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¿Quiere Rajoy ganar?

No ha sido el primer triunfo dialéctico de Rajoy sobre Rodríguez Zapatero, porque lo cierto es que el líder del PP gana con frecuencia los debates parlamentarios al presidente del Gobierno, pero sólo en términos de polémica y argumentos. Luego llega la hora de los votos y la mayoría de escaños nunca refleja la sensación de las tribunas. En el Congreso, Rajoy gana en razones y pierde en votos. De ahí la euforia del PP esta semana. La ventaja en “share” de audiencia es sólo una parte del éxito alcanzado. Los más variados sociólogos y analistas, incluso algunos conocidamente favorables al PSOE, dan por cierto que Rajoy estuvo mejor, más equilibrado y convincente, más “cercano” que días atrás Rodríguez Zapatero.

Es divertido el esfuerzo de Lorenzo Milá para eludir la mala cara del poder, con el retorcido argumento de que la mayor audiencia de Rajoy se debe al éxito del anterior programa con Rodríguez Zapatero. Dialécticamente es ingenioso, pero los hechos son los que son y muchos españoles han descubierto lo que sólo sabían los frecuentadores de las tribunas del Congreso, esto es, que Rodríguez Zapatero no pasa de recitador de textos, mejor o peor preparados por otros, con menos que limitada capacidad de generación de ideas propias. Nada que ver con la eficacia dialéctica de Felipe González, la brillante inteligencia mal comunicada de Borrell, la sólida preparación de Almunia o el ingenio teatral y corrosivo de Alfonso Guerra, por poner sólo algunos ejemplos de su propio partido.

Tras el éxito de Rajoy en televisión, el aparato socialista de Ferraz se ha refugiado en el empeño por saber lo que cobra el líder del PP. Tanta manía como tienen a los americanos y resulta que José Blanco acude a un efectismo típicamente “made in USA” contando su propia retribución, por cierto envidiable, 6.000 euros de vellón mensuales, que desde luego no los gana cualquiera. El diputado “jabalí” del PP, Martínez Pujalte –que por lo general mejora mucho cuando no habla– ha estado por una vez ingenioso al decir que José Blanco gana “20 veces más de lo que ganaría en otra actividad por su cualificación profesional”. Hay que ver lo bien que retribuye la política a algunos.

A diferencia de Rodríguez Zapatero, Rajoy es un hombre intelectualmente sólido, fiable, de carácter poco o nada autoritario y que dice cosas razonables. Convendría, por tanto, que el PP se preguntara por qué gana en los debates y pierde las votaciones. ¿Es que alguien piensa, por ejemplo, que el muy moderado nacionalista Durán i Lleida –democristiano y centrista–, cuando vota con Rodríguez Zapatero lo hace sin taparse previamente la nariz? Y como él, no pocos políticos en los escaños y muchos ciudadanos ante las urnas. En definitiva, el problema de Rajoy, lo que le impide cruzar las candilejas, no está en los escaños de enfrente, es decir, en el adversario político, sino a su lado, en los escaños propios. “Líbreme Dios de los amigos, que de los enemigos ya me cuido yo”, debe pensar.

Aparte de los obligados a ello por disciplina de cargo ¿alguien niega a estas alturas, incluso en las filas socialistas, la evidencia de que ETA engañó desde el principio a Rodríguez Zapatero y ha estado jugando con él hasta meterle en el callejón en que ahora se encuentra? Por eso no tiene sentido político, incluso es contraproducente, la obsesión por encontrar a ETA en el 11-M, donde probablemente no estuvo, cuando sin embargo ha estado y está en otro sitio mucho más políticamente letal, que es en la negociación asimétrica con Rodríguez Zapatero, probablemente incluso desde antes del 11-M.

