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Mi corazón sangra

Cuando lo pienso, mi corazón sangra”, dice el último verso de la sexta estrofa del himno de Holanda, que nació como canción popular en el siglo XVI, titulada Het Wilhelmus o El Guillermo, donde el tal Príncipe de Orange se clona con las voces de la primera estrofa al clamar “libre y valiente soy y al rey de España siempre he honrado”. Esas estrofas cantaron los jugadores de la selección naranja de Holanda, invictos hasta los minutos finales de la final, cuando en medio de todo el ruido del mundo, toda la adrenalina posible, un pequeño arcángel, ya declarado fantasma sin tatuajes ni la pretensión falsa de los jugadores que se creen metrosexuales, tuvo a bien habitar el espacio más silencioso del mundo, un hueco vacío en medio de una pradera verde donde el tiempo se detuvo para que hiciera un gol histórico. Merece un ensayo aparte el noble afán de correr hacia fuera del campo y quitarse la camiseta, sabiéndose acreedor a una amonestación, para honrar la memoria de un compañero muerto y merece encomio y aplauso la humildad sincera con la que ha vivido el alud de emociones y algarabías que acompañan ahora su gol y su forma de jugar. Pensándolo bien, su corazón ha de sangrar con sístole y diástole de hombre bueno, sano en sus juicios y en su entrega cotidiana a una rutina deportiva que parece alejada de todos los reflectores, siendo precisamente epicentro luminoso de tantas estrellas.

Pensándolo bien, mi corazón sangra hoy de feliz nostalgia y felicidad contagiada. Late con cada milímetro de recuerdos de tantos amigos españoles que me acompañan a diario, de lejos tan cerca; vivos y muertos, escritores y pedestres, pensadores y hacedores, lectores y analfabetas, obreros y académicos, toreros y futbolistas, camareros y porteros, alpargatas y corbatas, mesas de mármol blanco y cigarrillos sin filtro de tabaco negro, gaseosa casera y vinos de la casa, calles estrechas de todos los siglos y los ocres paisajes de todos los climas… Sangra mi cor azón con los nombres de mis amigos que ya no vieron la Copa enhiesta, por gol de Iniesta y la punta milagrosa de las botas de Casillas y el cabezazo de Puyol y todos los goles de Villa que parece un macarra dispuesto a ir a por todas con tal de meter gol o triangular jugadas de fantasía entre Xavi y Cesc y todos los nombres de todas las banderas que llevan hoy los mismos colores y que en los ojos de los niños no hablan de separatismos, sino del rojo fervor de lo insólito: de lejos, la Gran Vía parecía alfombrada de claveles y millones de gritos bañados con vinillo de Jerez y coros memorizados al instante en el jolgorio y desmadre donde nadie imaginaría que un pulpo se vuelve ídolo de peluche para esa niña que es llevada por su padre en hombros, al lado de ancianos que no tuvieron que abandonar sus pantuflas para echarse a las calles y bañarse en las fuentes… Cibeles en olor de multitudes, Atocha de todas las estaciones de trenes del mundo, la renacida testigo de caras felices y rostros satisfechos… y los coros al unísono y por unas horas, que se alargan en días, sangra el corazón pura felicidad por cada persona, cada párrafo y cada piedra que amo de España.

No dejaré sin mención el coraje naranja que se convertía en ira, las marrullerías y patadas que deshonraban a Flandes como si no fueran vistas por todos los ojos del mundo. Todas las miradas, menos la del árbitro en esa dicotomía que ya tendrá que resolver cuanto antes la FIFA: sabiéndose vistos a los ojos del mundo es imperdonable que la esencia de los juegos dependa del muy subjetivo criterio y de las dudosas dioptrías de los llamados árbitros y, para más detalle, sabiéndose partícipes del millonario negocio habrá que arbitrar el milagro de un equipo como el del Uruguay, que sin primas millonarias sudó hasta el último minuto su muy honroso cuarto lugar entre todos los equipos del mundo, bajo la batuta del director técnico peor pagado del torneo… y de México ni hablar: ¿no será ya hora de que pongan orden entre los descarados magnates que se adueñaron del juego? ¿No será ya el tiempo de que alguien castigue y frene los abusos obvios de quienes son dueños de dos o más equipos que juegan en la misma liga, supuestamente enfrentados legalmente? ¿No será ya hora de volver a construir la liga, que empezaba en agosto y terminaba en mayo, a visita recíproca entre todos los equipos y bajo el simple criterio de que quien gane más puntos queda campeón y ya está?

Cuando lo pienso, mi corazón sangra de nostalgias por ese juego que se jugaba antaño con un balón quizá no tan redondo, pero entre jugadores que se jugaban la gloria por el sudor de su amor a la camiseta y no tanto por el contrato millonario de los anuncios. Por lo mismo, mi corazón sangra de veras con el detalle salvador de que fuera Andrés Iniesta el autor del último verso del enrevesado Mundial africano y vuelvo la mirada a los millones de españoles en coro, las caras de júbilo que estallaban al mismo instante en las ramblas de Barcelona y a las orillas del Guadalquivir, las plazas empedradas de Galicia y los prados de Asturias, la memoria entera de Toledo y cada centímetro de Madrid y pienso entonces en todos los nombres y tantas palabras, el concierto de los árboles y los óleos de los museos, los diferentes sabores del queso y el jamón de bellota, las sobremesas sin final y las caminatas entre prójimos y próximos, entrañables fantasmas que te miran de frente y a los ojos, los que estorban y los que preguntan toda obviedad, las viejas que se quedan calladas con la mirada al vacío y los niños con gafas, las bufandas y los juegos de palabras, los atardeceres y tantos miles de sudores rancios que curran desde temprano, incansables, manos inmensas, mono azul y la hora de la siesta, la música de todos los tiempos y las carcajadas que se escuchan aún en corralas supuestamente deshabitadas, el sabor de la naranja y la conjugación rara de los verbos o el laísmo o los ojos callados… y pensándolo bien, mi corazón sangra y siempre sueña la Gran Vía alfombrada por millones de claveles rojos, banderas, banderolas, banderillas, la noche que no termina y el día que espero con ansias… insólito e increíble, como mínimo instante callado en medio de un verde vacío, a punto de convencerme que España entera gana el Campeonato Mundial de Futbol.

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Opinión extraída del Periódico Milenio 15/07/10

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