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La transición diplomática

    La evacuación de los españoles residentes o viajeros en Libia, mientras el país es bombardeado por el dictador Gadafi,  está siendo polémica, y nuestro servicio diplomático en Trípoli es objeto de numerosas críticas. Ayer, en “Protagonistas”, hemos escuchado testimonios de oyentes indignados porque sus familiares estaban abandonados en un país en guerra, y también conocimos los argumentos de quienes justificaban que, en el caos, no hay soluciones milagrosas.

    Pero lo cierto es  (y damos un salto general hacia otros países a partir de los acontecimientos libios) que la diplomacia española es, por lo general, confusa, por mucho que sus funcionarios actúen en ocasiones con auténtico heroísmo… Y es confusa porque se ha devaluado, porque no se ha producido, al contrario de lo que ocurrió en las Fuerzas Armadas o en la sanidad universal, una verdadera transición diplomática. Los representantes de España en el exterior son, en un variopinto contenedor, agentes económicos, apagafuegos en diversos conflictos, solemnes cónsules en las cancillerías, resignados enlaces de la manirrota diplomacia paralela de algunas autonomías, agentes de viajes para los poderosos, anfitriones absurdos de las vanidades, y al menos en teoría, defensores y garantes de la libertad de cualquier español que se encuentre en un país lejano. Pero la realidad nos enseña que, así en Libia como en Egipto, y en Haití como en Venezuela, demasiadas veces un español se encuentra solo cuando necesita ayuda y llama a la embajada y escucha la respuesta de un contestador automático.

     Hubo un tiempo en que los diplomáticos eran espías. Y  cortesanos a sueldo para las recepciones, para la intriga y para el vals. Pero esos tiempos han quedado felizmente en el baúl de los recuerdos, y hoy la diplomacia es una avanzadilla de la soberanía popular en el extranjero.  Es algo que entendía mejor Miguel Ángel Moratinos que Trinidad Jiménez, porque para llegar a cardenal se tiene que haber sido, previamente, párroco de pueblo y hasta monaguillo. A Moratinos se lo cargaron, como en el Real Madrid a a Vicente del Bosque  (hoy “grande de España”), porque, teniendo conocimientos, les faltaba “glamour”.

     Vayamos al asunto principal: donde está un español, está España entera. Cuando sobran aviones para llevar a cualquier mindundi “paniaguado” por el sectarismo político a cualquier rincón del mundo, no deben hacerse de rogar los viajes de regreso de los españoles atrapados en un país bombardeado.  El embajador, cualquier embajador, debe ser el último en abandonar el barco zarandeado por el oleaje, y debe ser el primero en tender la mano. No hagamos víctimas de modo improvisado, pero exigimos una investigación y que se conozca toda la verdad.
 

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