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En el adiós a Luis G. Berlanga

En el adiós a Luis G. Berlanga

     Hoy es un lunes más triste que otros lunes de noviembre porque el sábado nos hemos quedado sin Luis García Berlanga, el cineasta español más destacado de la historia, junto a Luis Buñuel. Su estilo ácido y tierno, de demonio y de ángel, de melancolía y de esperpento…era tan singular que, para referirse a él,  hasta se acuñó un término, que es BERLANGUIANO, y que está en los diccionarios.

    Luís García Berlanga fue el cronista de una España gris, la de 'Bienvenido, míster Marshall', la de 'El verdugo', la de 'La escopeta nacional'; una España en la que el hambre y el dolor sólo eran aliviados por el humor y por la solidaridad de los más pobres.

    La muerte de Berlanga nos deja a todos más huérfanos, como si se hubiesen helado las agujas del reloj, como si el tiempo se hubiese congelado en una pantalla sin luces y sin sombras, como si la gente, la hermosa gente de sus historias, se hubiese detenido, de repente, en plena calle.

     Cualquier sociedad necesita un poeta, un novelista, un dramaturgo, un pintor, un director de cine que la ayude a mirarse en el espejo. Y esa función la cumplió, con una humildad admirable, este valenciano que amaba el ciclismo y el erotismo, que se puso el mundo por montera, que se había enrolado voluntario en la División Azul, y de quien Franco, cuanto sus ministros le decían que Berlanga era un anarquista, un bolchevique o un anarquista, sentenció: "Berlanga es mucho peor que eso: es un mal español".

     Bendito mal español maravilloso, que desafió a la censura con 'Tamaño natural'  ("un buen culo -dijo entonces-  es más relevante que todas las ideologías"),  y que nos llamó a la reconciliación en 'La vaquilla', un triunfo abrumador de crítica y de público.

     Hoy Luís García Berlanga ya no está, pero siempre estará entre nosotros. Llegó a proponer que el cine dejase de estar vinculado al ministerio de Cultura, y que pasase al de Industria, "para que dejemos de vivir  -decía-  de las subvenciones, que son aberrantes y humillantes, y para que llevemos las cuentas como una fábrica de calzado"… Zapatos para soñar y palabras para respirar es lo que fabricaba Luís García Berlanga en su incesante factoría de historias donde el humor era subversivo, y donde la rebeldía era una bocanada del mejor aire de España, el que alentó al arcipreste, a Quevedo, a Cervantes, a Valle Inclán, al ya mencionado Luís Buñuel.

     A los españoles nos retrató con esta frase: "Y ni fueron felices ni comieron perdices porque allí donde haya ministros, un final feliz es imposible".


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