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Rajoy toma el mando del PP

Rajoy toma el mando del PP

Todas las fuentes confirman que la determinación del presidente del PP, Mariano Rajoy, de no ceder a las amenazas de Álvarez-Cascos, es sólida e irreversible. El “affaire Cascos”  va mucho más allá de una diferencia circunstancial de formas y modos políticos, para hundir sus raíces en temas especialmente sensibles y cuya reactivación podría dañar gravemente la imagen del PP precisamente en un momento en que se hace visible el crecimiento de expectativas electorales del partido en prácticamente toda España. Algunas informaciones, en mi opinión precipitadas y necesitadas de serias comprobaciones, pero que por ahora circulan con toda su carga letal, vuelven a insistir en relaciones peligrosas de Alvarez-Cascos con entornos financieros del partido muy cuestionados, pero lo cierto es que no sería razonable dar por ciertas tales informaciones mientras no estén jurídicamente demostradas.

La ventaja del PP en estos momentos, y lo que consolida su ya reconocida ventaja en todos los sondeos de opinión, es que Mariano Rajoy es un líder que ciertamente no despierta grandes pasiones, pero al que todos, incluso sus adversarios, le reconocen niveles muy importantes de preparación, honradez y seriedad, cualidades todas ellas que pueden ser electoralmente valiosas en un momento tan delicado de la vida pública y de la economía españolas. Todos los investigadores demoscópicos importantes, incluso los históricamente vinculados al PSOE, reconocen que el PP ganaría incluso con ventaja significativa, unas elecciones generales que tuvieran lugar en estos momentos, lo que por otra parte es una pésima noticia, porque es de sentido común que Rodríguez Zapatero, no va a convocar unas elecciones generales si tiene la certeza de perderlas.

Y sin embargo, dentro y fuera de España, esto es, en los círculos políticos internos, pero también en los altos niveles de la Unión Europea, es ya unánime el criterio de que sólo unas elecciones generales, convocadas y celebradas cuanto antes, permitirían que España ocupase en la UE el lugar que le corresponde, esto es, integrando con Alemania, Francia y el Reino Unido el núcleo de los cuatro países centrales de la Unión Europea, lo que no es viable con un Rodríguez Zapatero hacia quien la opinión conocida de Merkel, Sarkozy y Cameron  es manifiestamente mejorable. Por supuesto que se trata sólo de un ejercicio de política-ficción, pero este comentarista apostaría cualquier cosa –con el fundamento de haber consultado a fuentes muy valiosas de los tres países citados– a que, al día siguiente de haber ganado las elecciones el PP y tomadas por Mariano Rajoy las riendas del poder en el palacio de La Moncloa, España sería inmediatamente convocada a formar parte de ese núcleo central decisorio de los cuatro grandes países de la Unión Europea. Nada menos que este histórica oportunidad es la que se esta perdiendo.

En este escenario de oportunidad histórica, el desafío de Alvarez-Cascos a la dirección del que fue largos años su partido cobra especial gravedad y algún significado inocultable. Rajoy debe ser consciente de que en política nada o casi nada fluye por su curso natural y que no son pocos los que, aunque más cuidadosos en las formas, miran con avidez hacia una posición que la acelerada decadencia del que ya sólo fue “fenómeno ZP” sitúa ya prácticamente a las puertas de La Moncloa. El apacible político gallego debiera sacar por una vez en la vida el carácter y demostrar, sin  la menor flexibilidad, que quien le echa un pulso, lo pierde. De no quedar esto meridianamente claro, se multiplicarían las miradas codiciosas hacia un puesto que todos saben ya en el codiciado umbral de La Moncloa.
 
Me permitiré una reflexión que de antemano comprendo que va a sorprender a los lectores, pero de la que este modesto y terco observador de la vida pública española se declara convencido: Rodríguez Zapatero en el PSOE y Alvarez Cascos en el PP son almas gemelas. A ninguno de los dos les mueven las grandes ideas, los proyectos ilusionantes, las convicciones de la plenitud democrática, sino una obsesión enfermiza por el poder y por todo lo que el poder representa y puede ofrecer. Con el firme cerrojazo a las desordenadas ambiciones de Alvarez Cascos, el actual líder y presidente del PP, Mariano Rajoy, ha estado en su sitio y ha demostrado sentido de la oportunidad, firmeza y defensa de un entendimiento honrado de la vida política. Rajoy en ningún momento ha desmerecido a Alvarez-Cascos ni le ha marginado del partido. Ha sido el político asturiano el que ha puesto sus ambiciones personales por delante de los intereses del PP. Rajoy merece pues que no le falle el pleno apoyo de su partido y de sus dirigentes.

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