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¿Termina pronto la crisis?

¿Termina pronto la crisis?

Seguro que los lectores conocen el chiste que circula por todas partes, aunque como es natural con mayor intensidad en el Madrid de este ominoso “invierno del descontento” del año que acaba de iniciarse. Es muy expresivo del clima de opinión –al mal tiempo, buena cara– que se vive cuando las economías familiares profundizan su deterioro, en las empresas aumentan los temores e incertidumbres y, por vez primera en décadas, se encienden luces de alarma en las cuentas públicas y en las prestaciones sociales.

Cuenta el chiste que vuelven a la tierra y a sus respectivos países Obama, Putin y Rodríguez Zapatero, tras una reunión urgente a la que habían sido convocados por Dios, y los tres dirigentes explican a sus conciudadanos, cada uno a su manera, lo que Dios les ha revelado. Dice Obama que vuelve con dos noticias, una buena y otra mala: la buena es que Dios existe y la mala que el mundo va a desaparecer dentro de tres meses. Explica Putin que trae dos malas noticias, que el mundo va a desaparecer en tres meses, y que Dios existe. Y anuncia triunfal Rodríguez Zapatero las dos buenas noticias que le han sido reveladas: Dios existe y está a punto de terminarse, en sólo tres meses, la crisis económica. Así es, en efecto, la realidad según Rodríguez Zapatero.

Nadie sensato podía esperar, después de una transición tan ejemplar y afortunada y de disfrutar gobiernos ideológicamente muy distintos pero todos ellos eficaces y creíbles en grado razonable, que el país volvería a las peores incertidumbres y al convencimiento generalizado de que los actuales detentadores del poder político sencillamente nos mienten, no para hacernos menos difícil el incómodo trago de la realidad, sino porque la verdad no les importa, como no les importa el país, ni saben qué hacer con la economía, sino que sólo les interesa e importa mantener el disfrute, material y emocional, de las prebendas del poder.

Pero la realidad que se ignora no desaparece por ignorarla. No es ya sólo que cada semana crezca el número de empresas abocadas a la reestructuración o, en el caso de las medianas y pequeñas, al puro y duro cierre, y que miles y miles de trabajadores vean acercarse el terrible fantasma del desempleo sin que nadie en el Gobierno parezca preocupado por otra cosa que no sea la propaganda. Es también que sobre el horizonte de la crisis se ciernen nubarrones de apariencia devastadora, sin que se haga nada, o por lo menos, nada visible, para paliar o reducir los previsibles efectos, y lo que es aún peor, sin que la oposición sea capaz de traducir la ventaja que ya le dan todas las encuestas en una gran respuesta civil contra la mentira y el desgobierno.

En estos recientes días de fin de año la misma queja se ha oído por cenas y tertulias, lo mismo las de alto nivel, que las de gentes del común: ¿Qué hace la oposición? ¿Dónde está Rajoy? ¿Por qué no convoca a todas las fuerzas políticas externas al Gobierno para consensuar, e imponer luego en el Congreso, ese imprescindible plan para afrontar la crisis, reconducir la economía, acelerar el inicio de la recuperación y dar arquitectura y solidez a esa recuperación?

Y lo más desesperante de todo es que las condiciones, y la disposición de los interlocutores, serían óptimas para construir un gran consenso transversal como aquel inolvidable que, mediante los entonces llamados 'Pactos de La Moncloa' –impulsados por el inolvidable Adolfo Suárez y respaldados por ese otro gran hombre de Estado que era Felipe González y por los dirigentes políticos, empresariales y sindicales de todos los colores y partidos, que supieron dar la talla y ponerse a la altura de las circunstancias y necesidades del país– nos permitieron superar la muy seria crisis de los años setenta, salvar la transición política y recuperar la economía española.

Sucede que la realidad es como es. Mientras Rodríguez Zapatero siga en La Moncloa, democráticamente legitimado para ello como es preciso reconocer que lo está, España seguirá profundizando en la condición de “enfermo de Europa” y la salida de la crisis y posterior recuperación económica serán más difíciles, necesitarán más tiempo y serán menos sólidas, dejando más riqueza y empleo en el camino. ¿Habría decisiones de política económica capaces de paliar la dureza de la crisis, mitigar sus consecuencias y orientar los esfuerzos de empresarios, profesionales y trabajadores hacia el inicio de una rampa ascendente, decisiones que entre todos se pudieran consensuar? Pues bien, las hay, aunque estén ausentes de las iniciativas del actual Gobierno.
 
De ahí la necesidad de hacer viable una alternativa razonable. La crisis es económica, pero la política tiene mucho que ver con su intensidad y sobre todo, con su descontrol. Los españoles tenemos derecho a que, ante la evidente incompetencia del actual Gobierno frente a la crisis económica, las restantes fuerzas políticas hagan de la necesidad, virtud, de forma y manera que España inicie la salida de la crisis por supuesto que no antes, quizá ni siquiera al mismo tiempo, pero por lo menos no demasiado después que nuestros vecinos de los grandes países de la Unión Europea. Afortunadamente, el mundo no se va a acabar, pero la crisis económica tampoco lo hará por sí sola.
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