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Adiós al Flaco

Adiós al Flaco

El tiempo no hará más que agigantar su figura larga, desgarbada y quijotesca. Quienes vivían fijándose obsesivamente en sus defectos -que nunca se preocupó por disimular- o lo que consideraban defectos y muchos otros teníamos por virtudes (como su despreocupación por casi todo lo que no fuera importante, como modas, fastos y oropeles), si tienen buena fe acaso terminen por admitir que otro con modales menos ríspidos y cortantes, más amante de los consensos y menos obcecado en un puñado de convicciones elementales, no hubiera podido pilotear el rescate de la Argentina del profundo abismo en el que la habían precipitado las políticas neoliberales y el desguace de la Nación, paradójicamente impulsados por un Partido Justicialista que sin su conducción corre el riesgo de desbandarse.

Durante sus dos primeros años, Néstor Kirchner gobernó "con los codos hacia adelante", rechazando con modales intemperantes todos los intentos de los acreedores externos de torcer el rumbo trazado para sacar a la Argentina del pozo. Al mismo tiempo, Néstor y Cristina hicieron de los Derechos Humanos, y de la recuperación paulatina de los derechos conculcados de los trabajadores dos banderas innegociables.

Es en el PJ, particularmente en PJ bonaerense (cuyo presidente, Jorge Balestrini, se encuentra postrado y sin perspectivas de reintegrarse al cargo, y su reemplazante, Hugo Moyano, sin posibilidades de ejercer una conducción bonapartista sobre el conjunto) donde se ciernen más nubes negras. Y, por fin, al haber fallecido siendo el secretario general de la joven Unasur, y ser un decidido partidario de la unión latinoamericana, su desaparición tendrá impacto regional. No hay que olvidar que Kirchner fue protagonista en la cumbre americana de Mar del Plata del rechazo de la derrota del ALCA, acaso la peor derrota internacional de George Bush hijo.

Por suerte, Kirchner no murió en la Presidencia, en la que está Cristina, su esposa y compañera política de toda la vida, mucho más apegada al espíritu y formalidades del cargo que él, quien no tenía empacho en manifestar su admiración y verbalizar su convicción de que ella lo está haciendo mejor de lo que él hubiera podido hacerlo (en plan de hacer conjeturas mejor no pensar en el descalabro institucional en el que nos encontraríamos sumidos si el infame que ocupa la vicepresidencia quedara a cargo del Poder Ejecutivo).

Néstor era para muchos de nosotros una especie de hermano mayor, un patriota probado en combates y escaramuzas y no atinamos en estas horas aciagas a mensurar el vacío que deja ni a ver cómo habremos de llenarlo. Su sorpresiva aparición en el firmamento nacional semejó un inmerecido regalo del cielo, y su no igualmente inesperada desaparición nos deja, al menos momentáneamente, en la incertidumbre. Entre una cosa y la otra, superó claramente a su mentor, Juan Perón, en un aspecto crucial: mientras el anciano general nos dejó como presente griego una esposa totalmente incapaz para ejercer la Presidencia, Néstor dejó en su lugar -cuando nada lo obligaba a ello- a quien, como él mismo reconocía, lo ha hecho mejor que él y en circunstancias todavía más difíciles.

Quienes no somos desagradecidos ni escupimos hacia el cielo lloramos sin disimulo, a moco tendido, al Flaco Lupín, quien, al llegar a lo más alto que puede llegar un político, reivindicó al militante que había sido en los años `70 y retomó del modo en que le resultó posible la senda iniciada por Juan y Eva Perón y miles de compañeros inmolados en la lucha por una patria más justa, más libre y soberana.

¡Queda tanto por hacer! ¡Fuerza Cristina!

Juan José Salinas
Periodista, investigador.

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