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Recuerdos de un compadre cachaco del genial compositor que acaba de morir

Recuerdos de un compadre cachaco del genial compositor que acaba de morir

lunes 18 de mayo de 2009, 02:49h
Actualizado: 20 de mayo de 2009, 22:04h

Así como hay cachacos que se sienten vallenatos, hay vallenatos que tienen vocación de cachacos. El maestro Rafael Escalona era uno de ellos. Nadie que conozca los vínculos entre Valledupar y Bogotá, y cómo estudiaban en la capital los pichones de abogado de La Provincia y cómo los hijos pecosos de los cachacos pasaban vacaciones a orillas del Guatapurí, se extrañaría de que así fuese. Pese a ser friolento como pocos, vivió largos años en Bogotá y allí murió el miércoles pasado.

Escalona compartía más de un cromosoma con los cachacos. Su atención al lenguaje, por ejemplo: dispensaba a las palabras una atención de bogotano decimonónico. Le gustaba la gramática: nunca fue bachiller, porque un balonazo en la cabeza lo sacó de combate y de diploma en el Liceo Celedón de Santa Marta, pero leía tratados de retórica, como cualquier Marroquín o cualquier Cuervo. Además, procuraba cuidar los modales, si bien a veces podía ser cortante con los desconocidos. Profesaba un esmero en el vestir digno de cachaco. Una vez me envió a Madrid una carta donde no pedía jamones, turrones ni boinas, sino unos guantes negros de cabretilla y una navaja toledana para su colección. ¿No es significativo que su finca vallenata se llamara Chapinero?

Pero, por supuesto, Escalona era un hombre de la costa. Fue connotado mamagallista, de los que parecen hablar en serio pero están tomando el pelo. Era quisquilloso y exigía respeto y distancia a quien, sin conocerlo, se tomaba confiancitas. Pero muchas de sus pullas eran circunspectas bromas, como las que describe en su elegía a Jaime Molina. En 2001, por ejemplo, un fax del maestro me pide contactar a Paloma San Basilio, que quería grabar un canto suyo. Y reclama: "Usted jamás se ha tomado la molestia, como cachaco al fin, de hacerme conexión con esa bella dama".

Falsos vainazos aparte, Escalona fue siempre un puente firme entre la costa y el interior. Como el vallenato.

A propósito, Paloma no grabó a Escalona, pero otros artistas españoles sí: Lola Flores interpretó La casa en el aire, el grupo gitano Triana Pura cantó El pobre Migue y Rosario Flores el mismo tema de su madre.

Hijos, silbidos y disparos

Escalona tenía un talento monumental como narrador, un oído perspicaz para las expresiones de sus coterráneos y una habilidad innata para la música. Nunca la estudió. Componía silbando y luego algún amigo trasladaba los silbidos a la guitarra o el acordeón.

Como buen juglar, disfrutaba con los chismes, y como buen poeta, lo apasionaban las palabras. Era fácil de lágrima y solícito en amores; llegó a casarse tres o cuatro veces. Le gustaban el whisky, pintar y los piropos. Dicharachero insigne, dejó frases memorables: "Yo quiero a la que me quiere y olvido a la que me olvida"... "Yo pensé que un mejoral podía curarme este gran dolor"... Alguna vez le preguntaron si era verdad que tenía 50 hijos. "Si cada disparo fuera un muerto -contestó con una sonrisa traviesa--, los cementerios estarían repletos".

Que lo sostenga él, que sabía de disparos y de hijos. No creo que fueran 50, pero pasan de 20. A todos los quiso, a todos los presentaba con orgullo y a todos ayudó a colocarlos. Y digo que supo de disparos, porque alguna vez se batió a duelo, como en cualquier película del oeste. No hubo muertos por aquello de que no todo disparo acaba en la funeraria.

