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Crisis y recta final de ZP

Crisis y recta final de ZP

No hay sorpresas en la remodelación ministerial con la que Rodríguez Zapatero, fiel a la vieja advertencia de “¡dimitir, jamás!”, intenta ganar tiempo al tiempo y mantenerse en La Moncloa, única forma de evitar la rebelión a bordo del PSOE que tanto se ha rumoreado en los últimos tiempos. La realidad es terca y acaba por imponerse. Los (y las) ministros salientes eran los más manifiestamente inverosímiles, encabezados no tanto por una Fernández de la Vega que no es víctima de sí misma, sino de la incontenible ambición de Pérez Rubalcaba, como por un Moratinos que viene siendo motivo de valoraciones más cercanas al humor que a la política desde aquella estrambótica “alianza de civilizaciones”, con la que pretendía poner en plano de igualdad la civilización y la barbarie. Rodríguez Zapatero acredita una vez más su característica personal más acusada, esto es, su extraordinario instinto de supervivencia con el que, a pesar de un hundimiento de valoración por la opinión pública probablemente sin precedentes desde el inicio de la transición, gana tiempo y sigue en La Moncloa, con los inmensos resortes del poder en sus manos.

Sin embargo, hay más que indicios –y los ambientes políticos no sólo de la capital son hoy un hervidero–  de que todo tiene un límite y que Rodríguez Zapatero puede estar llegando al fin de la escapada, proceso que podría acelerarse si el PP saliera de una vez de su raro ensimismamiento y superando los receles de los socialdemócratas vergonzantes que tanto predicamento tienen en Génova, lanzase de una vez, con decisión y claridad, el mensaje liberal que la sociedad española, y desde luego el mundo financiero y empresarial, esperan. Al punto a que han llegado las cosas en la opinión pública, con un Rodríguez Zapatero descendido ya a los avernos del líder peor valorado desde el inicio de la etapa democrática española, es la oportunidad de quien sea capaz de perfilar y lanzar un mensaje alternativo creíble y sólido, capaz de ilusionar y movilizar transversalmente las más diversas capas sociales y políticas del país. Una vez más será preciso recordar a la oposición que la fruta madura no suele caer del árbol por sí sola, si no es debidamente vareada.

La fortaleza del PSOE, y lo que debe tener presente pues la oposición, es la gran capacidad de reconstrucción interna, una vez que consiguiera soltar el peso muerto, el lastre, que es ya a estas alturas un Rodríguez Zapatero sin mensaje político y lo que es peor, desprovisto de credibilidad incluso entre los suyos. Sobran en el PSOE políticos de gran nivel, ahora marginados por el raro e ínfimo mundo de La Moncloa de Rodríguez Zapatero, pero que podrían incidir poderosamente sobre la sociedad española en cuanto recuperasen visibilidad y capacidad de actuación. El final del final, la conclusión como se dice, es que el PP debiera ganar tiempo al tiempo y aprovechar la coyuntura, porque una intensa ofensiva opositora tendrá más opciones mientras siga en La Moncloa su actual inquilino, desprovisto ya de credibilidad incluso entre los más suyos y cada vez más alejado de la sociedad española, incluso de los segmentos más de izquierdas de la misma. Para el PSOE, Rodríguez Zapatero está a punto de convertirse en un serio riesgo de supervivencia. Lo que nunca lograron los partidos adversarios puede ser consecuencia de un desmoronamiento interno. A este punto han llegado las cosas, y los mejores dirigentes socialistas lo saben y lo comentan en sus círculos.

El final del final es que nada ha cambiado de ayer a hoy. El problema del PSOE no era Fernández de la Vega, ni siquiera el inverosímil Moratinos. El problema era y sigue siendo su máximo líder, que probablemente no estará en condiciones de ganar otras elecciones, lo que sí podría conseguir el PSOE con un nuevo liderazgo dotado de credibilidad. De manera que, en curiosa paradoja, para el PP, lo mejor es que ZP resista, vaya dejando poco a poco su propio partido convertido en un erial y con la mano agarrotada en el timón del gobierno del país y mirada de iluminado en el rostro cada día más visiblemente crispado, conduzca al PSOE al choque brutal y definitivo contra el iceberg de una tremenda derrota electoral.

En una de esas curiosas paradojas que a veces reserva la política, ZP en La Moncloa ha llegado a ser el mejor aliado de la ambición política de Mariano Rajoy. Es probable, casi es seguro, que el PSOE siga teniendo más votos en España que el PP, pero es seguro que ZP significa un plus de rechazo y desgaste que puede llegar a alterar la balanza electoral en perjuicio de su propio partido. Realmente, sólo desde una vocación de suicidio colectivo podría explicarse que el electorado español renovase su confianza a Rodríguez Zapatero. Que no es lo mismo que al PSOE, conviene advertir para que el PP no pierda la perspectiva y se duerma en los laureles.


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