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Estado alarmante, por decir lo menos

Estado alarmante, por decir lo menos

Que, por primera vez en la democracia, un Gobierno haya tenido que decretar el estado de alarma por culpa de la rebelión de un colectivo privilegiado dice muy poco de ese colectivo, de ese Gobierno y hace que a ese país, que ha tenido que sufrir la excepcionalidad, en el exterior le miren de otra, peor, manera. Si, para colmo, los portavoces de la oposición y de otros partidos no echan una mano, si la opinión pública se radicaliza, si los portavoces políticos recurren a la sal gorda y al ‘y tú más’, estamos decididamente en un estado alarmante, más que en un estado de alarma. No es solamente culpa, desde luego, de los controladores, ese cuerpo envilecido, mimado, egoísta e insolidario: hace tiempo que deberían haber sido embridados, porque sus desmanes no son nuevos y van más allá de lo tolerable en cualquier país democrático. Solamente en un cuerpo social regido por la indiferencia y el acomodo, coordinado por un Gobierno que parece en desbandada y contando con una oposición cuya única mira da la impresión de radicar en ocupar el sillón de La Moncloa, son posibles excesos tan intolerables como los protagonizados por los controladores.

Era, este conato de presunta sedición-ya veremos cómo acaba siendo tipificada esta conducta delictiva del colectivo--, la última escala en el Via Crucis de un Gobierno que se vio nuevamente obligado a desmentirse a sí mismo, forzado a adoptar medidas, precipitadamente anunciadas por Zapatero, que van contra su programa y su ideario, entre ellas la retirada de la subvención especial a los parados que han agotado su subsidio de desempleo. La semana amenazaba con acabar mal, pero ha acabado peor.

Y menos mal que el presidente del Gobierno había decidido, de manera impensada y quizá algo atropellada, no acudir a la ‘cumbre’ iberoamericana del Mar del Plata. No sé qué hubiera ocurrido, qué hubiéramos dicho, incluso aquellos a quienes nos parecía mal la ausencia, si, en medio del caos en los aeropuertos, en plena desolación del importante sector del turismo, si en este marasmo que tanto llegó a asemejarse a un importante caos, Zapatero se hubiera encontrado en Argentina o en Bolivia.

A perro flaco, ya se ha dicho muchas veces con relación a Zapatero, todo se le vuelven pulgas. Estaba tan convencido de su ‘baraka’ que no consideró la posibilidad de que las cañas se volvieran lanzas. No ha sido, desde luego, este Gobierno, ni el anterior, el que concedió excesivos privilegios a un colectivo que podría paralizar el país, pero sí es cierto que el estado de cosas se agravó hace dos años. Ni ha sido, desde luego, el Ejecutivo de Zapatero el que generó la actual crisis económica, ni las disfunciones productivas españolas (paella y ladrillos), pero sí es cierto que ha sido este equipo económico el que negó, verbalmente y con sus actos, la existencia de esta crisis, y ha sido el citado equipo el que ha generado una enorme inseguridad jurídica. Ni son Zapatero y sus adláteres quienes han propiciado las disfunciones territoriales españolas, pero sí han generado tensiones innecesarias con el impulso a nuevos estatutos de autonomía que nadie reclamaba. Por ejemplo.

Y así estamos, concluyendo la que probablemente ha sido una de las semanas cargadas de mayores tensiones colectivas desde que comenzó, hace treinta y cinco años, el camino hacia la democracia. Yo diría que las cosas difícilmente pueden seguir así: que todo siga igual es tan imposible, con un clamor ciudadano que reclama, para bien o para mal, cambios ya, como que los controladores, por mucho que, asustados, hayan regresado a sus puestos, no paguen sus muchos errores. Han echado un pulso al Estado en el peor momento. Ahora les toca pagar una espero que elevada factura.

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