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¿Hasta dónde, hasta cuándo?

  La situación de tensión, de zarandeo, de bronca en que se mueve la política española crece cada día y alcanza cotas difícilmente imaginables. Así llevamos tres años y aunque unos y otros echan la culpa al contrario, todos son culpables. El PP tardó en aceptar su derrota electoral, independientemente de que hubiera maniobras que la favorecieron. El PSOE aceptó y firmó un pacto con otros partidos de exclusión de cualquier negociación con el PP y Zapatero y sus adláteres han tratado de llevar al PP a la extrema derecha, de anularlo, de acabar con él. Y en algún momento, el propio PP ha estado a punto de darles la razón.

   Pero todo es ya objeto de guerra, y no precisamente fría. Los himnos y las banderas vuelven a separar en lugar de unir; la utilización de la calle por la derecha para expresar su protesta contra el Gobierno, despojando de esa exclusividad a la izquierda, que en la legislatura anterior la usó para poner contra las cuerdas a Aznar; la política del agua y la urbanística; la política antiterrorista, después de años de trabajo en común y de éxito que llevaron a ETA al borde de la disolución; la justicia, con algunos casos verdaderamente cercanos al esperpento y de una gravedad fuera de toda discusión; la política económica, con un bochornoso ejercicio de acción política contrario a todas las reglas del mercado, en contra de empresas y de accionistas y en favor de intereses ajenos. Y hasta la exclusión informativa con dos casos paradigmáticos: el PSOE censura a Telemadrid e impide a sus militantes acudir a esa emisora y el PP veta a El País, después de que su presidente en la junta general de accionistas, en otro ejercicio insopechado, acuse al principal partido de la oposición de querer regresar a la guerra civil. El presidente Zapatero, responsable del boicot a 'Telemadrid', ha dicho que el boicot a 'El País' "restringe libertades y derechos". Estoy de acuerdo. Pero, ¿el boicot del PSOE a Telemadrid reafirma 'derechos y libertades'? El propio periódico ha escrito en un editorial que "ningún ciudadano, ni tampoco ningún medio de comunicación, puede aceptar en democracia una exigencia formulada en términos de intimidación, si no de abierto chantaje". No sólo estoy de acuerdo, sino que creo que es perfectamente aplicable a otro reciente caso que todos recordamos. El problema es que unos y otros sostienen opiniones opuestas según el caso que toque.

   Entramos oficialmente en campaña electoral. Primero las municipales y autonómicas y, después, las generales. Si nada cambia, lo que nos espera puede ser terrible. Y muy peligroso. El presidente del Gobierno declaraba este fin de semana que quiere una campaña "sin gritos y sin insultos, firme en las ideas y serena en las actitudes" y que "la convivencia se cultiva respetando al adversario". Los papeles y los mítines lo aguantan todo. Pero nada demuestra que lo que dice el presidente lo vayan a cumplir... ni el PSOE... ni el PP. El deterioro general, la fractura social empieza a ser verdaderamente preocupante en las ideas, en las actitudes y en las formas de gobernar y de hacer oposición. Se percibe un sentir creciente entre los ciudadanos de que se están acercando al límite tolerable.

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