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Pensar y seguir creyendo: las incertidumbres de la religión

Pensar y seguir creyendo: las incertidumbres de la religión

El mundo social sigue siendo un escenario de rituales religiosos inacabables. En el área andina de América Latina, especialmente en Bolivia, Perú y Ecuador, el tiempo religioso con frecuencia nos arroja hacia los fetos de ovejas, dulces, inciensos y alcohol; preparados especiales para una mesa de sacrificios en honor a la madre tierra o Pachamama. Estas prácticas simbólicas son expresión de la religiosidad en el mundo andino de los aymaras y quechuas que se han mantenido hasta el siglo XXI.

La historia latinoamericana está envuelta de alegorías, entre las que se destacan los mitos prehispánicos de Thunupa, Pachacamac, Viracocha, Apo Katequi y Maco Capac. Seres extraordinarios, algunos miembros de la más fina prosapia incaica que, una vez muertos, son elevados a la categoría de dioses para proteger al mundo andino, orientando la vida colectiva de los ayllus pero, simultáneamente, del conjunto de las sociedades modernas donde conviven las contradicciones no coetáneas a las cuales se refería Ernest Bloch; es decir, la pervivencia de diferentes tiempos que como estratos profundos entremezclan el pasado pre-colombino con la postmodernidad actual. La firmeza con que siguen expresándose las religiones en la secularización de la post-modernidad actual, obliga a reflexionar en torno a la genealogía de las religiones como estructuras de significado y como un sistema de comunicaciones entre los seres humanos y sus dudas respecto a la divinidad.

La religiosidad es un hecho sociológico preñado de simbolismo y cosmogonía que hoy se convierte en intensas creencias para cualquier estrato social. En unos casos, se busca la conexión con una trascendencia que ofrece un más allá consolador, mientras que en otras situaciones, lo más llamativo es la dialéctica de oposición complementaria entre hembra y macho, arriba y abajo, e izquierda y derecha como todavía lo muestran los ayllus o las comunidades amazónicas. Polos bifurcados que definen la identidad cultural indígena y las prácticas religiosas de las grandes urbes donde se habla intensamente de un “retorno o resurgimiento de la Religión” como respuestas filosófico-metafísicas al margen de la racionalidad instrumental en una era de globalización económica y cultural.

En América Latina pueden rastrearse claramente las creencias religiosas que inter-relacionan el Catolicismo con lo “trascendentalmente Otro” del mundo andino-amazónico: los dioses que habitan las alturas circundadas por el dominio de los cóndores, junto a la Cruz del sacrificio cargado de valores en el mundo de la vida familiar contemporánea. El viento sopla por la fuerza de Apus, Achachilas y Apachetas, dioses que gobiernan los nevados: Aconcagua, Chimborazo, Sajama e Illimani. Los dioses míticos son muy exigentes y demandan compromisos inexplicables, por lo que una expiación es imprescindible para la vida de una comunidad rural o urbana. Si el Cristianismo trascendió por 20 siglos, fue porque las estructuras sociales están entretejidas de imaginarios respecto a una vida después de la muerte. La religión como preocupación inmanente, se expresa al mismo tiempo como estructura ideológica que la sociología y el psicoanálisis intentan explicar. Pero ¿vale la pena seguir insistiendo en que es posible amalgamar el pensamiento racional con las necesidades humanas de creer en una divinidad?

La religión es un componente de la conciencia colectiva en las ciudades y las comunidades rurales. Para muchos, los dioses otorgan poder a las autoridades, rigen el derecho y enseñan el camino por donde transitar a lo largo de los siglos. En la sociedad moderna o post-moderna nada está más allá, o fuera de la religiosidad. A lo largo de América Latina, antes de la conquista española, la personalidad indígena probablemente estaba dominada por una fuerza predominantemente masculina. Las culturas andinas del Incario eran guerreras y Viracocha, dios masculino, constituía el símbolo del poder y la virilidad; sin embargo, después del trauma político y cultural de la opresión colonial, la personalidad andina tal vez se feminizó, razón por la cual Viracocha dio paso a la preponderancia de la Pachamama. Si la personalidad andina contemporánea es en cierta forma sumisa y doble, las sociedades modernas son también religiosas y creyentes, al mismo tiempo que desencantadas y dominadas por la Razón occidental iconoclasta.

Por cumplir con los designios de la Pachamama, los creyentes andinos o cholo-mestizos como son llamados en Bolivia, Perú y Ecuador, suelen ofrecer libaciones de todo tipo para obtener diversos favores insondables, valorando también el pésame de la semana santa católica, aunque la historia del pueblo judío y la Biblia, tengan poco que ver con las tradiciones ancestrales de América Latina. Súbitamente, la contemporaneidad confunde miles de años de historia y las creencias religiosas andinas, judeo-cristinas u orientales, dan lugar a una serie de expectativas para explicar la situación actual del Hombre y su destino terrenal.

El alcohol junto con la embriaguez es una obligación en las fiestas patronales, por ejemplo para el Día de los Muertos en México y Bolivia. El incienso purifica todo dominio religioso, al mismo tiempo que los ritos de sangre (simbólicos o reales) siguen constituyendo un recurso para alimentar el fulgor divino. ¿Es la religión una preocupación únicamente filosófica, o existen formas más científicas para comprender sus alcances en los sistemas sociales?