Llámeme "compadre"

Yo admiré a Escalona desde niño, cuando estudiaba bachillerato y vivía a la caza de vallenatos en emisoras de medio pelo y tríos de serenateros. Mi sueño (y así consta en el anuario del colegio) era visitar la tierra donde habitaban Rafael Escalona y los personajes maravillosos de sus cantos. Tardé en lograrlo, pero finalmente aterricé en Valledupar en 1967, acompañando como reportero a un grupo en que se hallaban Gabriel García Márquez, Alfonso López Michelsen y mi mentor periodístico, Alvaro Cepeda Samudio. Acudían a apoyar la iniciativa de Escalona, Consuelo Araujonoguera, Darío Pavajeau y otros próceres que aspiraban a montar un festival vallenato.

Imaginaba yo a Escalona como un agricultor enamoradizo y rústico a quien el gusano se le había comido el arroz y los compadres le dejaban encargada la mujer. Sabía que la música vallenata era fruto de la imaginación de vaqueros, pastores, campesinos y vendedores trashumantes, así que me llevé una enorme sorpresa al conocer al maestro en el aeropuerto polvoriento. Estaba estrenando sus primeros 40 años y tenía un porte recio, casi altanero, y aquella elegancia que conservó hasta el último día. Llevaba --¡con ese calor!¿ corbata, vestido claro con chaleco y zapatos con medias.

El comité de recepción, encabezado por él y otros cuantos blancos, abrazó a los visitantes distinguidos y, mientras descargaban las maletas del DC-3, circuló el primer vaso de whisky. De pronto, Cepeda, que sabía de mi admiración por el compositor y mi afición por su música, se desprendió del grupo y, tomando a Escalona por un codo, se acercó con él adonde yo me encontraba.

-- Anjá -me espetó Escalona--, ¿conque tú eres el cachaco que dizque sabe vallenato?

No recuerdo con qué idiotez o sonrojo respondí a la bienvenida lapidaria. El asunto es que agregó:

-- Vámonos aValledupar, a ver qué tanto sabes. En los días siguientes me presentó a muchos personajes de sus cantos. Ya había muerto Juana Arias, pero conocí, entre otros, al doctor Molina, el doctor Pavajeau, el pintor Jaime Molina, Poncho Cotes, la Maye, Ada Luz, Rosa María, Colacho Mendoza, Toño Salas... Esa vez incluso conversé con el cura franciscano que inspiró El gavilán cebao y con el cura español de La custodia de Badillo...

Fue una parranda de cuatro días que consta en fotos ya clásicas de Gustavo Vásquez. Allí están los grandes del vallenato y la literatura bajo la ceiba de Hernando Molina. Al despedirnos en el aeropuerto, Escalona me otorgó el honroso grado de "compadre". A partir de entonces lo vi muchas veces; parrandeamos en Valledupar y Bogotá, lo visité en Panamá cuando era cónsul y me encerré con él en una hacienda de Quito para oír sus cuentos y construir la teleserie que llevó su nombre.

Mucho más que música

No fue Escalona compositor prolífico, aunque sus 90 canciones son cifra sólida. Pero la variedad de sus ritmos, la pluralidad de sus temas y el amplio registro de sus tratamientos --picardía, nostalgia, amor, despecho, costumbres, muerte¿ le permitieron crear un mundo fantástico de historias, personajes y sentimientos.

Escalona es cabeza visible de un grupo de compositores que difícilmente se repetirá. Pasarán décadas antes de que vuelvan a coincidir bajo la misma ceiba, entre otros, un Escalona, un José Barros, un Campo Miranda, un Leandro Díaz, un Alejo Durán, un Julio Erazo, un Pablo Flórez, un Gustavo Gutiérrez, un Carlos Huertas, un Luis Enrique Martínez, un Lorenzo Morales, un Calixto Ochoa, un Tobías Enrique Pumarejo, un Adolfo Pacheco, un Adriano Salas, un Juan Muñoz, un Pacho Rada, un Abel Antonio Villa, un Emiliano Zuleta...

Referencia indispensable de la música popular colombiana y linterna mágica de la gesta juglaresca costeña, la obra de Rafael Escalona es mucho más que música.
 

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