Sugiero a los empecinados en el “queremos saber” del 11-M que se apliquen a saber cuándo, cómo, por qué y a través de quienes empezó el entonces jefe de la oposición Rodríguez Zapatero a negociar con ETA, lo que supondría una flagrante violación del pacto por las libertades y contra el terrorismo, y explicaría de manera coherente su rápido interés en cancelarlo. Como es fácil quemarse cuando se juega con fuego, Rodríguez Zapatero huela a chamusquina, una vez que ya no puede llamarse a engaño sobre la evidencia de que ETA le ha engañado una y otra vez.

Los que sin duda estuvieron en el 11-M fueron los islamistas. Así que Rodríguez Zapatero deberá alguna vez explicar a la ciudadanía sus razones para esa traición, inmensa traición, afortunadamente ya enterrada en el descrédito global, que fue la pretendida “alianza de civilizaciones”, como si la civilización fuera un nuevo modelo plural de partidos globales, o por decirlo de otra manera, como si la barbarie fuera, en su extravagante universo mental, una forma homologable de civilización. También es natural que así lo piense el amigo de tan prestigiosos civilizadores como Chaves, Morales, Erdogan, Putin y los más radicales líderes palestinos.

Por eso es inmensa la responsabilidad de Rajoy a menos de un año de las obligadas elecciones generales y con la posibilidad, cada vez menos improbable, de que Rodríguez Zapatero las adelante si los resultados de mayo no le son muy adversos y para intentar adelantarse a la encerrona final de ETA. El PP tiene que dar otra imagen, regresando a un centroderecha moderno, reformista, avanzado en las libertades y derechos civiles, sólido en los principios y progresista en las prestaciones sociales. Rajoy debe tener a su lado a los políticos de su partido que representan esa oferta a la ciudadanía, que los hay, y librarse de malas compañías.

Además,como nuestro vecino del norte no es cualquier cosa, las elecciones que a estas horas se están celebrando en Francia tienen importancia no sólo en el propio país, sino para el conjunto de la UE y de manera especial, para España. Sarkozy ha llegado favorito a la barra de salida, pero la certeza de una segunda vuelta complica la situación. Lo ha explicado muy bien, en una entrevista en EL MUNDO, el intelectual de izquierdas Alain Touraine, ídolo de los francófilos de nuestro país: es muy difícil que el centrista Bayrou pase a la segunda vuelta, pero la paradoja es que, si lo consigue, Bayrou podría ganar a Sarkozy, lo que es prácticamente imposible que logre la pintoresca socialista “guay” Ségolène Royal.

Bueno, en esto no caben paños calientes, porque los protagonistas están muy definidos. Sarkozy desprecia a Rodríguez Zapatero y sería otro apoyo para el PP en el ámbito de la UE, lo que dejaría al actual Gobierno español sin más aliado que el muy escéptico e interesado del italiano Prodi. La superficial Ségolêne Royal, que rompe la tradición intelectual del socialismo francés, se entendería a las mil maravillas con Rodríguez Zapatero. ¿Y si lo improbable se hiciera posible y ganase Bayrou? Esa pregunta no tiene, por ahora, respuesta.

El eventual triunfo de Sarkozy tendría el valor añadido de hacer posible una seria y quizá definitiva estrategia policial para terminar con el medio siglo de terror de ETA. En lo europeo, Sarkozy podría entenderse bien con la potente Merkel y restablecer la unidad de acción de los países centrales, lo que abriría expectativas para desbloquear el proceso de institucionalización europea y salir del estancamiento generado por los Craxi, Schroeder, Chirac, Giscard y demás cofrades del círculo del que es primera regla de cautela no decir su nombre. Y una posibilidad de frenar a Putin, si todavía es posible.

En la Unión Europea, el juego de fuerzas y equilibrios es de una extraordinaria complejidad. La diversidad histórica e intelectual del viejo continente, la fuerza de nuestras raíces éticas y morales, no se presta a las cómodas simplificaciones que permite la política en una nación inmensa y diversa en lo geográfico como Estados Unidos, pero vertebrada en el sólo eje de la peregrinación hacia el oeste, hacia la nueva frontera. Esto complica las cosas, pero también enriquece las opciones. Las dificultades del presente de la UE son precisamente las que garantizan su grandeza estelar del futuro.

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