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Aires de España

Aires de España

16.000 españoles mueren cada año por respirar aire perjudicial, en muchos casos envenenado por cantidades de sustancias tóxicas que superan los límites que marca la Ley. La Organización Mundial de la Salud, en un informe hecho público ayer, calcula, asimismo, que 37 millones de españoles (casi el 80 por ciento de la población nacional) respira un aire contaminado y nada favorable a una vida sana.
   
El consumo de combustible por los automóviles y los efectos de las centrales térmicas son los principales agentes de esta situación. Las ciudades españolas con peor calidad del aire son Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao, y a ellas hay que añadir los grandes polígonos industriales.
    
¿Y qué hace el Gobierno ante esta situación? Mirar hacia otro lado, y acaso esperar que la crisis económica (que trae consigo menos coches en las carreteras y menos emisión de gases tóxicos y un más bajo consumo eléctrico) contribuya a atenuar el problema. Es llamativo que un Gobierno al que tanto le gusta prohibir y que se complace en dar normas a los ciudadanos (como si fuesen menores de edad) sobre lo que hay que comer, lo que hay que pensar o lo que hay que decidir, no coja por los cuernos el toro de la contaminación medio-ambiental, que es un morlaco que se lleva cada año, como decimos, y de modo directo, 16.000 vidas humanas en nuestro país.
   
Lo cierto es que resulta más fácil perseguir a los fumadores que dejar de vender tabaco, con los beneficios que ese negocio trae para las arcas del Estado. Y es más fácil tolerar índices de contaminación inhumanos, nocivos e ilegales que enfrentarse a las grandes  industrias o a los poderosos fabricantes de automóviles o al fabuloso negocio de los hidrocarburos. El Gobierno es fuerte con los débiles, y débil con los fuertes, y ésa es una cobarde característica de la Administración pública en España.
   
En fin, que la OMS denuncia en su informe la condición irrespirable del famoso “aire de España”, especialmente en las zonas urbanas e industriales. Pero nadie hace nada por corregirlo. Si acaso, congresos ecológicos, debates sobre el cambio climático, declaraciones de buenas intenciones. Pero nada que de verdad obligue a pagar a los que contaminan. Si vivir constituye, por definición, un desgaste, respirar en España es tremendamente tóxico. Pero es algo que no importa: lo urgente, para el Gobierno, es el orden de los apellidos de papá y de mamá.


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