El misterio que rodea toda práctica religiosa no es sino un fuego de artificios y formas alternativas de racionalización. Avanza paralelamente al crecimiento de la fe y la seguridad en que se debe sacrificar para la Madre Tierra o para Cristo redentor. Las sociedades contemporáneas no se han secularizado de manera drástica ni absolutamente. La Razón de la Ilustración aún convive con la búsqueda incesante de lo sagrado, de aquello inalcanzable pero pacificador: el mañana mesiánico como esperanza futura al lado de fuerzas divinas, pero también como consciencia vigilante donde la razón crítica, aparentemente comparte espacios con la teología, la utopía y la misma epistemología, según algunos teóricos de la Escuela de Frankfurt, por ejemplo, Theodro W. Adorno y Max Horkheimer, raíces intelectuales que han contribuido al pensamiento filosófico, así como a las reflexiones sobre el papel de la religión en el desarrollo de un conocimiento crítico-metafísico.

En pleno siglo de las revoluciones tecnológicas de la comunicación y la “sociedad global” como solía pensar el sociólogo Niklas Luhmann, no representa un exotismo escuchar que en Bolivia surjan rumores (o tal vez experiencias reales) donde en muchos edificios, puentes o casas de las grandes urbes y sus alrededores, se rinda un culto insólito y sangriento para la Pachamama con el objetivo de evitar su ira. En muchos casos se entierran en los cimientos criaturas de llama, mientras que en la obras de gran envergadura estaría permitido el sacrificio de seres humanos que podrían ser depositados para rendir pleitesía a la mitología, luego de un rito donde se los hace comer y beber profusamente hasta morir.

Los artilugios de la fe ancestral, muchas veces tienen un enorme contenido violento que, extrañamente, es asumido por los ciudadanos de toda laya en tiempos post-modernos. La fe está simultáneamente conectada con la razón científica, con las explicaciones que han desencantado al mundo actual y aún se transporta firme hacia diferentes dimensiones que se resisten a reconsiderar lo religioso únicamente como falsa consciencia. La Religión y toda expresión de religiosidad es parte de la vida cotidiana, consolando el ánimo de aquellos que buscan fortuna y explicaciones como parte del enigma que circunda nuestra existencia en este mundo, rodeados de espíritus benignos y malignos, invadidos de supersticiones, cuentos, liturgias de sangre, racionalidades y utopías en medio de un baño de caos y orden.

El sistema religioso tiene que ver con la función que cumple la religión dentro de la sociedad, es decir, qué significa administrar la inevitabilidad de la contingencia en toda existencia humana. Las creencias religiosas aseguran que la comunicación sea exitosa dentro de la sociedad, expresándose por medio de elementos espirituales que buscan trascender la fragilidad de los seres humanos. Esta trascendencia se convierte en una meta-comunicación con un entorno posible, situado más allá de la experiencia social, pero comunicando mensajes hacia el espacio terrenal y estableciendo un sistema religioso como comunidad de pecadores. En la sociedad moderna de hoy se transita constantemente del ritual al dogma religioso y viceversa.

El rito es propio de las sociedades arcaicas y segmentarias donde impera una comunicación religiosa caracterizada por la oralidad (una retórica), mientras que el dogma religioso distingue a las sociedades más avanzadas donde la comunicación está mediada por la escritura y los materiales impresos. El problema del dogma, sugiere que la religión requiere una comunicación más sistemática y totalizadora si busca convertirse en una doctrina; es decir, en un patrón de comportamiento con pretensiones de universalidad y con postulados sobre el pasado, el presente y el futuro.

Este sistema de comunicación ha funcionado de manera similar al sub-sistema de la ciencia, cuyos dogmas representan circuitos de información pero secularizados; sin embargo, el punto de partida inicial es la religión, que en sus orígenes poseía una rica imaginación sobre el universo, sus orígenes y destino, cambiando después sus orientaciones para transformarse en un conjunto de instituciones que requieren restringir aquella imaginación con regulaciones sociales para funcionar como una comunicación más eficiente en términos de poder, tanto dentro del sub-sistema social, como para el ejercicio del poder que se impondrá sobre los diferentes individuos conectados con la comunicación religiosa.

Lo sagrado en la sociedad logró combinar, por una parte el tratamiento pragmático de los objetos religiosos, rico en astucia y determinado por la situación de las sociedades antiguas, con la segregación y el misterio de los signos respecto a Dios y su doctrina racionalizada en la tierra por las iglesias de la sociedad moderna. En las sociedades antiguas la comunicación funciona al interior de los límites entre lo familiar y aquello no familiar, lo conocido y no conocido; el fenómeno religioso es entendido por casi todos los miembros de la sociedad de una forma similar. La función de la religión arcaica es brindar sentido al mundo que es sufrido desde la perspectiva humana. Por lo tanto, lo sagrado invade todo aspecto de la vida y el mundo es experimentado por todos como un misterio, un secreto pero simultáneamente como una revelación.

Lo sagrado es el imperio del misterio junto al dolor que rodea a la pregunta ¿por qué somos tan frágiles y tenemos que morir? ¿No es la muerte, incluso para los que creen en la inmortalidad del alma y el cuerpo, el verdadero misterio? El hombre moderno racionalizó lo sagrado y así perdió el significado profundo de lo que significa la sacralidad y lo inevitable de la muerte. El temor a morir y desaparecer por completo mantiene vivo al sentimiento religioso, como un consuelo respecto a lo sagrado y un sueño por no desaparecer de manera drástica, sin sentido y absolutamente de este mundo.

Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, [email protected]
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