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Un homenaje a Mariano Rajoy

Valencia, ciudad que conoció el primer 'salto de valla' con que los suyos propios querían poner obstáculos al liderazgo de Rajoy en el PP, alberga ahora, este sábado, lo que podríamos considerar como un homenaje al Mariano Rajoy triunfante. No es mala idea, porque todo lo que hagan los suyos ahora para empujarle hacia La Moncloa será, incluso, poco. Rajoy es, ante todo, una persona de probada honradez, con grandes dosis de sentido común y con virtudes innegables, algunas de las cuales se contrarrestan con serias carencias. No es carismático, pero ¿lo era Aznar cuando accedió al máximo poder? No tiene demasiados amigos, pero ¿es esto inconveniente o ventaja para quien tanto puede hacer por sus allegados? Yo diría que su mayor defecto podría ser la que algunos considerarían su mayor virtud: piensa demasiado en las consecuencias de lo que va a hacer...y al final, a veces, no lo hace. Es el reverso de la moneda respecto del intuitivo, a veces excesivamente imprudente, Zapatero.

Ahora, a Rajoy se le ha encasquillado el tiro de la regeneración imprescindible en su partido. Lo digo fundamentalmente, desde luego, por el tesorero, Luis Bárcenas, cuya dimisión pide, en voz baja pero audible, una inmensa mayoría del PP. Cuando escribo este comentario, los rumores acerca de una pronta salida de Bárcenas de su cargo son insistentes: puede que le quede poco en el despacho, pero también puede que siga en su resistencia numantina y acaso algo amenazante, provocando un inmenso boquete en sus propias filas.

A la hora de ilustrar el carácter algo indeciso de Rajoy, podría encontrar otros varios ejemplos. El líder del PP combate mejor contra los errores de Zapatero y su gobierno que contra los desmanes en su propio partido; no ha puesto el suficiente orden en el PP, las relaciones con los responsables del partido en Madrid, comenzando por Esperanza Aguirre, son siempre inestables, y la cosa no funciona demasiado bien entre algunos de los dirigentes del actual ‘núcleo central’ de los ‘populares’. No es Rajoy persona de puñetazos en la mesa; sus cabreos son más bien sordos y rara vez los exterioriza, cosa que algunos, erróneamente, confunden con que se le puede tomar impunemente el pelo. Pero alguna vez debería dar ese puñetazo, intensificar la navegación por el mundo de la comunicación -que, como la política internacional, no le gusta- y convencerse de que, para hacer una tortilla, hay que cascar huevos.

No es, en fin, misión de los periodistas, ni siquiera de los comentaristas, dar consejos, sino analizar realidades. Mal político sería quien siguiera a pie juntillas los avisos de los muchachos de la prensa. Mi análisis de lo ocurrido en este año de Rajoy, desde aquel congreso valenciano que lo proclamó presidente del partido, es que no ha sido tan, tan ‘horribilis’ para él: ha sabido liberarse de ataduras ultras, ha virado hacia el centro, ha participado muy activamente en dos campañas victoriosas. Eso sí: su partido le sigue dando disgustos, pero ya se sabe que, en política, hay amigos, enemigos, enemigos mortales y correligionarios. Rajoy lo sabe perfectamente, y apenas tiene, como decía, amigos; sus enemigos son sus adversarios políticos, y a esos sí sabe cómo tratarlos. Es con los correligionarios con los que continuamente tropieza.

Tengo para mí que, en este día para él festivo y triunfal, el ‘affaire Bárcenas’, pongamos por caso, es para Rajoy un reto más importante que el resultado de unas elecciones autonómicas o europeas. ¿Sabrá, al fin, saltar una valla que hasta ahora se le ha resistido?
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