Había jolgorio en la pecera de los presos. Tanto que el presidente mandó callar varias veces. Y no era para menos. Nada mejor para un delincuente que pillar en renuncio al poli, más aún si el testigo, como era el caso, había sido el jefe de los polis. Y que nadie dude que en ese habitáculo acristalado de la Sala de la Audiencia Nacional de la Casa de Campo hay un montón de delincuentes, que ya se ve y se verá. También fuera, en las filas de sillas que ocupan los procesados en libertad condicional, escoltados permanentemente, a ambos lados, por dos policías nacionales. Pero ellos guardan más las formas, tienen muy cerca al Tribunal y no gozan de la protección virtual que el cristal blindado les ofrece a los prisioneros por el sumario 20/2004.
Ayer una señora entrada en años, de las que muchos días ocupa la primera fila de la víctimas, les miraba con incredulidad, con sorpresa, seguramente con un profundo sufrimiento. La cara de una de sus compañeras en el dolor, de esas que no se ha perdido ni un minuto de estas 21 sesiones de juicio, era de crispación, de profunda tristeza.
Están allí para saber la verdad de lo que pasó, quienes acabaron con la vida de su hijo, de su hermano... de su familiar, aquella horrible mañana del 11M, en la que sufrimos la mayor tragedia tras la Guerra Civil, provocada por seres humanos que ha desangrado a este país. Y para asegurarse que se haga justicia.
Y su sorpresa no podía ser mayor. Agustín Díaz de Mera, responsable de mandar durante varios años a decenas de miles de policías en toda España para que hicieran cumplir la ley a los ciudadanos, se negaba a aportar datos al Tribunal, a cumplir el mismo con lo estipulado en la ley de Enjuiciamiento Criminal para todos los españoles. Negaba un nombre a través del cual la Justicia podría indagar sobre un informe supuestamente relevante para conocer la verdad del 11M, esa que buscamos todos, especialmente las víctimas, entre ellas las dos señoras de la primera fila que echaban ayer la tarde en la Casa de Campo porque posiblemente no tendrán nada que hacer más importante en muchos años.
El morbo mediático y conspiratorio está servido. Sus fieles alimentadores, entre ellos los diputados del PP Del Burgo y Martínez Pujalte, se debaten entre seguir sembrando dudas sobre el proceso y elogiar la supuesta grandeza moral de su compañero eurodiputado que prefiere sufrir las consecuencias penales a delatar a su confidente. Menos mal que el jefe político de todos, Mariano Rajoy, parece aportar un poco de cordura y ha dicho que la obligación de este testigo es colaborar con la justicia. Pero esto no es un debate parlamentario, ni una tormenta dialéctica en un programa de debate. Estamos en un juicio oral, el acto supremo de la Justicia para esclarecer delitos y hacer pagar sus culpas a los delincuentes. “Medite las consecuencias de su actitud para los ciudadanos, para las partes, para los afectados por el proceso...”, sugería firme y solemne el presidente Javier Gómez Bermúdez entre el estupor de las víctimas y el jolgorio de los acusados de la pecera.
Díaz de Mera fue o no quiso ser consciente de dónde se encontraba, en el mundo de las pruebas y los hechos, ante el imperio de la ley. Es posible que como eurodiputado se haya olvidado de lo que eso significa. En ese mundo en el que se puede decir una cosa y la contraria sin que nada realmente trascendente ocurra. Ganar o perder una votación, una moción, ¿qué mas da? Aquí no. Las pruebas sirven para buscar la verdad y lo que se dice o se prueba o se dan señas para investigarlo por si tiene algún valor para hacer justicia. Es la ley y hay que cumplirla. Y Díaz de Miera es un representante de los ciudadanos en un Estado de Derecho y lo tiene que saber mejor que nadie: muchas de las leyes que hoy se exige cumplir a los ciudadanos llevan su voto, de cuando era diputado en la V legislatura y senador en la VI.
Eran y son 'lex', 'dura lex' para todos, directores de la policía, diputados, senadores y eurodiputados incluidos. Lo de menos es si este parece que indigno representante de los ciudadanos es multado o procesado por su actitud. Lo de más es, como diría el presidente, “las consecuencias de su actitud para los ciudadanos”. Sentado frente al Tribunal, pendiente solo de los letrados, la fiscal y los magistrados, Díaz de Mera daba la espalda a las dos señoras de la primera fila de las víctimas y a todas las demás. No consta que al terminar su declaración se encontrara de frente en ningún momento con alguna de ellas. ¿Sería capaz de mirarlas si se las encuentra y de seguir obstruyendo la acción de la justicia?