jueves 25 de noviembre de 2010, 22:43h
Actualizado: 29 de noviembre de 2010, 17:04h
Hay varias razones el por qué me he puesto a reflexionar sobre la palabra; la primera, porque leí un discurso inédito de ese gran escritor argentino Julio Cortázar y quiero compartir con mis amables lectores; Cortázar nos dice “Hay palabras que, a fuerza de ser repetidas y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad”, sigue con la exaltación a la palabra “Sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social y democracia, entre otras muchas”, y como si las hubiese expresado ayer, Cortázar expresó el 6 de marzo de 1981 “…pero la distorsión del lenguaje es todavía peor en nuestros días, cuando la sofisticación de los medios lo hace más eficaz y peligroso. Porque ahora franquea los últimos umbrales de la vida individual y, desde los canales de televisión o desde las ondas radiales, puede invadir y fascinar a quienes no siempre son capaces de reconocer sus verdaderas intenciones”, ¡increíble, tan actual!
La otra razón es, la lectura del artículo del doctor Fabián Corral, “Poder y decadencia de la palabra”, con una fuerza impresionante nos manifiesta “La palabra sirve para defender las libertades. Sirve para justificar las tiranías, para endiosar a los caudillos, para censurar los excesos del poder. Sirve para escribir las leyes, trazar las historias mentirosas, o para decir la verdad. Es útil para escribir los derechos o para negarlos. La palabra escrita o la palabra dicha es la memoria, es el recuerdo, es el proyecto y es la doctrina”.
Y coincidiendo con Cortázar, el doctor Corral, nos dice: “Signo de decadencia es la baratija de las palabras, la habilidad para responder lo que no se pregunta, para hacer de la claridad y la sencillez un complicado chaquiñán que confunde y esquiva. Signo de decadencia es la complicidad con el que miente, con el que inventa, es el temor a llamarles a las cosas por sus nombres. Y en todo ello, la herramienta y la víctima es la palabra, que, paradójicamente, es al mismo tiempo el escudo y la defensa, el recurso y el refugio para no abdicar del todo de la dignidad, para mantener, aunque fuese en el refugio de la casa de cada cual, el valor de los conceptos, la claridad de las ideas, la capacidad crítica; para mantener, pese a todo, el atrevimiento a pensar y a decir, a disentir y a señalar”. Al finalizar su artículo, termina con una verdadera sentencia: “Es peligrosa para el poder, por eso, la principal preocupación es callarla, someterla y mediatizarla”.
Por último, porque escuché las declaraciones que hizo el Ministro de Defensa, el poeta Javier Ponce, en la que explicaba que no hubo ningún condicionante por parte de las FF.AA. en los sucesos del 30-S, empleó una frase insólita: “aunque ustedes no me crean”, mi pregunta ¿tan devaluada está su palabra y del gobierno al cual representa?, eso es simplemente una tragedia; quizá por eso se utilizó un mecanismo inusual en este gobierno, la presencia en varios medios del Jefe del Comando Conjunto de las FF.AA explicando sobre la actuación de los militares el trágico 30-S; con la esperanza de que a él si le crean. ¡Cosas de la revolución ciudadana!