido. Los días siguientes contemplarían cuán vanos iban a resultar los esfuerzos de esa dirigencia para detener la avalancha que se les venía encima.
Mao quería otro Partido y esta era la oportunidad que con tanto esmero había venido construyendo. Pronto se sumaría a su mujer, devenida súbitamente la lideresa del bloque radical de Shanghai, el mariscal Lin Biao, jefe máximo del "Ejército de Liberación del Pueblo". Con absoluta dedicación, Lin pondría a la fuerza armada al servicio de la completa destrucción de la estructura del Partido. Lo que no imaginaba es que él sería la próxima víctima.
Los primeros tres años de aquella locura no dejarían títere con gorra y los jóvenes estudiantes -los famosos "Guardias Rojos"- pronto serían reemplazados por obreros radicalizados. Como es usual en esos agotadores procesos, rápido aparecieron facciones que se enfrentarían, armados hasta los dientes, en las calles y veredas de aquel inmenso país. Para 1969, con la población exhausta y atemorizada, la revolución cultural, como fue bautizada, se ralentizó, pero sería sólo a la muerte de Mao cuando, por fin, concluiría.
El libro propone, como la espina dorsal de su argumentación, que "para entender el porqué de la China actual, uno tiene que estudiar el qué cosa fue la Revolución Cultural". En otras palabras: sin esa brutal movilización aniquiladora emprendida por Mao, China nunca hubiese abandonado tan presta y decididamente la "vía radical" al Comunismo. Por querer acabar con un Partido rápidamente anquilosado, Mao terminó garantizando la muerte, de hecho, del objetivo y propósito confeso del Partido: la utopía comunista.
Cuando desde Venezuela uno contempla esta historia, que tenemos ante nuestras narices, si queremos descifrar su por qué y su sentido, por fuerza hay que preguntarse: ¿es que la pandilla autóctona no lo ve?, ¿o no lo entiende? O algo peor: que no puede verlo y mucho menos entenderlo, porque en lo que anda esa pandilla es en otra cosa.
¿Se trata, para Chávez y los suyos, de "construir una sociedad socialista", o de llevar a cabo una venganza, mucho más parecida a la de Boves y sus malandros, que a cualquier otra cosa? Cada día que pasa, ese y ningún otro parece ser el único objetivo de Chávez: llevar a cabo una venganza que viene de lejos, sin darse cuenta de que ponerla en marcha, aceleraría su derrumbe.
Lo trágico para él -y para la izquierda ingenua que lo celebra- es que esa vía, precisamente ésa, es la que la historia ha probado ser la más segura para garantizar "todo lo contrario". Allí están la China de Mao y la Cambodia del jemer rojo para probarlo. ¿O es que quiere esperar un rato para ver la prueba más dolorosa para su ingenuidad violada: la de Cuba después de los hermanitos Castro? Aunque de seguir esto como va, cuidado y no desaparece antes de que lo haga el torpe y terco experimento castrista.
Los tiempos para las venganzas no suelen coincidir con los de escasez y penurias. Y si lo hacen, las acentúan hasta niveles insoportables. Pero, ¿no hay algo peor? Sí: la insólita ilusión de que es posible -e incluso recomendable- vengarse de la mitad del país. La democracia, que con tanto esfuerzo esa mitad sostiene, ni puede ni debe servirle de mortaja, y es su obligación defenderse de agresor tan tenaz. ¿O no?
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